Cartas ― Gilberto Owen

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México, 10 de junio de 1928

[A Dionisia]

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Ya sé (y lo sospechaba de antemano) que el tratar de conocerla me separo de usted inefablemente. Cada movimiento mío para explicármela me alejo más y más de usted porque yo trato de ganar hacia dentro en profundidad, lo que siento imposible abarcar en extensión. Y me alejo de usted al adentrarme en su vida, porque usted está sólo en su superficie, por más que diga (o mejor, que no diga) y me mira, sin mover un dedo para detenerme, creer en fin en usted sin fondo. Una vez hablamos de intentar yo conocerla, no teniendo llave de amor suyo, por el ojo de cerradura de amor mío nomás. Y esto que era innoble yo lo acepté creyendo que usted lo toleraba. Y cuando después estaba espiando, usted del otro lado cogió un largo alfiler para pincharme el ojo. Me refiero, así, a que todas las veces que he tratado de abordarla anunciándoselo, usted se ha defendido contra mi ternura mañosamente. Tuve así que preferir entrar por la ventana, y como soy poco ágil, me he caído y seguiré cayendo en usted no sé cuánto.

A veces me sorprendo mirándola enternecido; luego vuelve usted el rostro y me mira así, y como ya sé bien que es eso precisamente lo que la molesta, me improviso un gesto impertinente y le digo una tontería odiosa, que usted ve en mi boca y en mi rostro naturales y por eso no la molestan. Porque es eso, el pensar que la delicadeza, la ternura, la nobleza son en mí postizas, lo que las hace ofensivas para usted, y es también el haberme pensado siempre una gente desagradable lo que hace que mis aristas las vea naturales y no la irriten ya, disculpándolas casi. Lo terrible es que usted ni yo podremos encontrar nunca los gusanos llenos de manzanas, usted por desconfiada, yo por amargado. Alguna vez me he puesto a pensar, angustiado, en lo espantoso, en lo monstruoso que sería un noviazgo entre nosotros. Cruzo los brazos y la toco excesivamente dura y en punta, y yo tan blando que la vergüenza me golpea en lo único firme, mi amor a usted; cierro los ojos y la veo de luz de acero para cortar mi sombra, y me tapo los oídos para la cruel risa de su silencio clavada en cada una de mis palabras que nacen como del suelo, y en mi boca su dulzura para los otros me amarga sangre de mi lengua mordida, Dionisia, y me dan ganas de odiarla, y sólo consigo odiarme en blandura y penumbra e insabor. Y es unir todo esto lo que me parece monstruoso y horrible, y sentirlo así, me hace empeñarme en decirle a usted mis  palabras más agrias, y ser sin verdad rasposo y en filo para su mano y alejarme de usted infinitamente. Y sólo me consuela no deberle nunca ninguna felicidad. Me parece que si no acabo voy a llorar muy cursi.

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México, 16 de junio de 1928

[A Dionisia]

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Amiga: La odio y no me importa que a usted no le importe. Mi odio es gratuito y absoluto, y es de cien días por cada segundo de anoche. Y no me importa que me crea usted loco, y que esto sea ridículo y que haga esfuerzos por reírse leyéndolo. Y no necesito ya nada de usted que ser usted el objeto, la cosa, el blanco negro de mi odio. Y este odio me salva y me llena y me basta y sólo sería mayor mi alegría si la supiera a usted más miserable que yo mismo.

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México, 16 de junio de 1928

[A Dionisia]

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Amiga: Me encantaría que fuera usted más tonta que yo, o, mejor (sin hipocresía), menos inteligente que yo. No por llevarle alguna ventaja en ello, pues mi ventaja prefiero que sea el amor, que sólo aparentemente es desventaja. Era rabia contra la mala suerte suya de estar fría lo que me arrastró a las tonterías de anoche. Me molestaba, me dolía en usted que usted, más hábil que yo, me hiriera volviéndome contra mí el escudo de modestia que había yo alzado al decirle aquella vez que no tomara en cuenta mis cartas. Era sólo modestia, y usted fue mala porque, comprendiéndolo, me quiso hacer sentir que no era la modestia lo que me hace verme tan abajo, sino el hecho de que en realidad estoy yo tan abajo que mis cartas la dejan vacía de comentarios. Es usted agresiva y es su desventaja. Es usted cruel y es su desventaja. Es usted helada y razonable. Yo estoy negro y puedo parecerle, amargado, el poeta Gilberto; pero entonces hay que admitir que también para el poeta Gilberto era espejo Elvira, y de aumento. Y que usted es demasiado Elvira.

Es peor lo suyo infinitamente; puede ser que yo mire negro lo blanco, que sienta malo lo bueno; es un defecto de perspectiva y mis sentidos son los culpables. Pero usted ve blanco lo blanco y bueno lo bueno, y sin embargo se pone luego a ennegrecerlo, hasta falsear lo bueno y hacerlo negro y malo. Y eso sólo para darse el pobre gusto de demostrarme que es más inteligente que yo. Además de que eso no tiene ningún valor (yo enamorado y usted inhumanamente, casi divinamente helada, no es extraño), a mí me encanta mi lucidez irrazonable, gusto mejor mi instinto que su razón, me llena más de Dios mi locura que a usted su cordura. Así que no le envidio esa supuesta ventaja, y no por vanidad ni por deseo de ella (ni siquiera porque me ame usted, ya que no lo deseo) me encantaría que fuera usted menos inteligente, o que al menos no lo ostentara tan ofensivamente.

 

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