Poesía española contemporánea: Juan Pablo Zapater – Por José Luis Morante

JUAN PABLO ZAPATER (Valencia 1958). Cursó estudios de Derecho en la Universidad de Valencia. En los años ochenta codirigió junto a Vicente Gallego la colección de cuadernos de poesía ‘La pluma del águila’ y a finales de esa década se dio a conocer literariamente con la aparición de su libro La coleccionista -al que un jurado presidido por Octavio Paz concedió el ‘Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la Creación Joven’-, el cual fue publicado en la Colección Visor (Madrid, 1990) y reeditado en la Colección Leteradura (Valencia, 2013). Después de un largo tiempo de silencio, y como fruto de la necesidad poética, escribió un segundo libro, La velocidad del sueño, que vio la luz en la Editorial Renacimiento (Colección Calle del Aire, Sevilla, 2012), con el que obtuvo el ‘Premio de la Crítica Literaria Valenciana’ del año 2013. Su tercer y más reciente libro de poemas, titulado Mis fantasmas y aparecido también en la Colección Visor (Madrid, 2019), ha sido reconocido con el ‘XLV Premio de Poesía Ciudad de Burgos’. Desde el año 2015 dirige la revista de poesía contemporánea ‘21veintiúnversos’, así como sus colecciones de ‘Cuadernos’ y ‘Plaquettes’.

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Poética

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Decía Picasso aquello de “La pintura es más fuerte que yo, siempre consigue que haga lo que ella quiere”. Eso mismo me sucede con la poesía, al sentir esa misteriosa mano que guía la mía y que siempre logra hacerme escribir cuando, como y lo que ella desea. Así, desde que trasladé a papel el primer verso, he tratado de expresar en el momento preciso la intensa emoción y el íntimo consuelo que, como dones de incalculable valor, me ha regalado la poesía. Y al lado de ella, sirviéndome de sus principales y más bellas armas -el sentimiento, la meditación, la música y la palabra-, intentar comprender algo mejor esos dos mundos donde vivo: el mundo que me habita y el mundo que me rodea. Un libro de poemas, os diré, es un puente de paso entre el poeta que fuimos y el poeta que seremos, entre el ser que empezó a escribirlo y el ser que finalmente lo concluye. Pero sobre todo acaba siendo lo que la poesía quiere que sea.

                                                                                        Juan Pablo Zapater

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NUNCA MÁS VOLVERÉ A DESCALZAR ESTOS OJOS
que están acostumbrados a amar lo permanente,
la infinita lascivia de esta alcoba
que en la noche frecuentas
y se parece tanto a ti por lo desnuda,
la curva de tu pecho caído hacia las nubes,
el párpado cerrado y los labios abiertos
tendidos con oficio de puente levadizo.
Sucedió tan profunda mi vocación de yedra
trepándote la espalda,
que resulta difícil arrancarme sin saltarte la piel
y cruzar las cortinas que la lluvia
invocada por ti, cuelga esta tarde
sobre las avenidas más cercanas.
Disculpa si mi cuarto se convierte
en otro callejón deshabitado,
si los muebles retienen la medida
y el peso de mis miembros,
si tropiezas con Brel y reconoces,
en sus discos delgados como sombras,
la extraña dimensión de la tristeza.
Es todo lo que importa, dirigirse
por las ramblas del tiempo transcurrido
hacia la periferia de esta turbia ciudad,
bañada en charcos,
donde sólo el refugio de los toldos
ayuda a combatir el aguacero,
donde nadie me habla, ni comparte
las caras interiores de tus muslos,
mi enferma inclinación a visitarlos.

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                   (Del libro La coleccionista)

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LA EXTRAVIADA

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Tu voz me conmovió desde el principio,
cuando apenas tu idioma conocía
y llenabas con nuevos evangelios
la bóveda del alma.

Aquellos cantos mágicos tan tuyos
sonaban como música traída
de un reino prodigioso, como rezos
que buscaban un dios
escondido entre pétalos de rosa.

Juré tomar tus hábitos y anduve,
descalzo y penitente,
en mi humilde labor de escribanía.
Yo quería imitarte: por las noches
me sentaba a tu lado y de mi pecho
se escapaban también aves azules.

Eras tan especial, tan poderosa,
que pronto decidí afrontar contigo
los momentos de duda, los reveses
del amor y la vida, circundados
de encierro y soledad. Yo te llamaba
espadas como labios, la voz a ti debida,
canción desesperada y otros nombres
preciosos como esos.

Mas algo en mí cambió y en veinte años
dejé de convocarte y me entretuve
montando otros caballos de batalla.
Olvidé la ternura de tus brazos
y también su desnuda fortaleza.

¿Fui yo quien te perdí? Nadie te huye
si no le das la espalda, si no cesas
de decirle al oído esas verdades
que sólo tú conoces.
Qué larga fue la noche de tu ausencia,
qué enferma de silencio.

Hoy has vuelto, tan honda y luminosa
como yo te recuerdo, sin dejarme
ni entonar un reproche.

Y el verso que derramas en mi frente,
hecho de luz cantada y viento dulce,
renueva mi bautismo con su lluvia
de benditas palabras.

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                   (Del libro La velocidad del sueño)

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MILAGROS COTIDIANOS

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Amanecer envueltos de otro mundo
en el santo sudario de los sueños.

Caminar sobre el agua de los días
sin hundir nuestros pies en la tristeza.

Echar con fe la red al mar oscuro
y capturar la luz que allí se esconde.

Multiplicar el aire y repartirnos
una hogaza de sol cada mañana.

Imponer una mano en nuestra sombra
para así acariciar su imagen pura.

Devolver la mirada al niño ciego
que nos guarda la flor de la conciencia.

Ungir el corazón con el aceite
que sana las heridas más profundas.

Vencer la tentación aunque sepamos
que el ángel y el diablo son amantes.

Oír al mudo amor y ver el tiempo
que baila sin pareja a nuestro lado.

Levantarnos y andar hacia la vida
cuando nos dan por muertos.

Anochecer creyendo en quienes somos
sin apenas habernos conocido.

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                   (Del libro La velocidad del sueño)

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LUZ DEL DÍA

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Cada día es una pequeña vida
          Horacio

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Cada día supone
una pequeña y deslumbrante vida.

Nos ve nacer el sol, con sus nudillos
golpeando el cristal de la ventana,
ese sol que no espera nuestra venia
para entrar en el cuarto y darle a todo
su color, su volumen y su nombre.

Y salimos al aire rodeados
de un nuevo resplandor, donde un minuto
es tiempo luminoso suficiente
para sabernos vivos, y unas horas
son ya una eternidad.

El ayer es un mero decorado
que aguanta el armazón de la memoria,
y el futuro una sombra, pues no hay foco
que pueda iluminar lo que no existe.

Lo vital es el día, nuestro día,
ese vaso de luz que nos bebemos
y se vuelve a colmar cada mañana.

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                        (Del libro Mis fantasmas)

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UNA DEFINICIÓN DEL ALMA

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Al alma hay que llamarla por su nombre,
no pozo de tristeza, ni al contrario,
manantial de alegría.

El alma es un estanque en cuyo fondo
reposa el ser del ser, todos los hombres
que fuimos y seremos, un refugio
inviolable y profundo de aguas quietas,
una fuente interior que no debemos
saturar de monedas refulgentes
ni con restos oscuros de inmundicia,
pedir que nos consuele, ni tampoco
tratar de amordazar cuando nos canta.

El alma vence al tiempo y al espacio,
escapa a la prisión de los relojes
y a las lindes del cuerpo,
no importa si hay un dios que la respalde
o una agnóstica voz que la interrogue,
no necesita un yo, ni un tú, ni busca
vivir en el pasado o el futuro.

El alma es el país del sueño eterno,
donde todos nacemos y al que todos
sabemos regresar con nuestros muertos.

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                        (Del libro Mis fantasmas)