Jotaele Andrade |  Los metales terrestres – Por Carolina Massola

Jotaele Andrade (Argentina. 1974). Creció entre las ciudades de Mar del Plata y Azul. Llevó a cabo diversos ciclos literarios, ciclos periodísticos y el Festival y Acampada poética de la Ciudad de Azul. Vive en la Ciudad autónoma de Buenos Aires. Lleva publicados, entre otros, los libros: El salto de los antílopes – (2012) Editorial El Mono armado. Los metales terrestres (2014) Añosluz editora. La rosa orgiástica (2016) Añosluz editora. El psicólogo de dios (versión ampliada 2018) Kintsugi editora. Sombra de dos colores (2018) Editorial Buenos Aires Poetry.

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 Los metales terrestres

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a Lucía Estrada

“es infinita esta riqueza abandonada”
                                                                                               Edgar Bayley

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abro paso a mis días a través de los densos metales
con que el mundo se funde y se rehace
y me expulsa y me habita

y me exhala y me respira como un gran organismo
o un sueño
o una música herida en los tendones

¿y no soy música?
¿no soy lo inasible de mí mismo que se canta para construir
una referencia
algo más que el nombre
y el paso del frío sobre la intimidad que tiembla?

en qué mercurio habré de mojar mi lengua
para instalar
una certidumbre
un ancla en mitad de lo probable
un silencio humano en la rosa

la rosa siempre será la rosa
tallada por el aire

pero no basta
niniñita

nada basta

nos apremian los metales terrestres
el polvo sobre todo
no la muerte que es lenta
-un minuto una hora un día son posibilidades infinitas

se equivocaba eliot
niniñita

un puñado de polvo no es el miedo
es una pobre analogía en que medimos las cosas


quizás
pueda ser la enamorada fatiga de la roca ante la insistencia del viento

pero te decía sobre el polvo cómo apremia
entender que cae
– casi imperceptible
la cresta orgullosa de aquella montaña
que proviene del sol gastándose
de los planetas que orbitan su inmensa soledad

que se desprende de mis manos

y no hablo de perduraciones
hablo del misterio en que nos duele
la memoria
de las infinitas partículas que viajan por el espacio
y siguen desgastándose

hablo del temblor de aquello que se desprende
como una mano inútil

cada metal terrestre es una ecuación con dios
y el vacío

y hacia dónde tiende una conciencia acosada por el metal crispante de las moscas
surgida como una luciérnaga en medio de la noche
ataviada con el duelo de dolerse por el estrellamiento de las gotas
de las mariposas contra los radiadores

¿es hacia la nada o dios?

¿y todo los demás es
apenas
golpes de remos sobre un mundo a tientas
una gastada cartografía puesta en escena a través de los siglos
para lo exiguo de nuestra existencia?

mi corazón es un metal que gime como un vidrio cuando truena
un pájaro mineral enterrado en mi carne

fue mi madre y la madre de mi madre
fueron mis padres

pero también fue allá lejos
cuando los átomos
rompían contra sí mismos y pugnaban en desunirse de la compacta
energía

fue cuando estallaron y se lanzó hacía el vacío la novedad de algo en sí
digo “en el principio era el vacío luego hubo la energía que fuga en sí misma”
como un chorro de lava en la nada
como un pezón brotando en la tiniebla

ya desde allí viene este corazón sonrojante todavía

pero no basta el sonoro metal de la alegría
no basta amarrar la rosa a la mano que se cae

la piel de cabra nos recuerda vagamente al animal
y quizás a la montaña

pero no nos trae la cabra muerta joven
o de vieja
la cabrita saltando entre las rocas su balido

hablo del metal maleable de la realidad

a cada ojo su realidad
a cada emoción
a cada mano su habilidad para crear el sol
un pueblo pequeño y amadísimo
el mar empujando en el recuerdo

o su tiniebla y el crimen

(pero bien dices que la noche es un metal líquido
una medida que uniforma el miedo y los seres
y las cosas)

digo que también se cava en un metal indigno
también se buscan señales en las vísceras del pájaro

en el goce de una mano que se rompe
o se estrella contra el rostro

de todos los metales terrestres
y aún más allá de mi vida
tan granito de arena
tan partícula

de todos ellos la poesía
y su aleación de rosa y puñal
ángel y autopsia
de mordedura y gozo

después todo gime en su hechura
todo se abisma de sí mismo

pero fundir ese metal contra lo triste
contra la pedagogía de los mediocres

golpear ese metal en plena noche para que sea posible vislumbrar
el amor
la belleza inhumana de este mundo
la barca del instante que se hunde en el aire
la música que cada cosa es por existir

digo provocar un destello
una pequeña luz intermitente
una señal para nosotros hacia el futuro y el pasado
y el presente a un mismo tiempo

acaso para no olvidarnos
para decirnos que estuvimos
o reencontrarnos nuevamente luego de los agujeros negros
y la explosión de los soles

me basta ese metal escurridizo porque semeja tus ojos
y es inconsolable
y voraz

me basta ese metal y pido perdón al fuego
al agua
al tablón que flota con el náufrago extenuado

me disculpo ante quienes consienten al oro
y las músicas machacantes
me disculpo con el tendero y el traficante
el abogado
el maestro
el político
el vendedor de habichuelas

este metal terrestre
nos canta y es gozoso entonces
remar en la arena
girar con la brújula del vértigo

y es doloroso y es inútil
pero canta y nos interroga y nos retiene y nos libera al mismo tiempo

y hace que bailemos aun cuando la música es fúnebre

y nos da la pesadumbre y la honda cavilación
y nos arrasa  y nos construye
y es posible algo más allá de dios y el vacío

algo que no sé decir niniñita
pero se parece a la eternidad y el amor
y a la fe
conjuntamente

algo que comprendes y sobre lo que ahora callo
y me recojo como si rezara o llorase de alegría y pena

y agradezco al único metal sagrado en que sucede la infinita
riqueza
de los metales terrestres