Te perseguirá por siempre la poesía: Arder, de Julio Barco – Por Hiram Barrios

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La poesía contemporánea no tiene, hoy, ni maestros,
ni líneas a seguir. Sin embargo, propone una apuesta:
renunciar a apegarse a su autonomía lingüística […]
y revelarse como modo —imperfecto pero riguroso—
de “inteligir” el mundo a través del lenguaje.

MARCO ERCOLANI

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Si la poesía es un modo de ver la vida, un modo incluso de asumir un papel en el mundo, quizá sean los poetas jóvenes quienes mejor entiendan la capacidad transformadora de la palabra, los que mejor encarnen, por ello, una postura vital vinculada estrechamente con el decir. Sucede así con los poetas que, aun en el albor de su carrera, ya han hecho de la poesía un estilo de vida. Julio Barco (Lima, Perú, 1991) es uno de ellos; Arder (2019), uno de sus poemarios recientes, así lo constata.

            La apuesta formal de este título es heredera de la posvanguardia latinoamericana: hibridación entre verso y prosa, uso de recursos tipográficos, juegos con la disposición espacial, apego a la oralidad (y exacerbación del registro coloquial) y la tematización de la ciudad son parte del legado en el que las poéticas horazerianas e infrarrealistas se muestran como antecedentes de este poemario.

            Preceden al poema treinta y siete epígrafes a manera de umbral. Homenaje y reconocimiento de la tradición literaria. Arder inicia con una pregunta que anuncia el cariz intimista e introspectivo: “—¿Y ahora qué piensas?” “Nada”—responde el yo-lírico, y tras hundirse en el silencio, recuerda una anécdota de infancia que terminará por articular el poemario a manera de tratado. Así, cada sección se presenta con un esquema de capitulado sucesivo emulando un estudio académico.

            Arder es un poema de largo aliento regido por un principio de discontinuidad, es decir, que extiende conexiones ajerárquicas, aparentemente desunidas, y abiertas al reconocimiento del lector. Una de las taras del libro reside en este hecho pues, salvo contadas excepciones, los “subtemas” del poemario dicen poco leídos por separado. La autonomía de los apartados es muy relativa. Se trata de un conjunto que requiere todas las secciones si se aspira a una comprensión cabal.

            Verso y prosa se hibridan en este libro. Cuando se privilegia el verso, descuella la distribución espacial: un verso dúctil que, en sus mejores momentos, se vuelve incluso gestual pues propone un ritmo semántico-visual que agiliza la lectura. Sin embargo, la distribución no siempre cumple esta función, pues hay segmentos del poemario donde los espacios no contribuyen a una lectura fluida e incluso llegan a entorpecer la secuencia; cuando se privilegia la prosa, el poema adquiere un tono percusivo, como sucede con el poema final, “Precipicio de yoes”, en que el yo anafórico marca un ritmo sonoro.

            Aunque se trata de un poemario reciente (el libro apareció en agosto de este año), no ha pasado inadvertido a la crítica. El tema de la ciudad ha sido uno de los elementos que se ha destacado de este libro. Pamela Janet Rodríguez, por ejemplo, acierta cuando señala que Arder es un “paseo literario”, pues no sólo tematiza la ciudad de Lima y sus alrededores, sino que la recorre a través de una serie de referencias citadinas así como alusiones literarias. Francois Villanueva Paravicino, en un talante similar, apunta que Arder busca “la sinfonía de la urbe y de las calles”, acaso porque logra trasmitir las sensaciones que emanan de una ciudad que se está investigando a partir de la palabra.

Sin embargo, aunque la ciudad es uno de los ejes temáticos del poemario, me inclino a pensar que no es el núcleo. El yo-lírico no intenta responder a la pregunta “¿qué es la ciudad de Lima?” sino a otra más íntima (e importante): “¿quién soy yo en esta ciudad?”. En ese sentido, el tema de fondo parece estar destinado a desentrañar la función del poeta en las urbes contemporáneas, y más aún, la naturaleza de la poesía en un mundo globalizado, de allí que surja un autorreconocimiento del autor como un poeta de vanguardia en la era de internet.

            Arder privilegia el registro coloquial, e incluso se nota un deseo por reivindicar la oralidad en el discurso lírico. Acaso un par de términos puedan generar dudas, pero en general la jerga limeña es fácilmente comprensible para el lector hispanoparlante. El lenguaje es crudo, ríspido en algunos momentos y no por ello pierde armonía. Si algo hay que resaltar es la conciencia acústica de un autor que no olvida que la poesía es música hecha con palabras.

            Este título puede considerarse el fragmento de un proyecto mayor. Se trata del primer capítulo (la enumeración sólo contempla el número uno) de una obra que no ha concluido, ni ha agotado los temas a tratar. Quizá el poema Respirar (2018) sea la introducción de esta obra presentada en secciones.  Arder es entonces un estudio poético que se centra en “La combustión de los cuerpos” y que espera al menos otra entrega para continuar (o quizá concluir) la indagatoria que se ha planteado el autor.

            Aunque pueden señalarse algunas taras en esta apuesta (utopía de lo nuevo, por ejemplo), con Arder Julio Barco marca una considerable distancia con la mayoría de los poetas nacidos en la década de los noventa: es un libro atrevido, agudo, penetrante; como todo autor vinculado con la estética vanguardista expone una vitalidad y un compromiso poético inusual. Hay una protesta cultural implícita en este título, y ese logro es una cualidad propia de los poetas nóveles. Una extraña avidez los asiste. Al iniciar este tratado, el poeta anota: “A mí me perseguirán por siempre los poemas que fui”. Y efectivamente, tras leer estos versos no queda más que asentir: “te perseguirá por siempre la poesía”, estimado Julio.

Y ojalá que así sea.

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Julio Barco. Arder. Gramática de los dientes de león. Lima: Higuerilla, 2019.