Antonio Raymondi Cárdenas: Tres microrrelatos

Antonio Raymondi Cárdenas Escritor y arqueólogo peruano (Lima, 1991). Egresado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Cuentos suyos han sido publicados en “Letralia, tierra de letras” y “Limeña Introvertida”, así como artículos científicos de arqueología andina en revistas peruanas y extranjeras.

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Expirada inspiración

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Miró sus manos por última vez y les susurró: ¡ustedes, ya han muerto! Sus dedos mantenían aún pintura seca, reseca, ya sin color, sin olor. Apretó los ojos resistiéndose a la decisión, pero se fortaleció entendiendo que era lo mejor para él, para su familia y para sus adeptos. Recordó la ofuscada noche anterior, vituperando al vacío, llorando; buscando en el tiempo al responsable, babeando; buscando en su espacio la causa de aquella muerte. Soltó por fin sus manos, pero no previno aquello que embutía su habitáculo: los pinceles, las acuarelas y los lienzos; preguntándose irremisiblemente: ahora, ¿cómo morirán ellos?

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San Martín de Porres, Lima. Octubre de 2018.

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Inspiración expirada

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Apresurada abrió la laptop y pegó los dedos sobre el teclado. Inhaló hondo y exhaló lento, mirando solidificada a la pantalla, sin pestañar, rechinando despaciosamente los dientes, frunciendo las cejas cada vez, mucho más. Se irguió. Los dedos seguían rozando el teclado, alzó la mirada hacia su ventana, hacia las paredes del tragaluz, que poca luz emitía y que poco reflejo le entregaba para, al menos, verse allí: repantigada, ansiosa, frustrada. Bajó por completo la cabeza, como orientándose en el suelo, asomándose a la resignación. Pensó en culpar a la tecnología, que ahora bien podría haber tomado un lápiz y un cuaderno y haberse dejado fluir, ondulante a las hojas, carboneando los renglones, con manchas, con borrones, como lo había realizado antes, como podría hacerlo ahora.

Volvió a inhalar de golpe, esta vez cerrando la laptop con zalemas, simulando un perdón y exhalando con prontitud. Se distinguió por fin en el reflejo del marco al pararse, así: despeinada, ojerosa, astrosa. Buscó entonces un lápiz y no lo encontró. Salió del apartamento, a toda prisa se oían por las escaleras los chillidos de las zapatillas, al cruzar la pista lo compró y retornó vertiginosamente.

A los minutos, retumbó un disparo de la habitación. Sobre su pecho, el lápiz yacía en el papel en blanco, sin tajar.

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San Martín de Porres, Lima. Diciembre de 2018.

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Retorno

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¿Oyes? Vienen otros. –¿Volveremos a casa? –Sí, y pareces tener más suerte, los oigo cerca de ti.

El último brochazo alumbró un cuerpo flexionado, con la piel seca, los cabellos largos y las manos presionando el rostro. Se abrazaron por el gran hallazgo. Uno notó gestos de desesperación en aquello: la boca abierta, doblada y las cejas arrugadas. Otro apuntó a los pies contraídos, con las uñas clavadas en el suelo.

Ya no sé si debas salir. –¿Porque? –Todo está en ruinas.

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Mollendo, Arequipa. Noviembre de 2019.