Sandra De la Torre Guarderas – Cuento | Los comensales

Sandra De la Torre Guarderas. Quito, 1971. Poeta, narradora, guionista, editora. Estudió comunicaciones en University of Nothwestern, de St. Paul, Minnesota. Integró el taller literario de la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha publicado El hueco en el zapato, Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2012; Cuando cierro mis ojos, 2013; el poemario sonoro Otoño en Zona Tórrida, 2014; la antología  Amor en el bolsillo, 2015; Alma de trapo, 2015; ¿Te volviste loco, Dios del universo?, 2016; Tormenta de arroz, 2017,  cuento finalista en el Concurso Internacional de Literatura Infantil Julio C. Coba 2016, Premio Darío Guevara Mayorga 2017, Nominado de Ecuador al Catálogo IBBY 2020; La vuelta del paraguas, cuento ganador de fondos concursables del Ministerio de Cultura y Patrimonio, 2017; Andinismo en la azotea, Editorial Buenos Aires Poetry, 2019; Niños de agua, Premio Internacional de Literatura Infantil Libresa – Julio C. Coba 2018, Premio Darío Guevara Mayorga, categoría Cuento, 2019.  Sus poemas se han difundido en revistas especializadas como Círculo de Poesía, Otro Páramo, La Raíz Invertida, Buenos Aires Poetry, De Sur a Sur, y Nagari.

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LOS COMENSALES

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Los buitres no miraban hacia el mar esa madrugada, alzaban sus picos cazando algo en la ventisca. Quizá la muerte estaba demasiado fresca aún para fascinarlos con su bálsamo. Eran cuatro. Sus alas replegadas sobre el pecho hacían pensar en cuatro sepultureros con sus trajes abrochados, a la espera del cadáver exquisito. Una viscosa intriga pululaba en la atmósfera y Yuliana retenía en el paladar su sabor a hierro. Yuliana, la de magnífica piel oscura, cabellos rizados plumas-al-viento y alma carroñera, daba siempre con las entrañas podridas del pueblo, su alimento desde niña.

Persiguiendo jaibas y pisando caracoles, se sentía acompañada en su viaje diario en busca de pescado para el desayuno de su abuelo. No debía tardar, lo sabía, porque, de lo contrario, algo se quemaría en la estufa, o sus hermanos faltarían a la escuela, o una de sus primas menores sería desvirgada.

Pero no pudo evitar detener su paso para seguir con la mirada el vuelo del primero de los buitres. El segundo había levantado ya el pescuezo, los ojos encendidos, un agitar de alas antes del despegue. Cuando el tercero cruzó encima de su cabeza, ella era una más de la bandada. Corrió hacia el caserío sin detenerse, guiada por la estrella negra en el cielo. Los cuatro picos encorvados señalaron una casa elegante de la zona de turistas.

Yuliana se detuvo ante la reja que dejaba ver el jardín. Una reja era una prohibición material y ella detestaba las prohibiciones, así que intentó atravesarla agudizando los sentidos. Alcanzó a ver una mesa servida con platos a medio comer sobre un mantel a cuadros rojos y blancos. Los almuerzos de su infancia reaparecieron inevitablemente en su memoria, pues habían sucedido sobre un mantel como ese, al que ella misma lavaba en la piedra y ponía a secar al sereno. Cuántas veces vistió ese mantel a cuadros pretendiendo que era un vestido de fiesta. Cuántas veces lo usó de cobija, techo o sábana… A su madre le gustaban esos cuadros rojos y blancos porque ocultaban bien las manchas de sangre.

Cerró los ojos para concentrarse en los olores. Algún filete se había convertido en carbón sobre la parrilla. Algún perfume varonil se mezclaba con los sudores de una copa de vino asoleada. Juan Gabriel sonaba en un altavoz: ya no vivo por vivir, ya no vivo… pero no se oía ni una risa ni una respiración ni una palabra.

Los pájaros no habían descendido, sobrevolaban la casa igual que ella. Esperó hasta que la música terminara y, extrañamente, volviera a comenzar, la misma canción llorona y dulce repitiéndose en la soledad del jardín. Fue su señal para entrar. Las plumas negras de su cabello se agitaron por la prisa, sus pupilas enrojecieron. Cómo le habría gustado en ese momento tener un pico o al menos un garfio por mano.

Lo que encontró, sin embargo, no era digno de su apetito: personajes estilizados, una escena demasiado limpia, una imposibilidad. Dos hombres extranjeros, uno de ellos, de la edad de su abuelo y el otro, mucho más joven, tal vez de su edad, dormían luego de una noche intensa. La cantidad de botellas de vino abiertas daban cuenta de celebraciones o reencuentros. El más viejo estaba recostado sobre sí mismo, todavía en su silla, y el otro permanecía de espaldas en el césped. Qué momento para apurarse el vino de la última botella, saborear unas cuantas rebanadas de queso maduro y mordisquear una chuleta del plato. Como signo inconfundible de placer, la garganta de Yuliana producía gruñidos de baja frecuencia que le llevaron a pensar ¿por qué los buitres? Alzó la mirada y comprobó que el vuelo circular no había terminado. Tragó, esperó a que un leve escalofrío la dejara en paz y miró con más atención. El vino era francés, el queso agujereado, los rostros eran franceses, la escena entera le parecía una de esas incomprensibles del cine de autor. Se quedó inmóvil cuando el líder de los buitres bajó, se posó sobre la cabeza del más viejo, le abrió la boca con el pico hurgando en ella… ese hombre no dormía.

Yuliana espantó al ave y se acercó al cuerpo buscando el aliento, el pulso. Nada. Buscó también un arma, un frasquito con veneno, una nota en el bolsillo, alguna marca en el pescuezo de colmillos o de cuerdas, algún orificio de bala, algún machetazo en el vientre, un piedrazo en el cráneo, arañazos en la cara, mordiscos en el pene, alguna desventura… Nada.

Dejó un momento al viejo y caminó junto al más joven tendido en la hierba. Tenía un rostro hermoso, cualquiera podría haberse enamorado del bello durmiente. El amor era peligroso en su pueblo, defenderse de él era legítimo. Pero este no daba muestras de haberse defendido de amores ni de odios. La piel lozana, el traje pulcro, las extremidades en perfecta simetría, aunque… sin palpitaciones. Era inaceptable. Estos dos no tenían ni la menor idea de cómo se moría en el pueblo. ¡Cómo se les había ocurrido armar un cuadro así, tan extranjero, para su última cena!

Cuando Yuliana salió de sus pensamientos y volteó a ver, descubrió al buitre en su segundo intento por extraer de la boca del viejo alguna podredumbre deliciosa. La lengua… ¿era la lengua la que el testarudo pico succionaba? Sus manos alimañeras alcanzaron a arrebatarle el botín, un largo y grueso pedazo de carne triturada a medias. El ave se alejó aceptando su rapacidad inferior. Yuliana, cabello de plumas negras, carroñadicta, Yuliana buitre…

Analizó el trozo de carne babosa. Si hubiese hecho falta, la habría probado para estar segura de su naturaleza, pero era obvio que se trataba de un pedazo demasiado grande de carne asada que no pudo ser tragado ni en varios intentos, hasta causar asfixia. Qué estupidez morir ¿de abundancia? Y el otro… dejaría de respirar de insolación o de un desmayo, pobre florecita asustada. Estas muertes, aunque lo eran, a ella no le parecían nada naturales. No en un pueblo como el suyo. Si alguien la hubiese visto en ese momento, habría dicho que ya está metiendo pico, plantada de piernas abiertas desafiando con sus alas en la cintura y la mirada puñal. Nadie la vio, sin embargo.

Cuando volvió a casa por la noche, nada se había quemado en la estufa, sus hermanos dieron muestras de haber asistido a la escuela, pero nada supo ni podría saber nunca de sus primas menores… en su familia al menos era cierto eso de que el rastro del hombre en la muchacha era indescifrable como el rastro de la serpiente sobre la roca.

Al otro día, los diarios dieron cuenta de las muertes. ¡Cuánta ficción se vendía como noticia! Si bien se mencionaba que dos franceses, un viejo y un joven, habían muerto misteriosamente en el jardín de una casa, en el sector de los turistas, con música de Juan Gabriel de fondo, los platos servidos y los vinos descorchados sobre la mesa, se daban detalles de lo más inverosímiles, quizá para saciar la gana de morder de los lectores. Un titular decía: &Comerse a besos podría ser mortal, más aún si son franceses& y otro: &En lugar de chuletón, se embutió un miembro viril&. Abundaban palabras como amorío, perversión, deshonra, forzamiento… Había desacuerdos sobre el móvil de los crímenes, inconsistencias en la sucesión de las acciones. Unos decían que el viejo lo mordió, lo asó e intentó tragárselo, y otros, que el joven se lo embutió en venganza. No obstante, todas las crónicas coincidían en que los fallecidos turistas habían asimilado magistralmente las maneras del pueblo, sobre todo en aquel pintoresco acto elegido para morir. A pesar de las falacias, lo más convincente era la fotografía en primera plana que vendía el cuento al lector desprevenido: El francesito joven, despojado de su ropa habitual, llevaba el mantel a cuadros rojos y blancos a manera de vestido, con una gran mancha de sangre en la entrepierna que, sin embargo, se disimulaba bien.