Poesía mexicana: Héctor Adolfo Rojo Jiménez – Anfibio Odisea

Héctor Adolfo Rojo Jiménez (México, D. F., 15 de agosto, 1985). Estudió Literatura en la UAM-I y en la Universidad Veracruzana. Poemas suyos han aparecido en el Periódico de Poesía de la UNAM, Tierra Adentro y otras revistas digitales. Un relato de su autoría apareció en El Libro Blanco de Bengala (Agencia Bengala / UANL, 2018) y está próximo a publicarse Cómo me convertí a la fe de las lechuzas (Malabar Editorial), un cuento ilustrado por María José Ramírez. También publicó ensayos sobre cine en Cuadrivio, Correspondencias y en el sitio de Malabar Editorial.

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I

Y esa aleación de música y carbono
que corta en las entrañas de los hombres.
Viaje al fondo en misión para recuperarla.
Viaje de vuelta en desapariciones
para rascar en el estómago del mundo.
Nos ennegrecemos los pulmones
por dejarla viva a la voz. Y en medio
del ahogo alcanzas la última nota,
por la que caballos de sangre luminosa
arrójanse a la vida y después se apagan.

Mas contenta nunca has quedado.
Solicitabas un peligro y movimiento de creación.
Sentada como conservas siempre el pasado,
vendimos los saltos de nuestra felicidad de antes.
Aunque no lo recuerdes ya.
Y mientras inventabas el lenguaje para decirle a gritos
que los seres vivos, de nuestra piel salían niños desnudos
a caminarnos por el cuerpo.
La felicidad es venenosa, lo recuerdas?
Y a esto se parece la muerte, decías.
Pero encontramos
que no sabíamos nada, y en no saber supimos acabar
las cosas de valor. Casi diría acabaste conmigo también.
Mas de imagen quedamos hechos, significantes.
Silenciosos hasta el poder. Y habríamos vuelto
de no ser por cúmulos que se desesperaron.
Por viajes que quedaron suspendidos y dejaron
al final de ser.
Aunque nunca una estrella desapareció así de la nada,
¿habrase visto Natura en cuestiones como ésta? Claro,
diurna querida, Ella será eterna por siempre.

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II

Tono de mirar para la boca descubierta.
Si hubo daños nos encargaremos. Tomando
por delante el mal. Tomando lo que pertenece.
Su error para las dudas, por decir. Pero el cálculo
se hizo perverso y nos equivocamos.
Fue aquel emplazamiento en donde caras a los nombres
en versión volteada y de perfiles noctos. Fue el lugar
por el que huiremos cuando el fin sea.

¿A la luz brillamos como seres de verdad,
como hijos del único dios verdadero?
Nos convertimos cada minuto.
¿O estamos dejando que la vida?

Y a la luz, en dónde estamos?
En dónde están los seres de nuestro amor.
Calculamos mal, y te abriría
el sensor que reclamabas cuando el martirio y la suavidad
de la barboza que deslicé con precaución
de hacer volar imágenes tu otra mitad.
Lo conseguiría? Lo dudo.
Pero habría que subir el sueño hasta encarnarlo.
Y pensar que lo deseabas
con inteligencia
y sin ganar palabra dulce ni reconciliadora.

Las noches miran cada paso. Y váyase perdiendo la
escritura inocente. Las oraciones puras sobre
oler tu interior y acariciar cada residuo. Toca a
la tormenta hacer espuma de sí. Caricia también
de sí. Rincones incontestados a la pobreza de color.
Que surja en cármenes, pero a tus pies.
¡Reconozcámoslo! Separados sudamos cada gramo de oro.
Pero sentados frente a nuestra piel estremecemos
el agua que nos toca. Pero sentados en el fondo
frente a frente. Ahí marcará la vida a ser tocada.
No sonriamos más, mujer ni ser indivisible. Si pensamos
que en algún momento nos iremos, acabémonos al principio.
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