Mateo Mansilla-Moya | Noche en un departamento de la colonia Roma

Mateo Mansilla-Moya (CDMX, 1994). Ha publicado dos libros de poesía: De sueños rotos, promesas olvidadas y un final feliz (Acribus Editorial, 2016) y La temporada de ballet clásico ha terminado (Buenos Aires Poetry, 2019). Es director general de Cardenal Revista Literaria y miembro de Colectiva Ololiuqui. Estudia Derecho en el Colegio de Derechos Humanos y Gestión de Paz de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

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NOCHE EN UN DEPARTAMENTO DE LA COLONIA ROMA

Para Ale, Mich y Manuel

Pintamos con magia negra
y brujería
un departamento
en la colonia Roma
y actuamos un laberinto
como para poder hallarnos.
La noche naranja
que se alzó con textura
de piedra
no logró colarse
por la ventana
para sentarse a nuestro lado
porque para nosotros no era tarde
era tan solo
la hora en que
nuestros fantasmas,
sin rascar paredes
y sin tirar monedas,
se manifestaban
en la forma del dolor.
Conversamos a través de ellos
y al final los ignoramos
sacándolos del discurso
y de los cuadros
en los que nos enmarcamos.
Tomamos té y comimos pastel
como parte del eterno rito
que implica sentarse en círculo
y conjuramos las palabras
que terminaron por hermetizar
en un mar de oscuridad
nuestra caja de luz
una caja de calcetines dispares
y paisajes de óleo
en los que pensamos lo infinito
porque era ahí
donde lo guardábamos.
Pero una ráfaga
de viento helado
lo quebró
suplicándonos
que volviéramos a la noche
y tornó al departamento
en un recuerdo
deshabitado.

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I.

Llegaste la primera noche del verano: vestida con invisibles lacios y protegida por los rayos de luna, te deslizaste entre robles, senderos y grietas. Fuiste el aire húmedo del este: los espejos te reflejaron como vaho, los vidrios se empañaron, las hojas de mis libros se doblaron ante ti, la tinta de mis libretas se corrió y dejaste tu firma como rocío en los narcisos de mi jardín. Pero nadie te vio.

II.

Desperté la mañana de tu partida. En un puesto de periódicos me lo anunció un peculiar titular: la temporada de ballet clásico ha terminado. Tomé café solo en una mesa para dos. Asistí a la primera función romántica que encontré en el cine local. Caminé por el parque del lago en el que solías remar. Renté un par de películas que no vi. Y te extrañé.

III.

A veces escucho a mi jardín llorar tu nombre: cuando la lluvia cae, cuando el viento le pega, cuando el frío lo seca.

IV.

Me descubrí solo leyendo las hojas de un poco de té de pino que calenté a la llegada del invierno.

V.

Unos días después, un colibrí azulado que bailaba en mi ventana me hizo pensar que habías vuelto. Guardé el momento, lo hice postal y la envié por correo a mi dirección para en el verano sentirte otra vez llegar.

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EL MILISEGUNDO QUE SE CONVIERTE EN POSTAL

 

Brisa y olor de estrella fugaz:
la imagen que perdura
de quien
llega,
sonríe
y se va.

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Cayó al piso sin rozar al aire que la haría expandirse como una ola en el espacio, y se quebró.

Se quebró
y rimó con tus fragmentados labios,
y combinó con el cielo
de oscuro
terciopelo estrellado.

La observé
difuminarse en la tierra
y a ti
con la noche llorar las estrellas.

Levanté los vestigios
de tu palabra rota
y con promesas olvidadas
la envolví
y te la devolví.