Camil Valentín | Poesía de Puerto Rico

Camil L. Valentín Arce (20 de febrero, Aguadilla, Puerto Rico, 1998). Estudiante de Agricultura Sustentable en la Universidad de Puerto Rico y escritora en formación de poesía y narrativa. Autopublicó el poemario Al filo del abismo del amor propio en colaboración con Adaira Rojas (2019) y Grito de Libertá (Editorial Pulpo, 2018).

Ha participado de múltiples antologías y revistas como Vox Populi: 5 años de la voz del pueblo (2018), Lámparas (Editorial Pulpo, 2018), Sábanas Magazine, Caminos Covergentes, entre otras publicaciones físicas y virtuales.

Curá de espantos

¿Cuánto puede una
aguantar el llanto
entre la tráquea,
la nariz y los ojos?
-Ciertamente-
lo suficiente
para abortar,
o parir,
un poema.
Ya no confío en ninguno.
Como Julia y Angela María,
soy los extremos de la lucha
por no darme completa
a la muerte,
si no es ya resistida,
amada, dolida,
chingada, mojada,
llorada,
gastada hasta el seso,
con la piel dura
de los niños
que crecen cayéndose,
y llegar, al menos,
media hora tarde
pa’ no perder las costumbres
ni muerta.
Hace tiempo me sé
conocedora de mi verdad,
aunque lo niegue.
A mí me han arañado gatos,
se me han muerto queridos,
me han faltado el pan,
la luz, el agua y los abrazos,
me han botado de los mejores sitios
y he estado completamente sola.

A estas alturas
no me quita el sueño
quedarme sin nada,
con el tiempo
una se cura
de espantos.

El desencuentro es un problema doméstico

Hoy me corren por las sienes
las ganas de huirme
a cualquier tierra
para sentirme extranjera con gusto.
Yo con mis problemas de primer mundo
que es, como cualquiera, tercer mundo por igual.
Quizá porque estoy harta
de la domesticidad de los días iguales,
de la espiritualidad falsa que
me acecha el alma,
de esta cara que no logro amar completa
sin restregarme en los pliegues,
las sombras, el bigote.
En el inmundo anhelo de sentirme parte de nada,
de darlo todo a cucharadas,
de migaja en migaja.
de la sala al baño,
de la cocina al cuarto,
el piso está sucio,
hay que fregar los platos.
El día dura demasiado,
como a veces dura muy poco
y entre desperezarme de la cama
y lavarme la boca
dan las diez treinta
sin haberme bebido el café,
sorbiendo con lástima
la desolación de mis cosas,
de los zapatos en el piso,
los libros en la mesa,
las ollas en la estufa,
la ropa vieja,
las plantas moribundas
y de mí,
en el sillón amarillo
muriéndome por irme,

pero con miedo
de abrir la puerta.

Países y cuerpas

Toco fondo y trago tierra,
a mí nadie me honra,
a mí nadie me llora,
la cuerda está floja
no bastan las ganas
para agarrar equilibrio
y hace falta un país
para sentir que camino
sin arrojarme al vacío,
ese país, mi cuerpo,
las tierras de mi entierro,
las montañas de mis senos,
la bahía de mis brazos,
la península de mis piernas,
el camino pedroso
que lleva hasta mi vientre,
el volcán eruptante
de magma hirviente
por la corriente de mis muslos,
un dolor en el estómago
como si fuese
un dolor en el alma,
chillan las gomas
en la autopista de mi espalda,
ensordeciendo la calma
que rebusco entre sacos de latas,
de escombros,
de países muertos
a manos del imperio.
Cómo he quedado en el desencuentro
de este archipiélago sin rumbo,
las olas rugen en mis costas
y rugen con furia en mis oídos,
del piso no se pasa,
la miseria ni con agua se traga,
y en el país de mi cuerpa
los cadáveres se acumulan en las aceras
esperando que forense les abra
con bisturíes mohosos
que lo mismo sirven
para rajar en dos un estómago
que para arrancarme de cuajo
el alma,
y no bastan las escobas ni los mapos
para limpiar la basura acumulada
entre hebra y hebra,
entre espalda y espalda,
ni espejo para mirarme las arrugas
que han dejado el llanto
y las palabras tragadas
que hoy se me estancan
a media tráquea.
No existen paños que sequen
las lagunas de ojos lagrimeantes
ni cura para las úlceras
que pudren de un esquinazo
los pies, las manos
y la cara.
Me resta mi país muerto
en el continente del olvido,
los maullidos y los ladridos
a las afueras del asilo
que me he construido
con piedras y cal
para apaciguarme de una
la tristeza
y encontrarle sentido a todo
lo que hoy pesa.