Moisés Mayán | Poesía cubana

Moisés Mayán Fernández (Holguín, 1983). Licenciado en Historia. Poeta,narrador y editor. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2003). Entre los premios de poesía obtenidos se encuentran: Mención en el Premio David de la Uneac (2007), Premio Ciudad del Che (2007 y 2013), Premio Gastón Baquero (2010), Premio X Juegos Florales, Matanzas (2011), Premio De la Ciudad de Holguín (2012), Premio Mangle Rojo (2017), Premio Calendario (2018), Premio Regino Boti (2008 y 2018), Premio Manuel Navarro Luna (2018), Premio José Jacinto Milanés (2018), Premio La Gaceta de Cuba (2019) y Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara (2019).

Ha publicado los libros de poesía: Fábula del cazador tardío (Ediciones La Luz, 2007), El monte de los transfigurados (El Mar y la Montaña, 2009), Cuando septiembre acabe (Ediciones La Luz, 2010), El cielo intemporal (Ediciones Holguín, 2013), Raíz de yerba mate (Cuadernos Papiro, 2015), Estética de la derrota (Áncoras, 2017), El factor discriminante (Casa Editora Abril, 2019) y Mentalidad de enjambre (Ediciones Matanzas, 2019).

Muestras de su obra aparecen en numerosas antologías en Cuba y en el extranjero. Es miembro de la de la Uneac.

Rapsodia

El animal de mi madre es el caballo de parto. Mi madre trata de salvar la
madrugada en el caballo de parto. Como Bolívar en el cruce de los Andes. Con
hambre y frío. Mi madre inhala y exhala. Mi madre puja. Mi madre primeriza.
Yo primogénito. El caballo de parto, mi madre y yo. (Una rareza biomecánica.
Versión contemporánea del centauro). Larguísima es la madrugada insular.
Lento, muy lento, el caballo de parto. Las sucesivas coronas del desfiladero,
van creciendo corona tras corona. Paso es el paso del caballo de parto en el
abismo. (Ya lo iba a decir). En lo alto del caballo de parto la independencia de
América es un asunto trivial. La independencia de la poesía es absolutamente
prescindible. Mi madre lo hace por mí. Espolea el caballo de parto. Inhala y
exhala. Puja. Cuando escucha el llanto, sabe que ha cruzado su propia
cordillera.

Praga 68

Como los tanques soviéticos en Praga entra mi poesía en el lector. El poeta
debe ser totalitario. Plantarle cara al lector. Imponer respeto. Aplastar sus
consignas. «A mí no me gusta la poesía». Un tanque. «Yo que me considero un
buen lector, no soporto la poesía». Otro tanque. «La poesía actual es
inconsumible». Un tercer tanque. Tanque soviético. Hipotético tanque. Tanque
poético. El Pacto de Varsovia. Una interminable columna de tanques contra el
lector. Contra esa absurda figurilla. No se puede ser condescendiente. O
acabaremos escribiendo para otros poetas. Que de paso, tampoco nos leerán. Ya
basta de espléndidos pavorreales. De crisantemos trenzados. De silenciosas
barcas de papiro. La poesía no es un caracol nocturno en un rectángulo de agua.
Vaya dislate. La poesía es un tanque de guerra. Un tanque soviético. Y su
función es incomodar al lector. Presionarlo. Hacer que el lector se prenda
fuego. A lo bonzo. En su plaza de Wenceslao. Pero jamás renunciar al imperio
de la palabra. Entrar a los cotos que se resisten al poder (absoluto) del lenguaje.
Entrar a la fuerza. Entrar a por todas. Como los tanques soviéticos en Praga.

Antípodas

Los vecinos de cierto barrio de Pensilvania despiertan con el perfil de un
camello sobre la nieve. Nada exclusivo distingue al animal. La nieve es solo la
reunión de minúsculos cristales de hielo. Pero el camello y la nieve son dos
pánicos enfrentados. La aparición desata el caos. Colapsan los núcleos de
sentido. Pierden el magnetismo las palabras desierto, arena, beduino, duna, sol.
Palabras imantadas por la palabra camello. Se detienen y congelan ante las
palabras invierno, blanco, frío, nieve. Los vecinos llegarán tarde al trabajo. El
animal estará en la portada del diario vespertino. ¿Qué hace un camello a miles
de kilómetros de la península arábiga? ¿Qué hace un camello en el gélido
amanecer de Pensilvania? Nadie piensa en el zoológico, en la jaula entreabierta,
en el descuido del vigilante. La poesía es un camello sobre la nieve. Pero nadie
piensa tampoco en esa posibilidad. En este poema yo también dejo la jaula abierta.

Deshielo

Cuando baja la temperatura nacional, empieza a congelarse la poesía. Una leve
película de escarcha interfiere ante los ojos del lector. Signos iniciales de
hipotermia, versos temblorosos, confusos, torpes movimientos literarios.
Poemas fríos en un país refrigerado. Si lo adviertes es porque aun estás a
tiempo. Si lo adviertes pídele consejo a Ilyá Ehrenburg. Pídele consejo a
Aleksandr Solzhenitsyn. Los escritores rusos son expertos en lidiar con el
invierno. Sus obras, latas de carne congelada. «Carne rusa para lector
latinoamericano». A modo de etiqueta. La Editorial Progreso le quedará muy
reconocida si le comunica su opinión sobre el libro que le ofrecemos. (Zubósvki
bulvar, 17. Moscú. URSS). Lo apropiado es relajarse un poco, coexistir
pacíficamente, liberar millones de versos prisioneros. Ya que trajimos a
colación el tema ruso, ¿oíste hablar del deshielo de Jrushchov?

Trabajo de inteligencia

No confundo el placer con la poesía. A casi nadie le sienta bien mezclar trabajo
y placer. No soy un actor de cine para adultos, así que conservo las cosas en su
sitio. Delimito espacios. Trazo cuadrículas. Escaques blancos. Negros escaques.
Pudiera deslizarme a mi antojo con paso de caballo. Con el clásico paso en ele.
Pero he aprendido a estar quieto. Anticipando posibles jugadas. Construyo
minuciosamente a mi enemigo. La poesía es una enfermedad crónica. Gottfried
Benn. La poesía es carroña. Charles Baudelaire. La poesía está en rebelión
permanente contra sí misma. Mahmud Darwish. No hay ningún placer en ello,
créanme. Es solo trabajo de inteligencia.