El cuadro negro – Heberto de Sysmo

EL CUADRO NEGRO

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«Las diferencias entre las religiones del mundo,
son de hecho, bastante triviales comparadas con el enemigo común,
las antiguas y permanentes tinieblas que todos odiamos, tememos y combatimos sin cesar».

Thomas Pynchon

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«Me gusta particularmente el cuadro negro.
Es una negrura singular la que usted, señor, ha creado.
El cuadro negro es totalmente negro.
Imagínese no ser capaz de decidir dónde termina el cuadro.
Si percibes el cuadro negro como un paisaje, el paisaje es negro.
Si percibes el cuadro negro como un retrato, el retrato es negro.
En cualquier caso el cuadro negro es de una negrura total.
Conseguimos propagar la negrura a través del cuadro negro.
Si te quedas mirando bastante rato al interior de tus propios ojos
con una luz intensa en un espejo, verás el cuadro negro.
El cuadro negro está colgado en la pared y está fuera de mí, así es
que puedo acercarme a él y alejarme, darle la espalda, arrodillarme
ante él. Puedo hacer cualquier cosa delante del cuadro negro.
Es posible percibir el cuadro negro como una mujer y amarlo.
La negrura del cuadro negro afirma lo iluminado. Uno puede
apartar la vista de él horrorizado, señor. Pero, ¿adónde?
Lo que queda colgando en la pared cuando te hayas marchado
es el cuadro negro, mientras que lo que te llevas contigo cuando
te vas es el cuadro negro».

Paul Borum (Dinamarca, 1934),

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«Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas».

Carlos Ruiz Zafón

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19 de abril de 2051, Tucson, Arizona.

En el interior de un complejo residencial de alta jerarquía, Frank Bartley, un anciano de aspecto saludable, amante del arte, de cabello cano y manos habilidosas, disfruta de su jubilación haciendo lo que más le gusta, cronolitos[1]. Steven, uno de sus nietos, quizá el más predilecto por continuar la vocación familiar, llega del trabajo con muchas ganas de comentarle una noticia a su abuelo.

—Abuelo ¿has visto las noticias?

—No hijo, he estado toda la tarde amasando el tiempo, —Frank continuó modelando— pero dime, dime.

—Vaya, esas dichosas figuritas, y pensar que jamás podrás organizar una exposición con ellas.

—Aunque pudiese no las expondría, a mi edad estas cosas son algo meramente terapéutico.

— ¿Recuerdas que hablamos del posible candidato de los demócratas a la Casa Blanca?

—Por supuesto.

—Pues acaban de hacerlo público, —Steven desplegó y activó mentalmente[2] una pantalla ubicada en el techo, escogió entre las opciones del menú y apareció proyectado el rostro de un hombre de unos cincuenta años—, se trata de Gore Wilkinson y en su juventud trabajó como registrador de museos.

Frank dejó cuanto estaba haciendo y se puso en pie mientras  observaba fijamente la pantalla; aquel rostro le era extrañamente familiar; caminó unos pasos hacia la imagen, y la sonrisa, la mirada y el gesto de aquel hombre de pronto despertaron en él una rápida sucesión de imágenes.

— ¿Cómo has dicho que se llama? —preguntó sin poder ocultar su sorpresa.

—Gore Wilkinson, de Utah.

—Gore Wilkinson, —murmuró entre los dientes— su cara me dice muchas cosas, pero su nombre, nada.

—Pues dentro de un rato lo entrevistan en un programa.

La memoria de Frank comenzó a agitarse y sus pensamientos fluctuaron en busca de imágenes concretas. Tomó asiento, cerró los ojos, se abstrajo, su mano acarició su cabeza y su mente viajó más y más hacia el pasado mientras Steven, sin advertir el profundo silencio de su abuelo, seguía hablando.

—Pronto me trasladarán de museo. Ojalá sea de antropología, estoy un poco aburrido de esos cuadros que solo entienden sus autores.

Entró a una habitación y comenzó a cambiarse de ropa mientras seguía hablando.

—A veces pienso que los museos son enormes cápsulas del tiempo, circos ambulantes, todo lo que hay en ellos pasará y se perderá, como esas malditas figuras tuyas…

—Steven —interrumpió su abuelo con agitación—, acércate un momento.

El muchacho salió de su habitación abrochándose la camisa.

— ¿Qué ocurre? Tienes cara de preocupado.

—Siéntate, quiero contarte algo, —su nieto tomó asiento, Frank respiró profundamente y lo agarró por las manos—, no sé si tiene alguna relación con este hombre de las noticias, mi corazón dice que sí, en cualquier caso, voy a contarte una historia que debes conocer, algo que me ocurrió hace mucho tiempo, con toda seguridad, lo más excepcional que he vivido jamás.

Transcurrieron unos segundos de silencio. Steven escuchaba y observaba a su abuelo con atención.

—Es increíble —continuó Frank— cómo nuestra mente puede apartar de nuestra conciencia aquellos recuerdos que consideramos dañinos. Hace ya tantos años que no pienso en esto, y sin embargo en su día, esta vivencia casi logra que cambie de profesión.

***

Todavía no consigo explicar aquel extraño suceso. Ni siquiera la perspectiva del tiempo, habiendo transcurrido tantos años, ha conseguido borrar de mi mente aquellas fatídicas semanas de otoño de 2006. Yo por aquel entonces, era tan solo un inexperto auxiliar de sala en el famoso Museo de Historia Natural de Londres, aunque podía ejercer también como documentalista.  Me gradué una década antes como conservador, restaurador y otras cosas, pero marché como voluntario al ejército y participé en infinidad de conflictos bélicos en Europa, lo que me mantuvo alejado del arte unos cuantos años. Aquello me marcó como persona. De esa etapa solo quiero recordar el compañerismo, la belleza de lugares exóticos del mundo y alguna que otra historia de amor. La fatalidad de la guerra y sus mecanismos políticos me hicieron desistir de mis, entonces incipientes, ideales de humanismo. Sin embargo, en aquella época aprendí algo que creo haberte transmitido: cuando en el mundo gobiernan los instintos más primitivos, el arte cobra su mayor sentido.

Entré a trabajar en el museo gracias a un contacto que tu bisabuelo tenía con el director del centro, un verdadero privilegio, ya que, aunque donde yo quería estar realmente era rodeado de cuadros y esculturas artísticos, algo que allí no había[3], las personas que deseaban trabajar precisamente en ese museo debían esperar durante años, y aun así, podían no ser escogidos.

Debo reconocer que aquel lugar, como edificio, era impresionante. Había sido construido en 1873 por Alfred Waterhouse y su arquitectura era de estilo neorrománico. Hasta setenta millones de artículos llegaron a ser contabilizados en sus galerías y expositores, y es que los espectros que  abarcaba este templo de historia, tanto en botánica, como zoología, paleontología, entomología o mineralogía, daban para mucho.

Poco arte había allí, estaba rodeado continuamente de plantas, de árboles, de huesos, de animales momificados o disecados, embriones, huevos, útiles prehistóricos, hasta teníamos la osamenta de un diplodocus en la entrada; aquello era lo que más fascinaba a los niños. Mi mente soñaba casi diariamente con un traslado. Trabajar allí era un poco caótico, había de todo por todos lados, inventariar todo aquello era tedioso, más cuando los ingresos de nuevas piezas eran constantes, como también las salidas. Muchas de las reliquias no estaban protegidas por urnas ni separadas de los visitantes por ningún medio, por lo que un buen número de compañeros, al igual que yo, teníamos la extenuante tarea de proteger celosamente aquellos tesoros.

Llevaba varios años trabajando allí y tenía constancia de que las «cápsulas del tiempo» que allí se exponían, estuvieron colocadas de varias formas diferentes. En primer lugar, colocaron las cosas según el espacio de las salas; después variaron su colocación teniendo en cuenta los gustos del público, es decir, aquello que recibía más visitas o era más comentado debía estar cerca o en la sala principal de la entrada; y así, sucesivamente se encontraba un pretexto para volvernos locos y volver a empezar. Hasta que un buen día, no sé a quién, le sobrevino una gran idea, y digo “gran” sin ironía, porque en verdad era bastante lógica y recomendable; recibimos la orden directa del director para colocar todas las colecciones de forma cronológica, de manera que lo más moderno se ubicase en la entrada y lo siguiente fuese correlativo en antigüedad hasta ocupar las salas más alejadas.

Aquello nos llevó a aprovechar un cierre por reformas y a hacer turnos de día y de noche. Lo removimos todo, hasta encontré piezas que no sabía que existían. Encontré incluso una moneda metálica con un rectángulo tallado que debía ser antiquísima; pregunté y comprobé concienzudamente si pertenecía a alguna colección, pero parecía haberse extraviado, así que la guardé por algún tiempo y al final terminó yendo diariamente en mi bolsillo como amuleto de buena suerte.

Darius Witten fue uno de los registradores del museo a quien pregunté por aquella moneda, ningún artículo entraba o salía de aquel museo sin pasar por sus manos. Justamente este es el hombre cuya cara asocio con Gore Wilkinson, el político que en la actualidad aspira a ser presidente. Darius era un poco más joven que yo, de padre americano y madre europea, delgado, poliglota y algo obsesionado con las conspiraciones. Siempre andaba inmerso en la lectura de algún libro extraño, siempre tenía alguna noticia asombrosa que contar. La verdad es que para casi todos los compañeros del museo, Witten era un bicho raro, por eso se alejaban de él, y quizá, por ello también, en poco tiempo nos hicimos amigos.

Por aquel entonces, permitíamos el acceso al público a partir de las diez horas de la mañana y durante siete horas ininterrumpidas. Y recuerdo que por esas fechas, también se comentaba mucho la posible construcción de laboratorios y galerías nuevas en las zonas adyacentes al museo. Fueron tiempos de prosperidad irreal, ya que poco tiempo después, Europa y el mundo en general, sufrirían una terrible crisis económica.

El equipo humano que trabajaba allí era muy numeroso: vigilantes de seguridad, personal de limpieza, mantenimiento, guardarropía, recepcionistas, personal de atención al visitante, auxiliares de sala, guías internos y externos al museo, educadores, administrativos, gerencia, dirección, documentalistas o registradores, restauradores y conservadores; eso por no hablar de los profesionales que realizaban tareas puntuales. Era imposible confraternizar con todo el mundo, pero —como sospecho que ocurrirá en todos los gremios—, tarde o temprano, los espíritus afines forman sus círculos sociales.

Como te iba diciendo, y cumpliendo las órdenes del director, ya teníamos lista la nueva distribución de las colecciones. Los últimos operarios se encontraban en la llamada «zona verde» del museo, concretamente en una galería denominada “cripta”, dando los últimos retoques a «Lomekwi 3», la reliquia más arcaica del museo; un hallazgo arqueológico de herramientas fabricadas con piedra que desconcertó a los científicos en el año de su aparición, ya que, sometidos a la prueba de radiocarbono, estos útiles revelaron tener 3,3 millones de años de antigüedad. Por cosas como esta, uno puede llegar a amar esta profesión. Los trabajadores advirtieron, tras colocar las últimas piezas, que la pared contigua a Lomekwi, de una extensión importante, estaba vacía y permanecería así, pues ya no quedaban artículos que colocar. Hablaron entre ellos y con algún técnico y acordaron atornillar en ella un gran panel de información para los visitantes, así como también un extintor de incendios; se dirigieron cada uno a su tarea y la galería quedó vacía.

Parecía que el asunto de aquella pared vacía se había solucionado, pero cuando el primer carpintero llegó a aquella sala con la intención de medir la pared para diseñar el panel, quedó muy contrariado, puesto que ocupando dicho paramento había un enorme cuadro negro. Aquel muchacho fue a buscar a su superior con la intención de que confirmase su tarea, ambos acudieron a la cripta y se cercioraron de que aquel cuadro estaba allí, así que uno tras otro, los implicados en la organización del museo fueron  informados de lo sucedido. Desde el primero al último expresaron su asombro al escuchar la noticia, así que, para comprobar que no se trataba de una broma,  los responsables de las colecciones se pusieron de acuerdo para desplazarse a ver el nuevo hallazgo; aunque, una vez visto, nadie sabía nada ¿cómo había llegado hasta allí?

Vi el cuadro por primera vez, como uno más, en el siguiente grupo de trabajadores y directivos que fueron a presenciarlo. Nunca olvidaré aquel momento. Siempre me había considerado a mí mismo como una persona gnóstica y difícil de convencer, una persona racional, sin temores infundados, pero cuando me puse por primera vez ante aquel cuadro, sentí la extraña sensación de ser muy diferente al resto. Confieso que me inquietó como nada antes lo había hecho, ninguno de quienes lo presenciaron aquella tarde conmigo parecía demostrar su sorpresa, ni advertir la mía.

Entramos a la cripta por su única puerta, había demasiado silencio para la hora del día que era, desde allí no se vislumbraba el cuadro, puesto que la sala tenía forma de ángulo recto, era preciso doblar la esquina hacia la izquierda para encontrarse frente a él. La incredulidad de mis compañeros era tal, que completamos aquel recorrido haciendo comentarios banales. Los tacones de una de las supervisoras marcaron el ritmo frenético de aquel corto trayecto, un toc, toc que pronto se detuvo sobre aquel suelo de mármol ajedrezado en blanco y negro.

Aquella imagen golpeó mi conciencia, visualmente, el tono de color madera de la pared contrastaba abruptamente con la negrura de aquel cuadro, también sus dimensiones sobrecogían, pero el imponente marco que circundaba a aquel lienzo “vacío” era de una belleza y extrañeza casi sobrenaturales. A los demás les sorprendió más el hecho de que algo tan grande hubiese ido a parar allí sin que nadie supiese nada, que la propia composición y morfología del cuadro.

El techo de la sala se encontraba a gran altura, por lo que no había problema para albergar los cuatro metros y medio de alto que medía aquel armatoste, la amplitud de la pared, también acogía sobradamente los siete metros de ancho de aquella obra singular. No había visto nada igual, aquel marco, de ser macizo, debía pesar por lo menos trescientos kilos. Su morfología era igual de extraña que voluptuosa. Su grosor, en su parte más ancha, era cerca de un palmo, y no había en él ni un centímetro libre de talladura o relieve. El conjunto de hendiduras y volúmenes provocaba, al ser iluminado por los focos, un efecto de luces y sombras que alargaba algunas formas y ocultaba otras. Aún hoy me es difícil describir su ornamentación: vegetales, huesos, formas indefinidas, parecía como si alguna especie de extraña ideología estuviese representada entre sus anquilosados grabados. No se trataba de la típica iconografía estética que se encuentra normalmente en objetos antiguos. Había algo latente en aquella urdimbre, algo que me atrevería a calificar de peligroso.

No di crédito a lo que mis ojos presenciaron, mi cabeza y mi corazón pugnaron por asimilar —cada uno a su manera— este descubrimiento. Jamás dudé de la autenticidad de su aparición y no sé por qué, ya que aquello, de ser cierto, era algo improbable.

El director ordenó revisar las filmaciones de las cámaras de seguridad para tratar de encontrar al responsable de esta “donación”. Pero como su aparición tuvo lugar en un periodo de reformas e inventario a puerta cerrada, y en la pared donde fue hallado el cuadro no había ninguna reliquia, no fue encontrada imagen alguna al respecto. Quien quiera que fuese el que había traído semejante pieza al museo, debió necesitar ayuda dada la envergadura del cuadro; debió recorrer pasillos y varias salas antes de llegar hasta la cripta, por lo que cada vez más, la opción de su “aparición” era más inverosímil.

Los máximos responsables del museo se reunieron de urgencia para tratar este problema, estábamos a dos días de la apertura al público y aquel cuadro, aunque aparentemente no tuviese nada que ver con la Historia Natural propiamente dicha, daba la impresión de ser algo muy valioso, por lo que para mí, tenía muchas posibilidades de permanecer allí tal y como estaba.

En efecto, así fue, el director dio la orden de no tocar el cuadro, por lo que dentro de muy poco sería expuesto al público, eso sí, sin placa explicativa alguna ni circular a los guías internos, es decir, los visitantes se enfrentarían tal cual a la misteriosa obra.

Confieso que aquel primer contacto con el cuadro no había sido suficiente para mí, así que decidí visitarlo a solas a la hora de la comida; algo en mi interior decía que debía tratar de “comprender” a aquel extraño objeto.

Si en la primera visión llamó mi atención su envergadura y la excesiva ornamentación de su bastidor, en esta ocasión quedé abstraído, hipnotizado por su lienzo. Todos los comentarios que había escuchado a él referidos decían lo absurdo de un cuadro vacío, aquel color negro, extendido por igual sobre la tela, era poco más que nada para los amantes del arte; sin embargo, si quedabas por un tiempo observando detenidamente esa negrura, ese vacío o esa nada parecían contener algo. Me coloqué a dos pasos de distancia, puse cada uno de mis pies en la cuadrícula negra del pavimento y respiré profundamente varias veces antes de permanecer estático por un corto periodo de tiempo. Mi campo de visión no alcanzaba a ver fuera del cuadro, así que rápidamente, como cuando entramos a un cuarto oscuro y nuestra pupila se dilata para tratar de adaptarse a las condiciones de luz, empecé a dejarme llevar por la morfología de esa pátina de niebla: solo escuchaba mi respiración, primero jadeante, después más sosegada, mis ojos recorrieron levemente aquel tapiz de un lado a otro, me propuse no mover la cabeza para no romper ese periodo de adaptación a su oscuridad. Pasados unos segundos me tranquilicé por completo. Mi mirada pareció fijarse en un punto concreto, no parecía destacar del resto, pero por alguna razón que desconozco quedé observando impávido aquel punto. Entonces vinieron a mi mente recuerdos de desasosiego, fragmentos de un pasado envuelto en sombras que la cordura siempre trató de solapar. Mi respiración volvió a agitarse, cuando de repente, en zonas adyacentes al punto donde fijé mi mirada, comencé a notar una diferencia de tonos en la negrura, aquel telón de oscuridad comenzó a no ser tan homogéneo. No era capaz de distinguir si aquello que estaba presenciando era un efecto óptico u obra de mi imaginación. La persuasión de esos trágicos recuerdos fue deshojando mi entereza. De esas diferencias de densidad en el fondo negro, pasé a vislumbrar difusas claridades, escalas de grises, como vaporosas, y pronto advertí que aquellas diferencias en el tejido eran coordenadas espaciales; aquella pintura parecía tener profundidad, vida, así que sin pestañear extendí mi brazo para palpar con mi mano aquel lienzo y constatar que aquella pintura era un soporte físico y no un espacio vacío o una puerta. Cuando mis dedos estuvieron a tan solo unos centímetros del lienzo, Darius Witten apareció detrás de mí cargado con libros.

— ¡No! —me previno el registrador. Así que aparté mi vista del cuadro y desistí de tocarlo.

—Le sugiero que no entorpezca la labor de los especialistas que vendrán a analizarlo —añadió.

— ¿Especialistas? —pregunté con sorpresa.

—Sí. Quieren datar la obra, buscar referencias autorales, hacer una lista de los materiales empleados para su elaboración, procedencia y esas cosas, ya sabe. Incluso pueden obtener las huellas de quienes lo trajeron.

Permanecí extrañado unos segundos, a lo anómalo de mi experiencia con el cuadro tuve que añadir la aparición de este muchacho, ¿qué hacía aquí si era la hora de comer? ¿Y por qué andaba cargado con tantos libros?

—Pero ha dicho el jefe que tardarán en venir, porque están analizando objetos de una excavación en Siberia, —añadió aquel joven.

Entonces me cercioré de que Witten estaba preparando una oficina improvisada en aquella sala, había una mesa y una silla plegables apoyadas en una de las paredes, cuadernos y bolígrafos depositados en un saliente de la pared y por si fuera poco, venía cargado con tantos libros que apenas podía levantarlos.

— ¿Qué vas a hacer con esos libros y libretas? —pregunté temiendo recibir una evasiva por respuesta.

— ¡Oh! Tengo mucha faena atrasada y quiero ponerme al día —contestó ligeramente violentado por mi pregunta.

— ¿Pero por qué aquí? Si mañana esto estará cerrado, será el día previo a la apertura al público, —insistí.

—Sí, sí, ya lo sé, por eso precisamente quiero tener todo listo, además, nadie me espera en casa.

Noté que aquel tipo prefería que me marchase. Sonrió falsamente y se dedicó a su cometido. Debo confesar que en aquel momento tuve sensaciones encontradas. Pensé que no me vendría nada mal descansar al día siguiente.

Aquella noche tuve una terrible pesadilla. Hacía varios meses que no dormía tan profundamente, una preocupación rondaba por mi cabeza y no era capaz de desenmascararla. Siempre he sentido fascinación por los espejos, aquella noche mi sueño me condujo a una gran sala cuyo pavimento era idéntico al de la cripta, un tablero de ajedrez en blanco y negro; los muros de aquel recinto eran descomunales columnas de fuego y en el centro de la escena, una serie de espejos de gran tamaño formaban un círculo y todos ellos reflejaban a quien se colocase en el centro. Aparecí en el epicentro de los espejos, asustado, buscando con la mirada una justificación y una salida, estaba desnudo. En el interior de cada espejo apareció mi yo desdoblado, una réplica exacta a mí que emergió con un paso de cada espejo, desnuda, armada con una espada y en sentido contrario a las agujas del reloj, cada uno de mis clones fue asesinando al que tenía al lado, así hasta llegar al último, y cuando el último de ellos hubo caído, las columnas de fuego ya alcanzaron los espejos, aquel cerco de fuego se estrechaba, ante mi creciente angustia me arrodillé, después me recliné sobre el suelo y comencé a lamer la sangre derramada por mis reflejos muertos.

Desperté sobresaltado, no acostumbraba a tener ese tipo de pensamientos, mis sábanas estaban empapadas de sudor, pensé que tal vez la experiencia sensorial frente al cuadro negro me había sugestionado.

Al día siguiente no quise ni oír hablar del museo, me duché, desayuné y salí a dar un paseo por el parque. Cuando estaba de regreso, tuve la idea de comprar un diario local en el que tengo varios amigos en la redacción, cuál fue mi sorpresa al leer en la sección de sucesos la noticia de la aparición de un misterioso cuadro negro en una de las salas del prestigioso Museo de Historia Natural de Londres. De alguna manera, alguien había filtrado la noticia a los medios, así que la afluencia de público debería ser notoria.

Ante la noticia de la publicación en prensa del misterioso cuadro, acudí a casa de Witten para advertirle de una posible avalancha de personas en el día de la apertura. Cuando llegué a su domicilio nadie contestó a las llamadas, por casualidad alguien salió en ese momento del edificio y aproveché para entrar, en el zaguán encontré al conserje, quien me comunicó, después de preguntarle, que Witten no se encontraba en su casa y ni siquiera había pasado la noche aquí. Así que, aunque me costaba creer que hubiese pernoctado en el museo, no tenía otro lugar donde buscarle y allí me dirigí.

Cuando llegué, pregunté al guarda si sabía si Witten se encontraba en el interior, amigablemente me comunicó que no lo sabía y me abrió las puertas invitándome a comprobarlo por mí mismo. Le agradecí el detalle y sin más dilación me dirigí hacia la cripta. Ver aquel museo vacío de personas era impresionante. Cuando llegué a la famosa sala, la puerta se encontraba abierta, las luces encendidas, así que entré y escuché un rumor que procedía del fondo. Caminé hasta doblar la esquina y allí estaba él, el magnificente cuadro negro. Por extraño que te parezca, Witten estaba allí, rodeado de libros y no advirtió mi presencia hasta que me tuvo a la vista, por lo que rápidamente recogió varios objetos que tenía repartidos alrededor de su mesa. Conforme me acercaba vi que la sala estaba en un estado deplorable, necesitaba una limpieza urgente; una zona del pavimento estaba considerablemente sucia y parecía que Witten había intentado limpiarla, puesto que había una fregona. Entre los objetos que trató de esconder alcancé a discernir un cirio y unas tijeras. Cuando estuve frente a él, deshizo el doblez de las mangas de su camisa, pero antes de que cubriese sus brazos vi unos tatuajes insólitos que días atrás no estaban allí.

— ¿Qué ha ocurrido aquí? —le increpé levantando los brazos.

— ¿No deberías estar descansando? —respondió con mucho nerviosismo mientras cerraba sus cuadernos.

—Quería hablar contigo, he ido a tu casa pero el conserje me ha dicho que no habías dormido allí. ¡Por Dios santo! ¿Has visto las ojeras que tienes?

—Verás Frank, creo que tenemos que hablar, —dijo Witten mientras caminaba de aquí para allá frotando su rostro con ambas manos.

 —Por supuesto que tenemos que hablar ¿quieres que te despidan?

—Si me prometes que no lo contarás nada a nadie te revelaré un secreto.

Asentí con la cabeza y con un ademán me invitó a sentarme. Había cera derretida por todas partes, cristales rotos y un olor a incienso se hacía más intenso a medida que me acercaba al cuadro.

—Estoy hecho un lío. No sabes el tiempo que he esperado este momento. ¡Lo he soñado tantas veces!

— ¿El momento de qué?

—Esto que voy a contarte puede poner tu vida en peligro, pero debo hacerlo, tarde o temprano me ocurrirá algo; el mundo debe saberlo.

— ¿Pero saber qué?

—Prométeme que no lo contarás hasta que sea estrictamente necesario, y si lo cuentas, prométeme que se enterará todo el mundo.

— ¿Pero de qué estás hablando?

— ¡Prométemelo! —gritó preso de la agitación aquel muchacho y su alarido resonó en todos los rincones de la estancia. Me pareció que la única salida pasaba por prometerle guardar el secreto, así que consentí.

—Lo prometo.

Acto seguido, Witten se puso en pie, abrió uno de sus cuadernos y comenzó a mostrarme recortes de periódico que fue coleccionando con el tiempo.

— ¿Recuerdas que hace unos meses te hablé de grandes cataclismos, de epidemias que irían surgiendo en lugares concretos de la tierra? ¿Recuerdas que te hablé de lunas ensangrentadas, de asteroides cercanos, de eclipses muy seguidos? Todo está escrito amigo mío.

Los recortes se fueron sucediendo. Las manos de Witten estaban temblorosas. Nunca había visto su cara tan demacrada y desencajada como en ese momento.

—Procedo de una estirpe muy poderosa que ha salvaguardado sus tesoros generación tras generación. Mis abuelos, mis padres y ahora yo, y antes de ellos todos mis antepasados, hemos vivido creyendo y defendiendo unos valores y unos conocimientos por los que ha muerto mucha gente. Algunos nos han considerado el brazo armado de los humanistas de Renacimaterra. Pero eso no es lo importante, muchos de mis familiares no han tenido ocasión de demostrar cuán profunda es su devoción por esta causa, pocos han tenido la oportunidad que yo voy a tener. Así que ya no hay duda, soy el elegido.

Permanecí en silencio, sin apartar mi mirada de aquel hombre, parecía totalmente inducido, rebasado por las circunstancias. Creía con fe ciega en todo lo que decía e incluso sentí miedo de hasta dónde sería capaz de llegar por comprometerse con su secreto.

—Este maldito cuadro —exclamó señalando hacia él— es la prueba fehaciente de que el Gran Arquitecto del Universo está en peligro, y no solo él, también nosotros.

— ¿Ese arquitecto del que hablas, es Dios? —pregunté muy inquietado.

—Puedes llamarlo como quieras, pero todo cuanto existe no es fruto de la casualidad.

Witten prosiguió su discurso, esta vez abriendo varios cuadernos y algún libro, los cuales me fue mostrando por sendos pasajes.

—En el Siglo VII d. C, familiares míos encontraron un libro negro en las inmediaciones de unas ruinas. Por aquel entonces no supieron interpretarlo. Le practicaron muchas pruebas, fue estudiado y analizado,  sometido a rituales durante varias noches, los informes sobre todo eso están recogidos en los «nomogramas». Todas las páginas de aquel libro eran negras, pero no estaban hechas de papel, como el lienzo de este cuadro. Esta negrura que ostenta no es pintura, ni su soporte, lienzo.

— ¿Qué es entonces? —inquirí en sintonía con sus explicaciones.

—Nadie lo sabe, aunque parece ser la tiniebla misma. La oscuridad, tan antigua como el primer espasmo de actividad cósmica pretendiendo solidificarse, ser materia, igual que la luz.

—La verdad es que no consigo comprender nada. Tenemos que marcharnos de aquí, alguien puede llegar en cualquier momento.

—La antimateria, la materia y energía oscuras son aspiraciones a ese propósito, intentos por sublimar la oscuridad, hacerla independiente y todo ¿para qué? Para liberar a los «wreckers» de su confinamiento.

— ¿Quiénes son los wreckers? —titubeé sin poder ocultar mi desconcierto.

— ¡Cuidado! Es mejor no decir su nombre. Los demoledores. Criaturas supradimensionales. Seres prelumínicos que ya existían antes del primer fotón de luz. La sombra de cualquier arquitecto. Unas criaturas que unidas son más poderosas que cualquier dios. Por eso el Gran Arquitecto del Universo los condenó a permanecer recluidos en las celdas más inexpugnables de la naturaleza, en el interior de lo que llamamos «agujeros negros». Ellos conocen todos los universos, los habitan en número increíble, en nuestra propia galaxia hay cientos de esos agujeros. Desde que fueron confinados buscan la manera de escapar de esa cárcel de energía. La comunidad humanista cree que el primer agujero negro de este universo comenzará a disolverse muy pronto, aunque será un proceso largo. Su naturaleza salvaje y destructiva les hará encontrarnos y entonces será demasiado tarde para todos. Aunque todo ese proceso de liberación puede acortarse merced a la estupidez humana.

— ¿A qué te refieres?

—Al Gran Colisionador de Hadrones que han construido en Suiza y empezará a funcionar en unos meses. Ese aparato es capaz de provocar un agujero negro que aun siendo de poca masa puede servir de salvoconducto a estas terribles fuerzas, puede convertirse en su guía hasta nuestro planeta. Pero vamos a impedirlo. Tenemos varias operaciones de sabotaje en marcha en las que trabajan cientos de personas. A mí particularmente me han encargado destruir este cuadro.

— ¿Destruirlo?

—Sí, pero no ahora. Cuando llegue el momento. La semana que viene llegarán los técnicos que van a analizarlo, mientras tanto nadie debe tocar este lienzo, para entonces tengo que haber averiguado todo lo posible sobre él y después, reducirlo a cenizas.

Aquella noche y después de cenar, estuve un buen rato dando vueltas a toda esa historia que Witten me había contado. Era un relato digno de mentes enfermas, inventar una historia tan fantástica para inocular el miedo a los fieles de una doctrina y así poder manejarlos; algo tan antiguo como el mundo. Llegué a preocuparme por la integridad física de Witten. Si detrás de todo esto había una logia secreta con fines macabros no podía acabar bien. Aunque a decir verdad, comenzó a preocuparme también cómo se tomarían los visitantes del museo la presencia de aquel cuadro.

Fui a la cama y dormí toda la noche de un tirón. No desperté sobresaltado, pero sin embargo, al amanecer recordé la parte final del sueño en el que estuve sumido durante mi descanso nocturno. Me encontré vagando por el universo, era una sensación placentera, no llevaba traje espacial, no pilotaba ninguna nave, flotaba y me alejaba más y más por los confines del espacio, sin problemas para respirar ni impulsores aparentes. Mi voluntad gobernaba mi velocidad y trayectoria, así que empecé a acelerar más y más en dirección a las desconocidas fronteras del universo. Alcancé la velocidad de la luz, la superé con creces y llegué a ese límite crítico donde el espacio-tiempo se dirige como una ola geométrica hacia una “no arena” a toda velocidad, y allí estaba yo, surfeando aquella ola y contemplando cómo debía ser la inmortalidad y los privilegios de un dios. Pero durante tantos millones de años el espacio-tiempo ha ido extendiéndose en todas direcciones, que ese estiramiento provocó que se rasgara profundamente su tejido por varias regiones simultáneamente. De aquellas brechas espacio-temporales emergió, con más velocidad si cabe, una Nada destructora que significó la aniquilación del universo; y todo, con la misma geometría omnipresente con que fue creado, se fue desvaneciendo.

Cuando llegué al museo, una gran afluencia de público se disgregaba por todas las colecciones. La cripta que contenía el cuadro negro estaba a rebosar de gente, me abrí paso entre la multitud para tratar de llegar hasta las inmediaciones de aquella extraña obra y vi que Witten había colocado una cinta roja para prohibir el paso de los visitantes y evitar así que pudieran tocarla. Hasta había unos carteles que mencionaban ese perímetro y advertían de su prohibición. No pude resistirme a conocer las opiniones de las personas que lo observaban y me acerqué de espaldas, disimuladamente a los grupos que se formaron a su alrededor.

—Sin duda es una obra de desbordante sencillez y sobriedad, pero no por ello ausente de complejidad,  puesto que tras la apabullante serenidad de la forma geométrica, la cual parece retarnos con su quietud al mirarla, se esconde toda la tradición del pensamiento occidental.

Personas con mayor erudición que otras, estudiantes, intelectuales, todos creían ver en ese cuadro una metáfora, una analogía interpretable que dependía de la experiencia vital de cada uno.

—Es una idea genial, —comentó una señora—, la ausencia de formas, colores y cuerpos, me induce a pensar que es el propio cuadro quien nos observa y somos nosotros la pintura.

Había personas que se inquietaban tanto al observar fijamente el cuadro que abandonaban rápidamente la sala. Otras, sencillamente no comentaban nada. A algunos les parecía una estupidez, un desperdicio de marco. Conforme el día transcurrió me di cuenta de que aquella obra era mucho más que un lienzo oscuro, mucho más de lo que podía parecer. Tomé nota de algunas opiniones y conformé, a lo largo de varios días, un pequeño bosquejo de ensayo sobre metafísica, filosofía y estética en torno a la simplicidad de las formas, la autonomía del arte,  la perfección geométrica de los cuerpos, la «no pintura», el grado cero  o   la síntesis extrema, temas que, de una u otra forma, inspiraba el cuadro. La influencia de aquel lienzo hacía que nuestras mentes se preguntaran sobre la búsqueda de Dios o la reorganización de los pensamientos y cómo esa nueva configuración mental podría ayudar al ser humano a concebir el orden del universo, la panspermia, lo no visto y supuesto, la cosmogonía.

Uno de esos días de apuntes de opiniones, un señor se acercó a mí y me preguntó:

—Disculpe ¿este cuadro es el famoso Cuadro negro de Malévich? ¿Por qué no hay ninguna referencia a la técnica empleada ni al autor?

Le contesté que no. No sabía qué más decirle. Malévich, pintor suprematista, expuso en 1915 un cuadro bajo el nombre de «cuadrado negro», también expuso el mismo año «círculo negro» y «cruz negra» aludiendo al universo y a ese conceptualismo todo/nada al que tanto se refería el público, pero las pinturas de Malévich eran láminas que poco o nada tenían que ver con el imponente rectángulo que aquí se exponía.

Un hindú que se presentó ante mí como matemático, me habló de la proporción áurea que contenía las dimensiones de aquel cuadro. Me explicó que si extraíamos un cuadrado con la medida del lado más corto del rectángulo, el rectángulo resultante también sería un rectángulo áureo y por tanto, un fractal y añadió que en ese tipo de cuerpos puede inscribirse una espiral dorada, o lo que es lo mismo, puede obtenerse una espiral logarítmica. El número dorado o divina proporción está asociado a la belleza y al universo, los grandes arquitectos de la historia basaron en él la construcción de templos y otras esculturas y además, dicha proporción está enormemente vinculada a la vida animal, vegetal y humana, así como también está imbricada a la danza cósmica de los cuerpos celestes.

La única tarde que Witten se ausentó de la sala recibí una llamada telefónica en la que me explicó, desde donde quiera que llamara, que aquel cuadro había aparecido justo en esa pared porque también obedecía el orden cronológico de las reliquias, es decir, que mucho más atrás en el tiempo de 3,3 millones de años, fecha que representa el conjunto de reliquias de «Lomekwi 3», ocurrió algo relacionado con el cuadro, algo que tuvo gran relevancia para la historia de la humanidad.

Todo un mundo de conocimiento se abrió ante mí. Cada día venía a mí un vestigio más que investigar. Una señora bastante voluminosa y repleta de alhajas me habló sobre el simbólico significado del pavimento de la sala. Ese tapiz ajedrezado en blanco y negro representaba para ella la dualidad entre el ser humano y lo material, un símbolo que correspondía al viejo tablero de los arquitectos dionisíacos. Pero cuando creí que ya lo había visto y escuchado todo sobre las interpretaciones posibles relativas al cuadro negro, ocurrió algo que erizó mi piel e inyectó una buena dosis de miedo en mi cerebro. Un niño que estaba sobre los hombros de su padre señaló en dirección al cuadro y le preguntó:

—Papá ¿de qué son esos tentáculos? ¿De un pulpo?

— ¿Qué tentáculos hijo mío? Ahí no hay nada —contestó el padre sonriendo.

—Ahí, ¡mira! ¡Ahora se mueven! —insistió nuevamente el pequeño señalando con su brazo, pero nadie hizo caso.

—Vámonos anda —concluyó el padre para impedir que el muchacho molestase a las demás personas con sus ocurrencias.

De repente, distinguí entre la multitud a Neil, documentalista y ayudante eventual del museo, quien al advertir mi presencia sonrió y se acercó a saludarme.

—Enhorabuena Frank, lleno absoluto, vais a amortizar muy pronto las reformas.

—Sí, eso parece.

— ¿Será posible? Un cuadro que surge de la nada. Ya no sabéis qué inventar para vender entradas.

Y se marchó murmurando. Witten, quien también se encontraba entre el gentío, se acercó y me susurro al oído.

—Lo haré esta noche.

Me fijé en su aspecto y se había rapado el pelo. Llevaba una boina destartalada en la cabeza y su apariencia era la de alguien de salud frágil. Me prometí a mí mismo no abandonarlo y acompañarlo esta noche para evitar que cometiese una tontería.

La noche cayó bituminosa sobre Londres. Amenazaba mal tiempo. No sabía si debía contar los planes de Witten a las autoridades, tampoco sabía si cuando dijo lo de «reducirlo a cenizas» se refería literalmente a prender fuego al maldito cuadro. En cualquier caso, aquel museo tenía un sistema antiincendios muy innovador. Al día siguiente, el grupo de científicos encargado de inspeccionar el cuadro arrojaría algo de luz al caso y despejaría muchas dudas.

Cogí mi abrigo, un paraguas y salí de casa con la esperanza de acabar con esto de una vez por todas. Ya en la pedanía al museo charlé animadamente con uno de los guardias, un pobre hombre viudo que echaba de menos a su mujer. Tras comentarme lo extraño en la actitud de Witten durante estos últimos días, permitió que accediese al recinto y dijo que hablaríamos a la salida. Jamás había visitado el museo por la noche. El sistema de iluminación producía un efecto siniestro que sobrecogía, más si tenemos en cuenta que allí expuestas había armas que fueron utilizadas en guerras, momias y seres disecados. Encogí mis hombros y abroché un botón más de mi abrigo. Fui atravesando salas y pasillos hasta dar con la puerta de la cripta, estaba entreabierta, parecía que en su interior no estaba la luz encendida, así que accioné el interruptor desde fuera, pero al parecer no funcionaba. Todo estaba silencioso. Entré en la sala con sigilo y descubrí algo que, de no ser porque esperaba encontrar a Witten frente al cuadro, me hubiese hecho salir corriendo. Una especie de manto eléctrico fosforescente, translúcido, se aglutinaba y ondulaba por el suelo, una capa de medio metro de grosor que centelleaba, se extendía y componía una especie de red nebulosa o neuronal. Cuando quise darme cuenta, di unos pasos hacia el frente y mis piernas ya estaban rodeadas de esa cosa incandescente. De momento no noté ningún efecto, así que seguí caminando lentamente mientras grité el nombre de Witten por si podía escucharme.

— ¡Witten! ¡Witten!

Un fulgor verdoso, mucho más potente, parecía provenir de la otra parte de la sala, justo en la dirección del cuadro. Caminé lo más deprisa que pude, mi respiración se entrecortaba, Witten no respondía a mi llamada. Conforme más me acercaba a la esquina que dividía la estancia en dos alas, advertí que el pavimento se deformó levemente, las líneas rectas se curvaron ante mis ojos, pero caminé con decisión observando a todas partes; cuando llegué a la esquina volví mi mirada en dirección al cuadro y lo que vi fue algo capaz de arrastrar a cualquier mente a la locura. Aquella lengua de plasma se espesó y aumentó su brillo, se extendió por todo lo observable y extraordinariamente emergía del propio cuadro. Aquella niebla procedía del interior más profundo de aquella obra macabra, un interior que parecía no tener límites. Quise abandonar inmediatamente aquel lugar, pero desgraciadamente descubrí que Witten permanecía sin sentido y desnudo sobre un círculo dibujado en el suelo y rodeado por antorchas de fuego. Por un momento pensé que estaba muerto. La niebla no se adentraba en aquel perímetro circular que parecía haber sido trazado como protección para la celebración de un ritual, así que decidí llegar hasta él y tatar de reanimarle, era lo menos que podía hacer. Luché con todas mis fuerzas contra ese flujo que parecía provenir de un núcleo electromagnético, aquella niebla se fortificaba y la sentía a cada paso más y más espesa. Cuando alcancé a Witten, vi con claridad que en mitad de su cráneo tenía una enorme cicatriz que había sido costurada hace muy poco, tal vez por eso se rasuró el cabello. Su cuerpo, además de tatuajes, estaba lleno de espantosos cortes, heridas profundas y sangrantes que de no haberlo matado ya, acabarían con él muy pronto. Me arrojé sobre su cuerpo entumecido y lo abofeteé, lo agité y grité su nombre varias veces. Por suerte volvió en sí y pudimos intercambiar unas palabras.

—No sé lo que está pasando pero tenemos que irnos de aquí enseguida, —increpé al muchacho mientras le ayudaba a incorporarse y le tiraba del brazo.

—No. No puedo marcharme. Tengo una idea mejor. Vente conmigo. Seremos los primeros humanos en ser testigos de algo tan extraordinario.

— ¿Pero qué dices? ¿No te das cuenta de que alguien está tratando de manipularte? ¿Ir a dónde? Hace unos días pensabas en destruirlo. Esto ha llegado muy lejos. ¿Y si estás inducido por esas criaturas?

—Creo que ellos te han elegido a ti también querido amigo.

En ese instante, sombras extrañas se movieron entre la negrura de aquel cuadro y alaridos desgarradores surgieron de aquel hueco como si se tratara de una sima infernal.

— ¡Salgamos de aquí ahora mismo!

— ¡No! Los humanistas me han implantado un nanorrobot en el cerebro, un preciso elemento conectado a la red, cualquier cosa que piense, que me ocurra o perciba será captada por esa maravilla experimental y enviada en tiempo real a los ingenieros de Renacimaterra. ¡Entremos! ¡Entremos los dos ahora mismo en el cuadro!

— ¡No! ¡Estás loco! ¡Con esa actitud solo encontrarás la muerte!

— ¡¿Acaso no has tenido pesadillas estos días?! ¡¿No has encontrado nada últimamente?!

Aquellas palabras junto a la mirada enloquecida de Witten me hicieron recordar aquella antigua moneda que encontré y que todavía llevaba en el bolsillo.

— ¡Ven conmigo y seremos inmortales!

Witten me agarró con fuerza por la pechera, forcejeamos y los dos acabamos fuera de aquel círculo. Al instante noté que las fuerzas de marea de aquella sémola eléctrica tiraban de mí en dirección al cuadro. Witten caminaba decidido hacia ese umbral oscuro, los alaridos eran cada vez más ensordecedores. Me sentí perdido, pensé que había llegado mi hora, así que hice un último esfuerzo por tratar de llegar al círculo de fuego, mis piernas temblaron y sintieron enroscarse en ellas tentáculos energéticos. Decidí jugármelo todo a una carta y salté con todas mis fuerzas. Tuve la fortuna de conseguir agarrarme a una de las antorchas. Witten ya se encaramaba al borde del cuadro. Tomé aquella antorcha por su extremo y la blandí como una espada para abrirme paso entre la niebla. Corrí tan rápido como pude. Al llegar a la esquina volví la mirada y contemplé cómo Witten ya caminaba por el interior del cuadro en dirección al fondo. El vórtice de luz era cegador. Pero no dudé en seguir corriendo hasta llegar a la puerta y una vez salí de aquella terrible cripta cerré la puerta con fuerza. Apoyé mi espalda en la pared, llevé mis manos al rostro y comencé a llorar. Entonces escuché el grito de horror de aquel pobre muchacho, un estertor de muerte como si estuviese siendo devorado por una bestia de aspecto inenarrable. Grité y me deslicé por aquella pared hasta el suelo, en ese momento llegaron varios guardias alertados por los gritos, mi estado era tal que obviaron preguntarme nada. Uno de ellos se quedó a mi lado, yo era incapaz de articular palabra. Solo alcancé a señalarles la puerta de la cripta y sin más dilación tres hombres entraron en ella. A los pocos segundos salieron y dijeron que no encontraron nada ni a nadie. Absorto ante tales afirmaciones traté de incorporarme y comprobar por mí mismo si aquel testimonio era cierto. Entré de nuevo en la cripta, los focos ya funcionaban, no se escuchaban gritos y tampoco había rastro de la niebla eléctrica, parecía que aquella maldición había desaparecido como por encanto. Les dije a los guardias que me acompañaran y decidí llegar hasta la esquina desde donde era posible ver el resto de la sala. Una vez allí, comprobé que las antorchas habían desaparecido, no había ningún círculo dibujado en el suelo, Witten se había esfumado, pero también el famoso cuadro.

***

19 de abril de 2051, Tucson, Arizona.

— ¡Dios mío! Es una historia terrible. Debiste pasarlo fatal.

—Así es hijo mío. Peor que eso.

— ¿Y qué ocurrió después?

— Días después, y para tratar de desalentar a numerosos visitantes del museo que todavía pretendían ver el cuadro, se publicó falsamente una noticia: un excéntrico millonario compró la obra para que formase parte de su colección privada y por petición expresa del comprador su identidad debía permanecer en el anonimato.

— ¿Estás seguro de que no fue un sueño? ¿Guardaste alguna prueba? ¿Alguna evidencia?

Frank pensó unos segundos mientras se rascaba la barbilla y entornaba los ojos.

—Creo que guardo el recorte de prensa de aquella falsa noticia. Abre aquel cajón y dame una caja metálica de color gris.

Steven hizo lo que su abuelo le ordenó, pero no encontraron aquel recorte. Buscaron por toda la casa, lo revolvieron todo hasta que lo dejaron por imposible.

— ¿Y qué me dices de aquella piedra extraña que encontraste? ¿Todavía la conservas?

El rictus de Frank cambió en un segundo.

—Con el tiempo, llegué a pensar que aquella piedra estaba relacionada con el cuadro. Intuí que en vez de una piedra, podría haberse tratado de un sello; incluso tenía un rectángulo tallado en una de sus caras. Ante la duda, me decidí una tarde y la arrojé al río. Todos estos años me he esforzado en olvidar aquel pasaje de mi vida así como todo lo relacionado a él.

En ese momento, en la pantalla, apareció la parte final de la entrevista al candidato Gore Wilkinson.

— ¡Mira! La entrevista a Wilkinson de la que te hablaba.

—Escuchémosle un segundo, quiero saber qué dice.

Y ambos se acercaron a la pantalla y guardaron silencio.

—Y ya para finalizar, señor Wilkinson, ¿qué mensaje enviaría a esos votantes indecisos que al final de todo, son los capaces de desequilibrar la balanza?

—Me alegra mucho que me formule esa pregunta. Por supuesto que es importante el voto de cualquier ciudadano americano, esté seguro de a quién votar o no. A aquellos que no confían en nadie yo abro mis brazos y les ofrezco mi confianza. A aquellos que se sienten inseguros yo prometo seguridad. A los que quieren cambiar el mundo, a los que están hartos de promesas falsas, a todos ellos les diría: «venid conmigo y seremos invencibles».

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«Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos y las tinieblas cubrían el abismo; y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Dios dijo: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas; y llamó a la luz día, y a las tinieblas noche».

Génesis (1, 19)

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[1] Pequeñas esculturas de cronolito: estado efímero y material del tiempo, maleable, frío e imposible de fotografiar. En su estado original su poder de conservación es aproximadamente de un año, y una vez manipulado se desvanece en unas horas.

[2] Era usual que los apartamentos ubicados en complejos urbanísticos de alta jerarquía estuviesen dotados de kinedomótica, una de las vanguardias de moda, ya que los usuarios, utilizando únicamente el poder de la mente eran capaces de activar los mecanismos de sus casas inteligentes.

[3] La única escultura propiamente dicha que había en el museo era la de Charles Darwin, sentado, presidiendo el conjunto de exposiciones.

Fue publicado en una antología de varios autores como homenaje a H. P. Lovecraft titulada “Herederos de Cthulhu” (Kokapeli, 2016).