Gustavo Alatorre | Epístolas Mayores o el Libro de la Oscuridad

Gustavo Alatorre (Ciudad de México, 1979). Escritor y profesor de Lengua y Literatura. Tiene publicados los libros de poesía Oscura prosa de vulgar latín (2017), Epístolas Mayores o el Libro de la Oscuridad (2015), Nueve Nocturnos para que duerma Lesbia (2014) y Guardar el Infierno (2009).

______Su poesía ha merecido algunas distinciones como son el Premio de poesía Décima Muerte, en 2005 y 2012, convocado por la Universidad Nacional Autónoma de México; el Premio de poesía XLVII Juegos Florales Universitarios: Raúl Rosas Cansino, convocados por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en 2008; el  Primer lugar en el Tornero de Poesía Adversario en el Cuadrilátero (campeón de campeones) en 2016, convocado por la Editorial Versodestierro; y el segundo lugar en el premio de  Ensayo Punto de Partida 2015. convocado por la UNAM en 2015. Su trabajo poético ha aparecido en diversas revistas nacionales e internacionales y traducido al italiano, al francés y al inglés. Organiza desde hace más de 12 años el Encuentro Nacional de Poesía Max Rojas CDMX.

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Eneas:

En este sueño yo despierto sin ti. La mañana que gobierna es un barco al que lleva un helado viento por la costa, un viento que golpea mis ojos y los desangra como un dolor que me espina la ropa y el costado. La gente, el rostro de la gente se ha caído. Se acercan a mis brazos y se unen a la puesta del sol para apagarlo y dejarme a oscuras. Para buscarte, ando ciego y herido, Eneas.
La luna no me alcanza, la tarde con las nubes de cedro no me llevan a ti, no construyen la carpintería de tus huesos, el calcio del niño que fuiste.
Oigo tu llanto pero no te encuentro, Eneas. El día me ha dejado, ya lo ves, solo, oscuro y proscrito.

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Eneas:

Hoy ha pasado el viento derrumbando trenes y viejas estaciones donde el niño que fuiste agoniza, hoy ha venido el viento y la nostalgia de tu hermana ha coloreado el sol y lo ha pintado triste, como una fiera compañía de sueños, como un tigrillo a punto de morirse calcinado. Cómo pesa el abismo de revisar las fotos que dejaste, da miedo otear el rostro acompañado del espejo, asomarse a la ventana y ver que el día existe, que existen las nubes, que los colores de la tierra y que tus ojos no volverán a ver mi rostro.

Me subo al tren del abandono y un hombre, carcelero de mi cuerpo, me despierta: hay que enterrarte, Eneas, hay que dar pasto de nostalgia y rabia de belleza a muchas flores. Hay que tomarte de la mano, hay que enseñarte el río de los nombres, las aves que ya no viste, el cielo y el sostenido astro,

el corazón que no sentiste de esta tierra.

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Eneas:

No debería de ser, pero a veces, también, los hijos son enterrados por los padres. Algo como demencia les abotona la espalda y los vuelve curvos y enfermos, piedras o anclas de un barco que se naufraga así mismo ahorcado sobre la calma o la tempestad.

La tristeza del tigre se vuelve arcilla del campo. Y las ciudades florecen porque las flores alcanzan pronto la edad del muerto y no debería de ser, pero a veces, también, alguna fauna previene aquella oscura tormenta: salen de su letargo orquídeas, fantasmas, anémonas impresionantes, débiles girasoles que han calcinado el sol entre sus hojas.

Pero lo triste, Eneas,  es la velocidad de la alondra, su manera de augurio en la ventana,
el grito, casi humano, a unos instantes, de chocar
y corromperlo todo.

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Eneas:

En tus pulmones crecen flores y ángeles terrenales bailan contigo la canción de los niños ciegos. Algunos de ellos padecen de algo que en mi mundo, Eneas, no tendría cura. El cáncer les otorgó el imperio de la noche para olvidar la luz de la química blanca; y el sueño, la flor amarga de los laboratorios, la pestilente forma de la palabra farmacia.

En este prado de lluvia reinas sobre la fauna. Vuelas desnudo y dulce como un tigre que caza y finge su muerte para otra resurrección, para otro camino abierto sobre noviembre y cinco treinta.

Te dieron el corazón más grande, Eneas, para espantar a la muerte,
para dormir con ella, para soñar un mundo quemado por las flores.

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Alejandra:

Platicas con tu hermano difunto y dejas abierto el día para que llueva. Tus ojos ven lo que nosotros no vemos:
un tigre hermoso que dora contigo la tarde y te hace de ángel
para las bestias del mundo, para los crueles remolinos del tiempo, para las cosas sencillas y desgraciadas.

Tus labios oyen
lo que ese tigre contesta.

Lo que se gruñe del otro lado del río, lo que la fronda y las mariposas ocultan a las orejas de los mortales, a las cinturas calizas de los barrancos, a los ojos cerrados y oscuros del que no mira nada.

Tu risa es, para el tigre, una pradera enorme.
Un invisible manto donde se duerme y te acompaña.
Donde te sigue por los caminos, donde te sirve de ángel – ya lo sabes –
para las bestias del mundo.

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Del libro Epístolas Mayores o el Libro de la Oscuridad, Versodestierro, 2015