Poesía española contemporánea – Francisco Caro | Por José Luis Morante

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Francisco Caro(Piedrabuena -Ciudad Real- 1947), poeta y profesor de Historia, es autor de un buen número de libros de poesía y habitual colaborador en prensa. Mantiene el blog Mientras la luz. Su obra publicada comprende los títulos Salvo de ti (2006), Mientras la luz ( 2007), Las sílabas de noche (2008), Lecciones de cosas (2008), Calygrafías (2009), Desnudo de Pronombre (2009), Cuaderno de Boccaccio (2010), Paisaje (en tercera persona) (2010); Cuerpo, casa partida (2014)  Plural de sed (2015), Locus Poetarum (2017), El oficio del hombre que respira (2017) y Este nueve de enero. Antología poética, Editorial Lastura, 2019). Algunos de los libros anteriores han sido reconocidos con los premios Leonor, Jovellanos, González de Lama o José Hierro. Ha firmado colaboraciones en abundantes revistas literarias como Cuadernos del Matemático, La hoja azul en blanco, Imán o Barcarola.

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PAISAJES INTERIORES

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En un intervalo temporal de poco más de una década, Francisco Caro ha ido desgranado títulos de una poesía al lado de lo vivido, que postula poemas en los que bulle el latido de la temporalidad. Con elocuente intensidad se muestran temas con un hondo sustrato reflexivo en los que profundiza sobre el sesgo crepuscular de los sentimientos, la intensidad de las percepciones o los precisos contornos de una realidad siempre definida por la contingencia que confía en los efectos restauradores de la palabra.

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JOSÉ LUIS MORANTE

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1

El viaje sin excusa

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Porque vivir es esto,
un viaje sin excusa,
un reto de distancias, nunca quise
ser transeúnte roto en sus caminos.

Sabedor de sus túneles y alfombras,
de sus bifurcaciones,
de sus tretas gordianas, de que nunca decreta
cárcel para los buitres ni da salvoconductos,
hice largo el trayecto, pero rumor mis pasos.

De cada recorrido guardo
el polvo de la marcha,
el sol con que se guían los audaces
y la plata encendida de las cumbres,
no recelo
de veranos con nieve,
de crepúsculos pálidos,
de posadas con voces clandestinas, sigo
poniendo nombres
al fracaso de algún ayer intruso,
a las aves y encinas que me cruzan,
a los patios del sueño,
y escribo, si me deja, de sus provocaciones,
de sus enemistades,
del amor junto a los acantilados.

Aún espero a Borges
en las noches de tregua y estrelladas,
no pregunto a quien pasa,
no respondo.

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2

Han de cambiar las cosas

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No hay retorno posible.

Amé tu cuerpo leve,
casi abandono,
mirada umbral, celosas cirugías,
fuegos que procuramos.

No hay retorno posible.

Desde entonces,
no sé vivir: escribo,
tu cuerpo fue lenguaje,
y en el lenguaje hallé
mi única vigilia,
mi última conciencia

nunca cuento los días, vivo
con sed de anacoreta,
apenas sin acción,
soy todo cuanto callo.

A veces me confieso:
el mundo es de los otros,
yo espero lo inasible,
los aires del consuelo,
la secreta
belleza que contiene lo inexacto.

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3

Desde  el  ciprés

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El sol cede y escribo.

Desde la mesa he visto
en tropel, diminutos,
acudir los gorriones
al árbol donde guardan,
cómplices del instante,
de la luz como rito,
el cansancio del día
no impide su canción.

Va la tarde al secreto
y yo mientras escribo.

Con el lápiz pretendo
dibujar en la hoja
donde crece el poema 
el amparo, la forma,
la sombra del ciprés.

No deseo añadir
oscuro a las palabras
que acudieron, pequeñas,
para salvarme sino
que sepan del milagro, 
que en el papel escuchen
un revuelo y un canto
como el que escucho yo.

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4

La visita del ángel

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Ahora que es octubre
y su provocación

ahora que se amagan y tiñen por costumbre
de abandono las voces,
y el calor, ya sin fuerza,
va llenando de huecos cuanto amamos

ahora que su gesto
(aunque aún quede lejos la piedad
por este cuerpo al sur que me soporta)
levanta en él ambiguas
señales que iluminan y confunden

ahora que las noches nos ofrecen
envueltos en las sedas del deseo
futuros alacranes,
y una tristeza tímida
no impide que revienten, como antiguo,
de pétalos las sábanas

ahora es cuando viene
con dejadez de cera,
sigiloso hasta el patio atardecido,
a mi febril sosiego… y habla

y habla conmigo el ángel
muy despaciosamente, el ángel turbio
de la melancolía.

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              (Del libro El oficio del hombre que respira

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V

Aquel cielo del charco

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Y aquel andar,  
y aquella tarde lluvia del día 28,
de tan extraña,
de tan escasa luz.    

Andábamos descalzos de certezas,
volvíamos de un tiempo al otro lado  
del agua y de las cosas,
sin pausas acordadas
y entre olivos,
sin edad ni alimentos,
vestidos con el hambre
de lo que no germina, nos sentíamos  
tan solamente dos supervivientes,
dos inhábiles seres.

Hace tiempo que callas,
dije,
y el aire se hizo hueco entre nosotros,
caminábamos
lo que llaman regreso.

Siento el poema
como una delación, me respondiste.

 

(Inédito)

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