Alberto Edel Morales Fuentes | Poesía de Cuba

Alberto Edel Morales Fuentes (Cabaiguán, Cuba, 1961). Poeta, narrador y gestor cultural. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía: Viendo los autos pasar hacia Occidente; Lejos de la corriente; Otro color, otras figuras geométricas; Pájaros en la pantalla; La libertad infinita; El juego de la memoria; y La claridad de los trópicos.

Como narrador ha dado a conocer el testimonio Los pies en la tierra y la novela Un byte de adolescencia (Que te vuelva a encontrar. Primera temporada). Su poesía ha sido traducida a varios idiomas. Artículos, entrevistas y textos de ficción aparecen en antologías, publicaciones periódicas y sitios digitales de la isla y de otros países. Ha impartido conferencias y realizado lecturas en instituciones culturales y académicas de América y Europa.

Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Le fue conferida la Distinción Por la Cultura Cubana. Fundador de la revista de literatura y libros La Letra del Escriba y del Centro Cultural Dulce María Loynaz de La Habana.

EL LARGO JUEVES

 

T
O
D
O
el largo jueves
en tertulias por El Vedado;
luego, pasar a verte
—es posible, el jueves, ya tarde,
pasar a verte— es posible,
un beso, un gran beso en la boca morbosa,
el jueves —una hora de jueves,
para arreglar el mundo—

(siempre)

antes de
la noche larga
el largo día pretencioso y mísero

(siempre)

arreglar el mundo,
construir un Jardín, un parlamento bonito
en tertulias por El Vedado
—misión imposible—

(siempre)

la tarde viciada,
la trilzura achicada de la tarde
en el largo jueves de pasar a verte
a una hora ajustada

(siempre)

con el sabor del café en los labios
con el limpio aroma de las muchachas en flor
que llega y se instala
y que también se extingue

(siempre)

LOS GRANDES HOMBRES HAN COMENZADO A MORIR

 

Eliseo Diego ha muerto,
y Charles Bukowski,
lo supe ayer.

En las tiendas arrasadas
y en los portales sucios de la Manzana
las mujeres siguieron haciendo compras todo el año,
pero se veían un poco más tristes ahora.
Y en el Parque Central los borrachos de las seis
las mirábamos con hambre vieja
y los niños pateaban molestos las aceras,
antes de trepar en grupo
hacia el pecho
de un José Martí
estatuario y cabizbajo.

Durante meses se respiró peor que nunca en La Habana.

Y aunque nadie allí atravesó un espejo
ni escribió en ninguna parte
(1920-1994), estos son los días de tu vida,
sí advertimos que la Poesía
se tambaleaba indecisa
entre la oscuridad y la luz,
entre el Paraíso y el Infierno.

Como en las películas manchadas de aquel verano tórrido
—Cinemateca de Cuba, salita del Nacional, Teatro Payret,
viajes de mi nostalgia por las antiguas imágenes—
los grandes hombres dan un traspié
y terminan arañando el piso.

Eliseo Diego ha muerto,
y Charles Bukowski,
lo supe ayer
mientras mi boca mordía impaciente
los restos
de un helado de agua
y esperaba el ómnibus bajo los árboles del Parque Central.

Los grandes hombres han comenzado a morir.

CÚBRETE

 

He visto esos rostros golpeados /más de una vez.
Las manos (rigurosas) que saltan, las mejillas
(izquierda y derecha) tumefactas, suspendidas
de asombro entre el dolor y la cruda palidez
de quien viene a matar y morir: esa adustez
insana del que persigue /a un cuerpo que escapa.
He visto en los rostros (las manos) que un ojo abarca
antes de ser golpeado, la rabia /y viceversa:
fue mío el grito (cambié) la voz, con la crudeza
suicida del condenado /que ya nada aguarda.

Para Juana García Abás y José Luis Fariñas,
con el rigor de los acertijos.

LA MASA AL FUEGO

 

No para que el pan retome calentura, sino para raspar su corrupción, vamos con la masa al fuego. El sartén por el mango y en la mano libre, el producto (normado) de una extraña evolución. Derivaciones que promueven el calor del trópico, la hornilla donde amarillea el gas de balita y la lluvia inclemente que no cesa de caer en el país.

En contextos así, la vida se ralentiza, se ve en perspectiva. En las cuerdas de un futuro azaroso, el presente enlaza su ocurrencia perpetua y elige un pasado a la medida. Los amigos pasan tiempo juntos, moviendo fichas sobre una mesa (tangible), y la familia escucha la radio, conversa sin apuros, toma el sartén por el mango.

Vamos con la masa al fuego, entre el desastre nacional y la crisis del sistema, en una continuidad de voces que se mueven por los (severos) vericuetos de las fuentes de energía y las ciencias del hombre, entre el Diario del Almirante, El fin del imperio americano, y los ambientes futuristas del cambio climático.

Con un ojo en el cristal precintado y la palabra (fácil) de quien sabe lo que sabe, mi mujer y yo evaluamos desde la mesa la tensión de esa llama que parpadea en la cocina, comprobamos lo que queda de gas en la balita, y vamos con la masa al fuego.

En su versión de ojo con alas, el viento del Caribe azota (duro) las ventanas y arrasa las ramas altas en los árboles del patio.