Daniel Duarte de la Vega | Poesía de Cuba

Daniel Duarte de la Vega (Bejucal, 1983) Poeta. Cursó estudios en el ISPEAJE “Alfredo Zaldívar Pineda”, graduándose con una tesis sobre el desarrollo de habilidades comunicativas a través del estudio y debate de los clásicos de la Poesía Hispanoamericana. Ha sido incluido en las antologías: El Árbol en la Cumbre, Sinfonía Visible y en Estos poetas del milenio, publicada en Miami a principios de 2015, como también en otras. Poemas suyos han sido publicados en revistas nacionales y extranjeras. Obtuvo mención en el Calendario (2017) y David (2017 y 2018); además de resultar ganador en el Pinos Nuevos (2018) con un volumen titulado Telar, el cual será publicado próximamente por la editorial Letras Cubanas. Recibe el accésit en el Feliz Pita Rodríguez (2017) y  resultó ganador del premio Calendario (2019) con su libro Las Transiciones, el cual verá la luz próximamente por la Casa Editora Abril. Es miembro de la AHS.

(Edison)

 

ávidos ya de ser ―un mosaico tras otro―
y después admitidos por esa flor biliosa;
esa flor apacible.
deslizada la res por el rasguño,
dejando siempre un cáliz para sobrevivir;
obedeciendo sí, o bien envejeciendo.


cesa la ola seca en su halo de calma,

―el júbilo reniega de su antiguo montículo―,
se tambalea aún, puede incluso omitirse.
tanto es así que esplende la pradera de Nuz,
regresa el mons-truoso, y no vayas tan lejos,
a revelar el eco (fíjate bien): «el velo del enigma».

pero, ¿y lo imprescindible: la piel, el ave siria,
el hijo del guerrero?
nunca conseguirá el guerrero que lo dejen en paz.
inclinándose (incluso), brotará de su frente
un mosaico tras otro y al mismo tiempo un ritmo.
¿será por ese corte que los pájaros vuelven?
¿será por esa forma de aproximarse el aire
al mismo tiempo cólera y perfume?

 

no lo quieras saber, como nunca supimos
del cálculo de Poe (ni de ciertas contiendas)
como nunca supimos de la nada;
embiste levemente contra la arquitectura,
contra el desprendimiento sí, ¡embiste los depósitos!
―hasta que se diluya ese halo de calma―.

 

fíjate bien entonces dejando siempre un cáliz,
¡verás cómo florece la pradera de Nuz!

 

 

(oportet)

 

inestable la risa vino a depositar su fe sobre Venecia
―un exceso de Pound de Cummings lo delata―,
y entre la risa y tú ni una sola palabra.
uno debe arriesgarse dije, oprimir las naranjas
carnosas del verano hasta lo impronunciable
(o bien alucinarlas),
dejar siempre un espacio para que el agua filtre
sin ese miedo absurdo ―que las góndolas pasen―;
uno debe ponerse en su lugar.
pero ¡ay! lo que se dice, y se lleva a buen término
por caminos tal vez equivocados:
la palabra «nenúfar» perdida entre dos aguas
o la palabra misma perdida entre dos cuerpos.

inestable la risa vino a depositar su fe sobre Venecia,
los círculos baldíos que alguna vez se unieron
para contradecirnos dije, para purificarnos,
que pueda uno reírse sin ese miedo absurdo
la veladura, el fiasco: su preciso detalle,
―que un exceso de Pound de Cummings nos delate―.

ofrecer de repente, ante la transparencia unívoca del agua,
y desaparecer.

(Philippe Sollers)

 

era la voluntad del sastre: tejer bajo la tela
una espiral francesa,
darle a la tela tiempo (para que se despliegue)
para que la espiral engendre más que nada su música.
era casi el sonido de una revelación:
confeccionar un traje donde el vocabulario fuese
no solo otro argumento, otra red deslizada
y en medio de la red su resistencia.

todo se reducía a esto de una forma o de muchas
(«tejer bajo la tela»): confeccionar un traje
donde lo imperceptible igual se manifieste,
ir pues acumulando centavo tras centavo
―diminuta palabra sobre la cual estalla
en un gesto de amor el movimiento―.
vimos como llovía bajo alarmas textiles,
rozamos la inocencia que sin embargo
a solas entristece; «fuimos más que la dicha
toda la intensidad posible».

desde su voluntad, el sastre, se nos fue convirtiendo
en un músculo más.