José Miguel Gómez Cruz | Poesía Cubana

José Miguel Gómez Cruz (Cienfuegos, Cuba, 1973). Es Licenciado en Letras, poeta, narrador y editor. Entre sus poemarios publicados están La puerta blanca (2000), Los ritmos blancos (2001), La saga del señor E. Pérez o Del ridículo imprevisto (2006), El día que vendimos todos los limones (2012) y Los días blancos (2019) con los que ha obtenido varios premios nacionales.

Ha seleccionado y publicado las antologías de autor Poesía escogida de Michel Martín Pérez (2015) y De pie sobre la hierba. Antología poética de José Ramón Muñiz (2018). Cuentos y poemas suyos aparecen en varias selecciones como Liminar. Narrativa cienfueguera (1999), Los Parques. Jóvenes poetas cubanos (2001), Como el aire en las orejas. Narradores en Cienfuegos (2004), La isla en versos (2011), El manto de mi virtud. Poesía cubana y uruguaya del siglo XXI (2011) y El libro verde. Festival internacional de poesía de La Habana (2011).

Algunos de sus textos han sido musicalizados por cantautores cubanos. Sus artículos de crítica literaria, así como una variada muestra de su poesía, se pueden consultar en revistas y publicaciones seriadas de Cuba y otros países. Reside en Guadalajara, Jalisco.

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La luz audible
fija el mar en las ropas al viento,
hilos del cielo hasta los ojos
donde crecen
los colores agitados de la nada.
Por ellos sigo mi camino,
por ellos al camino llegué.

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TOCAMOS RUIDOS

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Las manos, cortas bajo el cielo,
son aire y sus edades bajo el cielo
donde la sombra dividida adelanta
el dividido espacio de dudar.
Podría ser mía una cosa blanca,
dos cosas incluso,
con muertes de cielo en su albor.
Mil noches y el silencio ante mil mares
no han sido una dicha imperdonable,
ni un árbol en el alma, ni otra piel.
No sé,
es probable que el amor me mueva,
que la indiferencia crezca en mí
como la suave sed o una habilidad.
Ella se irá por ciertas cosas para siempre
y la claridad nublada de la luna
pasará diestramente sobre nada.

Los ruidos que la tarde apacienta y calma
la hacen vil y siempre fue así.
De las casas no miradas salen vivos
los cuerpos modernos que la mañana toca
como a la cigüeña, la torre y el dolor.
No sé,
es probable que avance porque avanzo
o porque el frío en el corazón
o porque suelo apartarme ostensiblemente.
La marea y la historia me imitan extrañadas.
También las aves vivas se mueren,
también pasan, como piedras extendidas,
en este cielo de la tarde.

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DISPERSIÓN DEL CIERVO

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Los labios latentes en los labios
del ciervo que las sombras urden
callan desiguales
los centros continuos de la noche.

La delgadez del agua lo devuelve.

Frialdad de mar sobre la tierra estrecha,
serpiente del cielo de la tierra
el río en el hilo de la oscuridad.
Plantas en el devenir cimbradas
a las algas heladas de la noche
las ordenó el ciervo cuando oía
romper los pasos desesperadamente
donde igual a él la sombra se miraba.

Los centros, espejos, lo prolongan,
desvían su afinada enormidad.
La nocta lujuria lo reanuda
una y otra y todas las veces que no quiere.
Su historia es también historia de salvación.

Tocados filos en la luz de invierno
sobre  las hojas oscuras definidas
dispersó el ciervo su res.
El ciervo oscuro igual, de fina luna,
y ojos redondos de olvidar la huida.

Como la distancia herida en el camino
el agua móvil cede ante la soledad.
El ciervo era él y era
el ubicuo silencio de los árboles
orillado al vicio de la noche
que reconoce el agua caída al agua
como la novia el humo en la sortija.

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DEJAR LA ROSA SOBRE LA GRADA FRÍA

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No moverla. Dejarla donde estaba.
Dejar la rosa sobre la grada fría.
La vimos no temblar bajo la luna,
tocada por las manos que no había.
Dejarla sombra entre las sombras sola,
como un pliegue de Dios sobre la piedra.
Los golpes vastos de la luz, la alejan.
Cerrar los ojos, cerrarlos mientras pueda.

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EL IRREAL BARÓN EUGENIO DEMOSTRABA

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Coloreadas las manos
el irreal barón Eugenio demostraba
cómo resumir la aversión y la noche con un gesto.
La luz reanudaba copiosamente la ventana
donde el barón ponía
las manos y el concurso tercamente,
quizás a morir.
Por las noches el barón no se atreve,
su industria es limitada por el sol.
Por eso al mediodía explica significativamente,
coloreadas las manos,
de que viven el hombre y la soledad.
Es en la ventana
donde pone extremos de su cuerpo
como golpes alineados en la sal.
Es en la ventana y no en la sombra
ni en el hijo
ni en los donados colores de los ojos que lo apostrofan.

Eugenio escasea, existe,
se le quiere un poco más al alba.
Pone la vida a la luz vegetal del silencio
como las aves torpes de los patios
y la lógica africana de los colores de Klee.
Pero es su nombre pocas veces suyo,
una antonomasia descuidada lo maltrata
y le hace explicar y explicar con gran significado
sin notar la gloria demorada
de ser rápido y único
como al atardecer la rapidez.

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ME BUSCAN, NO ME BUSCAN

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De pronto hay en la vigilia voces altas
y cráteres de agua en la cisterna
y peces que rayan el silencio
con una olita frágil y siniestra.
Me buscan, no me buscan,
esa violencia activa no me
involucra ni altera
a pesar de ser en mí que se detiene.
Cae la oscuridad
por los dístomos bordes del estanque.
Se acercan las voces, un espacio interior,
más alto cada vez ajan y defienden
pero no puedo hacer nada:
no se dirigen a mí
y no puedo voltearme impredecible.
Un muñeco de unos trapos enormes
toca la piel de los árboles gritando.
Miro desde muy alto
cómo cambia su cuerpo de lugar.
Miro su voz
como a bombas que se riegan silenciosas.
A un paso de la ventana permanezco, invisible.