Poesía española contemporánea: José Luna Borge | Por José Luis Morante

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José Luna Borge (Sahagún, León, 1952). Escritor plural, desde 1980 vive en Sevilla donde ha forjado un amplio trayecto escritural. Entre sus libros de poemas están  Las buenas costumbres (1989), Desconocidos (1997), Poemas y notas (1999), Los días inciertos (2003) y, su última entrega hasta la fecha,  Reloj de melancólicos (2017). Como ensayista ha firmado ediciones, estudios y ensayos críticos como  La Generación poética del 70 (1991), Bazar de lecturas (1999), La obra literaria de Víctor Botas (1995), y Alzar el vuelo: Antología de la joven poesía sevillana (2006). Asiduo practicante de la escritura autobiográfica, componen su diario Veleta de la curiosidad los volúmenes  Pasos en la niebla (2001), Pasos en la nieve (2002), Pasos en el agua (2007), Pasos en la arena (2012), y Pasos al atardecer (2018). Ha dirigido el suplemento de cultura La Mirada, en El Correo de Andalucía y la revista El mirador de los vientos.

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La mirada apacible

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Íntimo y a resguardo de la estridencia, el cauce poético de José Luna Borge derrama entre sus manos los indicios del estar en el tiempo. Afina las palabras para dejar en ellas un pensar que comparte sensaciones y sueños; la conciencia del ser, más allá del engaño que cobija la estepa de lo transitorio. Poesía de aliento clásico, confidencial, sensitiva, pero inconforme e iluminadora, donde buscan refugio unas pocas palabras verdaderas.

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José Luis Morante

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LAS LÁMPARAS DEL TIEMPO

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La vida nos arrastra a la frontera,
al limes de un imperio que es de humo,
ese muelle de brumas tan lejano
que llega y está ahí sin darnos cuenta.

Ya casi nada queda,
solo tú con la vida y el pasado
que vuelve y se hace grande de repente.

“No, aquí ya no queda nada
de nosotros”,
                      decías
después de la visita a aquella casa
abandonada en la memoria.
Sin embargo, no habías apuntado
nada de aquellos días
en la usada libreta que llevabas
siempre contigo,
                           de la misma forma
que evitamos trazar las circunstancias,
los elementos íntimos de nuestra
vida por la sospecha de que cuando
están bien recogidos en papel
ya no nos pertenezcan.

Hay centinelas apostados
en las encrucijadas del camino
como ciertos testigos que no olvidan,
sombras de la memoria que nos siguen,
recuerdos encerrados,
                                    nombres
quietos, agazapados
que el tiempo nunca borra por completo.

Cuando nos asomamos al pasado
sentimos una sensación extraña
si tenemos en cuenta aquellas lámparas
que se nos olvidó apagar en sitios
a los que nunca regresamos.

Es después,
                    muchos años después,
cuando intentamos descifrar
las señales en morse que nos llegan
desde lo más profundo del pasado
de aquel oscuro informador
que se perdió en la niebla.

No hay que dejar nunca de enviar señales,
es como si los años hubieran desgastado
las lámparas aquellas que sirvieron.

Es curiosa la forma
en que algunos detalles de la vida
que no logramos ver en el momento,
los descubrimos veinte años después
como cuando miramos una foto
antigua familiar y un rostro
y objetos olvidados hasta entonces
nos saltan a la vista.

Se escribe a veces versos
para dar con las líneas de fuga necesarias
y escapar por las cárcavas del tiempo.

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Nieve en la higuera.
En su rama un jilguero
tiembla la nieve.

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SIN UN ADIÓS

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Si en estas soledades me pasara
algo ya no podría despedirme
de tanta maravilla que he encontrado.

No volvería a ser Nicolasillo
Pertusato ni a entrar en la Meninas
a jugar con el perro y con María
Bárbola y su graciosa desmesura.

Faltaría a la cita en el corral
con el jilguero cantarín que viene
a visitarme por las tardes mientras
siego la hierba.
                        Nunca más oiría
Ese prodigio de las Variaciones
Goldberg o la Sonata en si bemol
Mayor, inacabable adiós de Schubert.
Ni el mar de Salobreña y su castillo…

Tanta belleza que la vida puso
en mis días se irá sin un adiós

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RECUERDO

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En los fieros inviernos cuando el cierzo
lamía las esquinas del corral
llegaba silencioso a la cocina
y sin mediar palabra se quitaba
los guantes, la bufanda, el tapabocas,
el gris pasamontañas y el gastado
cuero, las gruesas botas y los leguis
ceñidos con hebillas a las piernas.

Se sentaba a la lumbre, acercaba
las manos a los leños y callaba.

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GOLONDRINAS

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Junio avanzaba en su carrera cuando
llegaste.
               Nadie te esperaba solo
las tiernas golondrinas arriesgaban
su parlamento mágico colgadas
en las antenas vecinales.
                                       Eran
las del pasado año que querían
saludarte.
                La casa estaba en calma,
abriste las ventanas y fue entrando
su alegre melodía y esa luz
transparente de junio que acaricia