Como quien enciende un fuego – Poesía iberoamericana | Por Gabriela Rosas

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Poesía venezolana – Julio Tizzani

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Julio Tizzani (Falcón, Venezuela, 1990) Médico Cirujano. Autor del libro “Árbol Genealógico” (Editorial Palindromus, 2019). Sus poemas han sido publicados en diversos portales literarios, entre estos: Revista Letralia y Revista Grifo. Es ganador del Premio Ecos de Luz, 2017. Actualmente vive en el sur de Chile.

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A mi madre le pedí mi herencia, se acercó a mi oído

y susurró que la sumisión es un arma.
Me dio la espalda y antes de morir me bendijo con veneno.
Este bosque es mi herida, un sangrado de epitafios.
Ahora me preguntas quién se ha llevado nuestra casa.
Tengo la misma edad que tú, mamá.
Venimos de una estirpe que se niega a salir del ritual de la sequía.

Y que tiene la palabra divorcio

en la punta de la lengua.

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_______No hubo madre que me enseñara a cantar ni a
igualarme su ternura. He roto mis dedos perfilando
la rugosidad de las paredes, buscando el color
oculto que brote desde el centro. Esta casa me sueña
febril, recurrente, inmerso en pánico, entrando en
los débiles umbrales. Yo también era la casa, era
sus habitaciones llenas de escombros y con olor a
polilla, los juguetes de la infancia con que rompí mis
encías. Me siento en las piernas de mi madre, en mí
muere, pongo mi oído hacia su pecho, se hace lento
su sonido, duro cierro los ojos, duelen los párpados
e imagino el color de la casa y sus paredes. Esta casa
es negra, esta casa duele.

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Tío, la familia es el primer dolor. Quedamos
intactos en la partitura de esta casa. Me he bebido
el horror de tu consejo. Miraste dentro de la
copa el amor definido a gritos, el muñón de mis
rencores. Fantasmas de esta herencia me llamaron
para obedecer. Todo me apunta a mí esta noche y
a un cuerpo humedecido por sortilegios, solsticios,
quiromancia. Oigo a tu fantasma murmurar al mío.
La familia es el primer dolor dijiste, antes de que tus
córneas cayeran a tajos. Deséame salvo, salvo para
siempre en mi próxima reencarnación.

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La infancia me arrancó las manos
No pude juntarlas de nuevo delante de dios
Vuelvo a ella de vez en cuando
Vuelvo a ella con mis primos
Entre orinas y saliva
Jugamos en esta dirección cansada
Primos
Yo sabía que eran muertos
Porque ya no podían inventar juegos
Ay
Mi infancia
De ella aprendí mi primer hábito
El encierro.

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Un ave horrenda anuncia su caída antes de
reventarse contra el retrato de mi abuelo. Llevo su
nombre atado a mis nudillos. Para no olvidar el
empolvado nombre, él me entregó anónimo a su
desvarío. Las lluvias que caían arriba de este sol,
vieron sus huesos secarse, esparcirse en silencio.
Ahora levanta su mano y me abofetea hasta
levantarme el pellejo: que no quede nada roto, dice.
Y yo triste de retratos, triste de intentos, me quedo
esperándolo en la última hora del día.

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Mi bisabuela figuró primero su génesis pagano,
lleno de ídolos ciegos, sin animales salidos de la
tierra. Mi bisabuela parió a mi madre en círculos,
gimiendo y llorando. Su carne polvorienta brillaba a
través de mis ojos [yo también la recordé ese día].
Y decía: señor, heme aquí. Plana en su altar desierto,
lleno de todas las langostas que devoraban su ser.
Mi bisabuela, en la tarde lucía como Nina, que nadie
se atreviera a juzgar su sexo palpitante y sangrante.
No quiso escucharme y la sellaron en Deuteronomio
casi rota, dispuesta para algún sacrificio. Al terminar
el día figuró primero su apocalipsis, terminando con
todos sus verbos escritos a medias, mientras yo la
recuerdo como a una santa.

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Nadie me advirtió que si contaba frutos también
contaba augurios. He balbuceado algunos rostros,
me obligan a retener un poco de necedad, un poco
de sumisión hacia la vida. He venido aquí como el
abominable hombre, lleno de infiernos, con quemazón
en la boca. Voy navegando hacia el centro de mi madre
pero, ¿a quién salvo yo en este viaje?
Me asusta
Una huida verdadera, que al cruzar el umbral
no recuerde mis caras
Una ausencia que me sienta sobre sus piernas
para llenarle el hombro de llanto
Déjenme quitarle los gusanos a mi ternura
déjenme que afine el primer dolor
A pesar de tanta soledad en la carne
He aprendido a dolerme

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Poemas del libro: Árbol Genealógico. Ediciones Palíndromus (2019)