Luis Felipe Comendador – Por José Luis Morante

Luis Felipe Comendador (Béjar, Salamanca, 1957) editor, ensayista, gestor cultural, aforista y poeta. Más de veinte títulos arropan su palabra poética. Autor plural, ha publicado además novelas, aforismos y ensayos. Parte de su amplia obra está contenida en Vuelta a la nada, que recoge sus poemarios entre 1995 y 2002. Otras entregas son “El amante discreto de Lauren Bacall” en 2003, “Con la muerte en los talones” 2004, o “El gato solo quería a Harry” (2006), “Los 400 golpes” (2013) y la antología “Mañana no será nunca” (2018). Entre los reconocimientos obtenidos destacan el Premio Gabriel Celaya por ‘Sesión Continua” en1996, finalista del Premio Nacional del Ministerio de Cultura y Premio Rafael Morales por “Travelling” 2003; el premio Ciudad de Mérida 2005 por “El gato que sólo quería a Harry” y el Premio Internacional Tardor por “Paraísos del suicida” en el año 2001. Dirigió la revista ‘Los cuadernos del sornabique’.

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Las afueras

(Poemas inéditos)

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Las composiciones de Las afueras cobijan una intensa preocupación social. Lo hacen desde la pupila abierta de un cronista implicado que se desdobla como protagonista y testigo. No hay distancia con los desajustes del marco accional, un poblado marginal peruano, en Trujillo. Es una geografía áspera, violenta, marcada por la miseria, pero nunca exenta de una ternura desnuda, una catarsis emocional que sirve de redención y fachada en la indeclinable derrota. La realidad se impone vinculada con la carencia y con un sentido trágico de lo existencial que no permite disidencias. Los que nacen en aquel entorno están marcados, no se pueden transformar las coordenadas de espacio y tiempo; solo disfrazar la realidad con algunos hilos de esperanza. Dura, ajustada, empática con el drama, la voz poética de Luis Felipe Comendador crea una densa contaminación emocional. Sin concesiones, enfoca la tierra baldía de un devenir, carente de aura, donde no hay nada, solo la inmediatez de seguir viviendo.

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José Luis Morante

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Las afueras,
ese cáncer brutal de las ciudades
donde el bullicio olvida a los sin nombre
más allá del olvido.

“Tienes que ir”
–me dijo con los ojos
asomados tan adentro de mí–
“Tienes que ir a darles esperanza,
aunque sea mentira”.

Fui como un niño atento,
con la boca asombrada,
con las manos temblando,
con un miedo caucásico
de no estar a la altura
de todo aquel desastre.

Trepaba el taxi viejo por los cerros,
patinaba en las curvas inconcretas,
derrapaba en la arena
y salvaba los ranchitos de milagro.
Yo no era de aquel sitio
ni de aquella miseria,
yo no era de sus rasgos
ni de su hablar pausado,
yo no era de esa mugre de chinches
y zancudos y agua sucia.

Se sucedían las casas de plásticos y adobe,
los niños sin zapatos mirando con asombro,
algún hombre sentado con la mirada huraña,
cerro tras cerro, arena.

El taxi dijo basta.

Trepar era ya el único artilugio
con el que abrirse paso por los cerros.

Arriba, justo en la línea gris del horizonte,
puntitos de colores
rodaban por la cuesta hasta nosotros.
Eran niños hermosos
empañados de arena, sin zapatos,
con sonrisas de ángeles sin alas…

¡Esa suciedad limpia de los pobres!

Sin mediar los prejuicios de occidente,
me abrazaron fortísimo,
me llenaron de besos y miradas de asombro,
hicieron piña en mí, como si fuera alguien,
y ya no fue posible dar el paso siguiente.

¡Éramos uno juntos!

Sin más, me dieron todo,
todo lo que tenían:
su sonrisa y sus brazos.

Yo les prometí un mundo occidental
y un futuro.

Les mentí y lo sabía.

Les mentí y lo sabían.

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                    A Lorena Pajares

 

Era la primavera,
la eterna primavera de Trujillo,
su sonrisa de plata.

Subía por los cerros decidida
con una fuerza tal,
que no encontré palabras
para dejarlo escrito,
ni ahora las encuentro.

Nombraba a voz en grito a cada niño
y de las casacuevas salían
con albricias a abrazarla
hasta hacer una piña de chiquillos.

Les preguntaba cosas
como ‘¿fue usted hoy a la escuela?’,
‘¿cómo está su mamita?’,
‘¿hoy comieron, mis ángeles?’…

Yo miraba embobado
cómo ordenaba todo
con gestos pequeñitos
y los niños saltaban
de una alegría intensa.

Pidió silencio y dijo:
‘He venido con Luis
para que lo conozcan.
Él es parte de mí
tanto como de ustedes,
Quiéranlo, que él les quiere’.

Y los niños corrieron
hasta donde yo estaba,
me llenaron de besos
y tocaron mi barba con asombro…

Ella miraba todo
desde arriba
mientras que su sonrisa
tomó la primavera de los cerros.

‘Ahora ya son de usted,
no los defraude’.

Con el ocaso, salimos del lugar
en una ‘combi’.
Noté que había una lágrima en sus ojos,
Pero no pregunté,
¿para qué hacerlo?

Era la primavera,
la eterna primavera de Trujillo,
su lágrima de plata.

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Los ojos achinados son bien lindos.

No sabía leer,
pero sabía cómo quitarse el frío
en las noches eternas
o cómo bajar el ritmo de su respiración
cuando El Niño azotaba la costa
con esos aguaceros imposibles
o cómo no hacer ruido
cuando el tipo aquel
entraba dando voces
en la cueva de plásticos
y se sacaba la ropa
y la mamá hacía ruidos sordos
como queriendo que nadie se enterase
de lo que sucedía
o cómo engañar al hambre
buscando en la basura…

No sabía leer,
pero aprendió a hacer fuego
de bien chiquita
con restos de mecheros
o a sacar agua dulce de la niebla
con una red de nylon
que encontró en las ruinas
de un ranchito de adobe.

No sabía leer,
pero aprendió muy pronto
que con un gesto triste
y la carita sucia
los gringos te dan plata
y te hacen fotos.

“Tus ojos achinados son bien lindos”
–le dije–
y le di unas monedas.

Y corrió como loca gritando
por los cerros:
“!El gringo da propina!,
¡el gringo da propina!”.

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Donde pongo mi pie
se divide el mundo en dos mitades
y guardo el equilibrio
mientras pienso en hacerme
de una u otra cualquier día.

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HUAICO PARA MORIR UN DÍA

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[quebrada cuatro]

Que nadie llore por ti,
más te faltaba,
_______que nadie llore.

Tuya es la mirada que penetra en la roca y la socava,
tuyo el tacto telúrico, el fino oído del inca y el mochica,
la voz del barro recién cocido.
Tuyo es el sinclinal, la falla enorme que rompe bajo tus pies,
el nevado que se yergue a lo lejos como una novia,
cada ceja de selva con su fauna enigmática,
el desierto pelado con sus misterios nazcas,
los vivos arrozales, las procelosas vetas de plata, oro, carbón;
el viejo río envolviendo en meandros tu pasado,
los cerros como ese sarampión que abre al Pacífico,
las trochas, los senderos, el Camino del Inca.
Tuyo es el lugar del cuerpo, y eres de metal fino a ratos
y otras veces del mármol de Carrara que se hizo estatua en La Alameda,
de pura alpaca virgen tallada por las quemadas manos de la sierra.
Tuya es toda la sed, pero también el agua.
Tuyo es el manantial que precipita para tallar la roca,
tuya el hambre que hizo morir al cuy como en un rito
en una huaca alzada hacia la Luna, y lo hizo delicioso.
Tuya es la geografía del fracaso,
______la coreografía del fracaso,
_____________la impotente grafía del fracaso,
pero también ese sobreponerse de frente y de perfil
al sismo, al Niño, a la Conquista,
_________________________a la conquista
________________________________a la conquista…

Sin ti, hombre de cobre y hambre, mujer pilar de todo,
peruano,
sin tu dolor eterno,
no existiría Perú.

Que nadie llore por ti,
más te faltaba,
______que nadie llore.

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HUAICO PARA MORIR UN DÍA

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[quebrada nueve]

Tu madre estaba afuera desde la amanecida
trabajando en Paijan con el espárrago
y oíste aquellos gritos que se acercaban
pero el entresueño no pone alerta al cuerpo.
Un estruendo terrible de cristales
mientras te decías aquí no hay cristales nunca hubo
y tu hermana chiquita llorando
corrió a abrazarte
y la abrazaste fuerte
y no sabías qué hacer pues los gritos crecían
mi mamita no va a volver te decía tu hermana
y no sabías si te lo preguntaba o era una certeza.
La subiste a tus hombros de doce años cumplidos
tranquila, Soledad, no llores y agárrate fuertote
le decías
toma tu peluchito y agárrate fuertote
le decías
Lloraba Soledad y la quebrada era puro caudal.
La niña no pesaba pero lloraba mucho
y atravesaste el agua buscando las orillas
que se alejaban
como un horizonte de tus pasos.
Mi mamita
Gritaba la niña con espanto
y lograste alcanzar la tierra seca
los dos ibais sin ropa
porque el huaico desnuda
y el ranchito dobló como un viejo elefante
y viste el colchón sucio
pasar ante tus ojos
como la muerte misma.
Soledad se agarraba con fuerza al peluchito
y en sus ojos había un miedo brutal
y en los tuyos un enorme abandono
Yo quiero a mi mamita
repetía la niña entre sollozos
y la sentaste en una roca y le enfrentaste los ojos
Tienes que ser valiente, Soledad,
que yo voy a cuidarte, ya no llores.

Todo fue arrebatado por la fuerza,
todo fue en diez minutos infinitos.

Los niños, ya calmados,
vieron flotando el cuerpo del conejito blanco
de la anciana que vivía una cuadra más arriba.

Está nadando, ¿sí?
Le pregunto la niña

Pues claro, Soledad, está nadando.