Carlos Duarte Rangel: Un lugar para David – Cuento

Carlos Duarte Rangel, Historiador Colombiano.  Universidad Industrial de Santander, Colombia. Candidato a Magíster en Historia de América, Instituto de Investigaciones Históricas. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán.

Publicaciones

Cuento “Bala Perdida” PERIODICO DOXA, 2011
Universidad Santo Tomás. Bucaramanga-Santander- Colombia.

Cuento “Sueño” Finalista CONCURSO DE CUENTO UIS STEREO, 2006
Ediciones UIS. Bucaramanga-Santander- Colombia.

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UN LUGAR PARA DAVID

 

“El sueño deja descubierto la realidad tras la cual permanece la imaginación. Esto es lo terrible de la vida. Lo conmovedor del arte”

Franz Kafka.

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Siempre sueño con clavos, alfileres, garras que rasgan mi frente y mis ojos y despierto de inmediato en la noche. Una corriente de frío cruza mi cabeza y me hace despertar y salir del cuarto. Mi abuela dice que eso es por ver televisión hasta tarde, pero yo nunca le creí. De regreso al cuarto me asalta un insólito delirio de persecución. Pienso que tal vez ellos, se pueden salir de la televisión y me quieren matar. Por las dudas, abro mis ojos y mi navaja automática y enfrento a cualquier sospechoso en la noche. Prendo el televisor y me tumbo nuevamente en la cama con inocencia. Hasta cuando aparecen nuevamente esos ruidos. El mismo de las noches anteriores. Los siento circular alrededor de mi cara y pienso que hoy tampoco voy a dormir.

______Parece que ocurre todos los días. Solamente cuando duermo aquí. Y no hay señales que revelen su origen, ese extraño lugar por donde entran y de pronto ponen todo patas- arriba. Por efecto de la luz de luna que entra por la ventana, se ve una estampa de una mujer de espalda, pegada a un porta-lapiceros junto con un cartel de un viejo festival de cine, un ángel recortado y pegado en la ventana. Sus alas extendidas rozan los móviles de figuras que salen en la caja de galletas, modelos para armar, adornos que se revelan a contraluz, objetos que se iluminan, algo que me dice que este cuarto pertenece a alguien que vive de día.

______Sin embargo, es algo bullicioso para ser intencional. Y si fuera una fiesta, implicaría que la casa estuviera llena de gente arrugada y desconocida, riendo a carcajadas, con gorro y serpentina en sus cabezas. O que la abuela fuera y viniera como bailarina de joyero, con una botella entre sus brazos, resbalando por las paredes, marcando ese compás del bandoneón que tanto le gusta. O que mi padre, ebrio, estuviese estallando los cohetones bajo las faldas de las vecinas. O que mi madre, que no para de bailar todas la noches, caminara en cuatro por el pasillo, dejando el rastro de su vomito verde en las baldosas.

______No es lluvia. Porque las gotas de agua cuando golpean el tejado, rebotan despedazadas, convertidas en bolas de vidrio. Aun así, su caída es uniforme, convirtiendo un millar de golpeteos en una catastrófica cabalgata de agua sobre el tejado, donde solo el viento sabe regular su poder destructor. Cuando llueve, el agua siempre entra a la casa y la abuela debe correr con la escoba, sacando montones de aguas amarillas y negras que nos llega hasta el cuello. Me quedo con la mirada fija en el techo. Me detengo en la forma como el líquido se abre camino entre los canales de la teja, barriendo con mugre y telarañas. Luego se descuelga por las vigas de la madera, produciendo ese olor a muerto, igual al olor del abono de las matas que la abuela tiene en el patio y que las entra cada vez que sienten frío. Del techo, solamente caen a tierra tres grandes gotas mientras dura la lluvia, esas que dan justo sobre mi cara, en medio de mis ojos que siempre permanecen abiertos, ya que después de la lluvia ellos vuelven.

______Si tuviera la oportunidad de elegir, preferiría el cuarto de mi tía. Su cama doble de soltera parece nunca acabar. A veces parece que la cama me tragara y por momentos duran tiempo en encontrarme enrollado y asfixiado entre las sábanas. Hasta cuando llega la noche y por esa manía de mantenerme dormido a cada momento, ella me empieza a sobar la panza y a enredar el pelo, mientras me canta la canción de la lechuza, ese animal que vigila mi sueño, que abre sus alas y me arrastra al bosque, donde una cama me espera en medio de arbustos y multitud de ojos brillantes. A veces, un destello de luz verde se cola por entre los huecos de la puerta de su habitación y me siento un poco mejor. Se escucha la voz de la vieja de la novela de las diez, luego su llanto, y finalmente, el sonido de vacío que indica que pronto llegará la oscuridad total. Cuando eso ocurre, aparecen como por arte de magia las esquelas fluorescentes que vienen en los paquetes de patatas fritas: Un dinosaurio, la estrella brillante, un marciano con antenas. Ellos sobrevuelan por el techo, junto al cazabombardero 68 de mi padre que se desprende, planea un rato por la habitación y aterriza siempre cuando ya me he dormido.

______Esta noche he contado con poca suerte. He tenido que dormir nuevamente en este cuarto oscuro. A pesar que la abuela se queda junto a mí, no puedo dormir y no vale canción alguna, ni las gotitas de Manzanilla, ni esa fastidiosa sesión de palmadas en la espalda, ni el arrurú mi niño duérmete ya, que viene el coco y te comerá. Cuando la luz se apaga y la puerta del cuarto se cierra, ellos aparecen. Entre las láminas de madera que rodean la puerta, inicia todo. Pequeños rumores circulan de arriba abajo, de un lado a otro. El sonido llega en estampida como una gran caída de piedras sobre la teja, produciendo al final leves retozos que llegan hasta mi oído, intentando sacarme fuera del cubre lecho, esperando recuperar el lugar que les pertenece, antes que la abuela, justo a medianoche, enciende la luz y corre dormida al patio a entrar las plantas para que la lluvia no las ahogue.

______Mientras la luz permanece encendida, me seco el sudor, aprovechando los escasos minutos de luz. Ojeo la habitación de esquina a esquina, al momento que la abuela cruza hacia la cocina a prepararme algo que tomar. Como si el problema fuera de hambre, de insomnio o de la lluvia que golpea sobre la casa. Entonces hago fuerza y me retuerzo para que me saquen de aquí, pero el gesto que expresa las ganas de huir aún lo desconozco y mi único medio es el cuerpo y lloro y esa masa amarillenta se filtra por la sábana y su olor le produce a la abuela esa mueca en su cara que tanto me divierte, al tiempo que río y evito engullir ese brebaje, mordiendo y comiendo a pedazos el plástico, tragándolo junto con mis lágrimas y la luz finalmente vuelve a desaparecer.

______En la penumbra, el sonido vuelve, pero ahora junto a mí. En forma de agudos silbidos que circulan por el borde de la cama. Igual al motor de mi f16 cuando lo fuerzo a volar. Seguido de un diálogo de mujeres algo perceptibles. Algunas bocinas que se abren camino entre la espesura de una vieja canción que dice: “Cesó la horrible noche…” repitiendo ese estribillo varias veces. Luego, un intento de bolero con alguien que llora tras un sonido de disparos; para terminar todo concentrado junto a mi cabeza, sobre la mesa de noche, en ese aparato negro con perillas donde brillan números rojos: 12:01, se apaga. 12:02, se enciende nuevamente.

______De repente, algo corre por las esquinas. Se mueve por las bases de madera de la cama, por donde se ponen los libros y los discos, saltando de lomo en lomo; ahora están junto a mi cara. La abuela tiembla bajo su cobija balbuceando “¡Hay Dios me tocó la muerte!” y vuelve a callar, mientras que ellos juegan como niños; con una bolsa que se enreda en botellas y zapatos, que se mueven por las paredes y plumas negras que estallan del colchón. Del techo caen fragmentos de galletas y pan trozado. En un aleteo que cubre la habitación con leves explosiones y sobre mí cae una espesa colcha de humedad.  Se mueven por los cajones de la cama, ahora están por los pies de la abuela, se introducen en su piel, recorren su cuerpo intentando llegar hasta mí y ella salta y enciende rápidamente la luz.

______La abuela, medio dormida, se va a la cocina. Siento que junto con ella, somos los únicos seres en la habitación. Intento moverme pero no puedo. Solo un pequeño bicho, tal vez una mariposa, sobrevuela en círculos concéntricos la bombilla encendida. Se acerca, se quema y se vuelve a acercar en una osada y hasta estúpida demostración de poder que no me reconforta. La abuela regresa tiempo después. Dice que ha puesto las ollas al fogón, mientras masca pedazos de tela que ha confundido con sus hojas de valeriana. Dice que ya ha puesto veneno por todas partes, que lo mezcló con un poco de leche para que los condenados no sobrevivan. Lo esparció por las esquinas de la habitación, otro poco lo roció por debajo de la cama y los cajones de la mesa de noche. Hizo una oración y marcó con una cruz blanca mi frente. Esta vez, la luz de la bombilla se desvanece lentamente. Lo que fue una noche más de insoportable miedo, se fue diluyendo  con las primeras luces del día; donde no hay dolor ni miedo, donde no hay hambre ni frío, y si los hay, son apenas recuerdos anteriores que posiblemente fueron soñados y desaparecen siempre, segundos antes del despertar.

______A la mañana siguiente, abrí mis ojos, atento a la reaparición de los sonidos, pero por el contrario, el cuarto permanecía en una inconmensurable soledad. La abuela no estaba. La lluvia había terminado. Ya nada se movía. Un brillo intenso de sol entraba por la ventana e iluminaba toda la casa. Los objetos estaban en su lugar: un porta-lapiceros, una mesa de noche, una caja de galletas, los libros, un radio reloj despertador, un ángel blanco descolgado del techo. Sentí que aquellos sonidos se habían perdido en algún lugar y quise poder salir corriendo del cuarto, pero no pude, ya nunca me pude mover.  Abrí mis ojos y sentí en la esquina de la habitación, un par de pequeños ratones que botaban espuma por la boca y se arrastraban agonizantes intentando salir bajo la puerta. Quise alcanzarlos, pero en lugar de mis manos, tenía guantes de arena amarilla que se desvanecían con el movimiento, quise oírlos, pero había puesto dos madejas de alambre en mis oídos, quise gritar, pero había cosido con agujas mi boca, quise verlos, pero en lugar de mis ojos, tenía dos espejos que repetían tu rostro eternamente.