Rainer María Rilke en la mirada de Xavier Villaurrutia

La crítica de Xavier Villaurrutia

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Desde un principio, la literatura, las artes plásticas, el cine, atrajeron la atención de Xavier Villaurrutia. En la primera juventud, más que la vocación creadora, dominaba a su espíritu el deseo de llegar a ser un enjuiciador de libros. La poesía no era sino una ocupación que cuidó al margen de ese gran deseo. El teatro, como autor, sería un problema posterior, aunque no tardío, y las incursiones en otros géneros literarios apenas sobrepasaban el placer de la afición. Las tesis de Gide, principalmente, hicieron que en él maduraran las aptitudes críticas. “Desde muy temprano, la crítica ejerció en mí una atracción profunda -dice en el Prólogo a Textos y pretextos-. Confieso que apuraba los libros de crítica con la avidez con que otros espíritus no menos tiernos apuran novelas y libros de aventura”.Y del juicio acerca de los libros de sus contemporáneos ascendió al juicio acerca de otras actividades artísticas. No fue, con todo, un intelectual sistemático, capaz de dejar establecidos en teorías los métodos o sus concepciones, sino que abordaba los temas llevado del impulso inmediato que lo conducía a rescatar algo de lo que él mismo era. Justificaba con ellos la agudeza de sus observaciones y se divertía en el gozo que le procuraban la lectura o la pintura, la pieza teatral o la obra cinematográfica. No olvidaba fácilmente el aforismo gideano: “No es tan importante lo que leo, como la manera como lo leo… Que lo importante resida en tu mirada, y no en la cosa que miras”. Por eso, nada raro es que confiese que al explicar a un autor se ayuda a descubrir y examinar su propio drama. Con esa convicción, se informó e informó a los demás acerca de lo que de sí mismo había en la obra ajena. Esto, sin ser estrictamente verdad -sobre todo en algunos escritos explicativos sobre pintura-, matiza su tarea con velos personales, siempre insinuantes, que atraen la atención sobre aquello que precedentemente él creyó descubrir.

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Rainer María Rilke nació el 4 de diciembre de 1875. Su infancia y su adolescencia transcurrieron en su ciudad natal: Praga. Munich, Berlín y Praga fueron las ciudades donde hizo sus estudios. Una estancia en Rusia, en 1899,  constituyó para él un acontecimiento decisivo en su vida. Rusia era para Rilke el país de los hombres solitarios, hundidos en su humildad, llenos de lejanías, de incertidumbre y esperanza. En 1902 se instala en París y traba amistad con Rodin, que lo hace su secretario. “Vine a preguntar a usted -dice de Rodin- cómo había de vivir. Y usted me respondió: Trabajando. Ahora comprendo el sentido de la respuesta. Trabajar es vivir sin morir”. Roma, Suecia, Dinamarca, Argel, Túnez, Egipto… fueron otras tantas estaciones para este viajero melancólico. Luego, Italia. Venecia y Eleonora Duse. El castillo de Duino, al borde del Adriático, donde concibe las primeras Elegías. Después, España. “De su estancia no ha quedado en España más rastro que del ave en cielo o del barco en el mar”, escribe Antonio Marichalar, de Rilke, a quien llama “El Ido”. La guerra de 1914 sorprendió a Rilke, ciudadano austriaco, en París. Bohemio de nacimiento y de espíritu, habrá de emigrar una vez más. En Suiza se retira a un castillo pequeño, solitario y sombrío. Vuelve a París en 1925. Uno de sus libros famosos, escrito en alemán en 1910, aparece en la traducción francesa de Maurice Betz. Su renombre crece rápidamente. En diciembre de 1926 murió de lo que él llamaba su propia muerte, y no la de los propios médicos.
_____La lectura de la traducción francesa de “Los cuadernos de  Malte Laurids Brigge” fue mi primer encuentro con la obra de Rainer María Rilke. Encuentro definitivo, imborrable y no superado después de la lectura de cuantas obras de Rilke, traducidas al francés, he tenido en mis manos. ¿Quiere esto decir que “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” es la mejor obra de Rilke? Sería inconsecuente afirmarlo. “Cartas a un joven poeta” y “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” son las obras de Rilke  que, por lo visto, resisten mejor a la traducción. Ni los famosos “Sonetos a Orfeo”, ni las “Elegías de Duino”, ejemplares por la finura de su lenguaje, por el ritmo y la música originales, me han vuelto a dar, leídas en francés, el estremecimiento angustioso, misterioso y nostálgico de Los cuadernos. La limitación está, pues, en mí, y no en los traductores franceses de Rilke, entre los que el más distinguido, Maurice Betz, ha hecho verdadero esfuerzo para dar, de la obra de Rilke escrita en verso, una imagen viviente y no la figura de cera o el cadáver del que habla el mismo Rilke a propósito de las traducciones.
_____Los versos que, con el título de “Verges”, escribió Rilke en francés no tienen la fuerza de las páginas de Los cuadernos, que parecen ateridas y sobrecogidas de miedo como niños abandonados en una alcoba sombría y solitaria.
_____Escritas en 1899 y publicadas en 1907, las páginas de “Melodía del amor y la muerte del corneta Cristóbal Rilke”, anteriores al “Libro de imágenes” y al “Libro de horas” y coetáneas a los “Cuentos de juventud”, acaban de encontrar en Eduardo García Máynez, un traductor fiel y sensible, interesado en conservar y en restituir, traducido directamente del alemán a nuestro idioma, no solo la idea del relato escrito en estrofas de prosa, sino también la música y el ritmo de la breve obra de Rainer María Rilke.
_____Construido a base de fantasía, recuerdos familiares y personales recuerdos de adolescencia, “Melodía del amor y la muerte del corneta Cristóbal Rilke” contiene ya las cualidades que, desenvueltas más tarde, hicieron de Rilke uno de los grandes poetas de su país y de su tiempo.