Marina Casado Hernández | Nueva Orleans

Marina Casado Hernández (Madrid, 1989) Licenciada en Periodismo y Doctora Cum Laude en Literatura Española. Trabaja como profesora de ESO y Bachillerato en la Comunidad de Madrid. Es autora de tres poemarios: Los despertares (Ediciones de la Torre, 2014), Mi nombre de agua (Ediciones de la Torre, 2016) y De las horas sin sol (Huerga y Fierro, 2019). Ha publicado los ensayos: El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014) y La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017). Coordinó varias antologías, entre las que destaca De viva voz. Antología del Grupo Poético Los Bardos (Ediciones de la Torre, 2018). Entre los artículos académicos que ha publicado  en revistas se encuentra Arbor, Theatralia, Pasavento o Actio Nova. Su obra poética y en prosa ha obtenido algunos galardones como el Primer Premio de Poesía Rafael Morales de la UC3M, el Primer Premio de Relato Cadena SER Madrid Sur y el Premio de Relato Eugenio Carbajal. En 2018 fue finalista del 72º Premio Adonáis.

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Nueva Orleans

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Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
e imaginaba las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

Han pasado los años.
Ahora nadie conocerá jamás Nueva Orleans,
asesinada parcialmente por aquel huracán
de principios de siglo.
Dicen que la trompeta de Louis Armstrong
apareció semienterrada en la mandíbula de un río,
que los últimos muertos se reunieron al caer la tarde
para manchar sus voces negras con la sangre del jazz.
Yo no los pude ver, pero sentí una luz de acetileno
naufragando en mis labios.

Recuerdo cuando fuimos inmortales:
Mara, Nueva Orleans y yo.
Corría el año 1995
y mis pupilas todavía vivían
constantemente dilatadas.
Me han contado que Mara se hizo boy-scout
y dejó de cantar para las hadas inexistentes.
Imagino sus ojos de cordero enlutado
contemplando la luna,
la misma luna que en Nueva Orleans
salpicaba las calles amargas de los negros
en el tiempo en que todos éramos inmortales.

(De Mi nombre de agua, 2016)

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Jirafa ardiendo
(A propósito de un cuadro de Dalí)

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Las montañas lejanas abandonan incendios
en sus goznes.
Hay un azul ennegrecido pintando las aldeas.
Mujeres sin sonrisa desenfundan cuchillos
con el deseo inocuo de dormir
y despertar luego sabiendo
que el río de su pecho se desborda.

Abriste los cajones de mi tórax
en el instante del desmayo.
Mira ahora mis manos extendidas
ensayando un abrazo de tres amaneceres,
un abrazo vencido por la nieve.

Puedes curar a duras penas la soledad del mundo
hasta que mi mirada tropiece con el fuego:
el fuego que no he visto y que corona
el reborde gastado de todos los insomnios.

Y siempre esa jirafa al borde del abismo,
esa jirafa ardiendo frente al mar estancado.

(De De las horas sin sol, 2019)

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Nocturno

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Y este insano deseo de escapar
con una daga anclada en las costillas,
y este rumor vacío de calaveras a contraluz
que me invade mientras la noche afila mis heridas,
cuando cerrar los ojos ha de ser un viaje
a las llanuras huérfanas de tiempo
donde un día vivimos, dimos la mano al sol,
respiramos con los pulmones de par en par,
soñamos.

A las doce, la carroza imposible
volverá a transformarse en una calabaza.
Y yo tendré que regresar a mi sarcófago
mientras la vida gira en remolinos multiformes
y chorrea infinitos que no me pertenecen.

La madrugada impone su habitual psicosis aterciopelada.
Mañana volveremos a simular que despertamos.

(De De las horas sin sol, 2019)