La intermitencia de la distancia. Guy Tirolien

Vuestros nombres que no anotó nadie
¿servirán algún día de santo y seña a los pájaros de las
tempestades?

Guy Tirolien

 

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Guy Tirolien nació en 1917, en la isla de Guadalupe. Tuvo que abandonar su tierra para afrontar las ásperas maneras de la Luz al concurso de Ingreso en la Escuela Colonial. Después de terminar sus estudios de liceo en su país, viajó a Francia para realizar su instrucción superior. Tirolien había conocido a Léopold Sédar Senghor en 1940 en el campo de prisioneros donde ambos habían sido llevados por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Liberado en 1942, Tirolien participó en la etapa de efervescencia de la negritud que culminó con la creación de la revista  Présence Africaine publicada simultáneamente en París y en Dakar desde 1947. Por esa época conoció también a los afroamericanos Claude MacKay, Langston Hugues y Richard Wright, miembros de la Harlem Renaissance.

______En la poesía de Tirolien no estará el enrevesado sistema de símbolos de los grandes poetas franceses, ni mucho menos la necesidad de fuga y la arquitectura del paraíso, ínsitos a los códigos románticos. De hecho, de Guy Tirolien nos llevamos una poesía límpida, cristalina, sin grandes abalorios; pienso en una obra dada a la mostración del complejo sistema sociológico en la isla de Guadalupe (y en todas las Antillas): sencillez que no avergüenza, más bien delata la ontología violentada, la intermitente distancia en la que el ser se suma a sus raíces cosmogónicas “aquí” y “allá”.

Disfruté leer a Tirolien. Cada sonido es sincero.

Poemas de Guy Tirolien

A mi madre

Me dijeron, madre, de tu cara intacta pese a la lluvia,
de las arrugas finas
y del matorral de cabellos grises,
tu cara de hermana de caridad
esculpida en el oro sin fallas de bondad.

Me dijeron también que, cansada
de llevar el peso de nuestras luchas estériles,
te dejaste llevar al país sin memoria
al país de la segunda infancia.

Estas líneas que estoy escribiendo,
danza absurda de signos para tu mirada ausente,
no las leerás.
Pero sufre, oh madre que sabrás oírme,
que hable un poco de ti,
de nosotros,
de todos aquellos que tomamos calor y vida
de tu llama inagotable.

Que no se perturbe tu pudor por lo tanto:
no iré por las plazas públicas
a malbaratar tal cupido buhonero
el tesoro de los secretos domésticos.

La savia de las hojas en la mañana, el olor a mi país,
la sonrisa de tus ojos,
la canción del sol en el agua corriente de los ríos,
el temblor de los labios en las altas horas de emoción,
la rabia del vientre de mis hermanos
y las tormentas que maduran
en la pulpa clara de las nubes
todo eso, oh madre, es todo cuanto te quise regalar
en este ramillete escogido
de cantos y relatos.
¡Y que brote muy alta la savia nueva de las hojas en la mañana!

Traducción de Noel Alonso Ginoris

Credo

Yo también tengo mi credo de bolsillo
pero no lo vayan a repetir a los vientos charlatanes
ni a la muchedumbre que pasa
se reirían de vosotros en la cara
creo
que el sol es un huevo de luz
puesto por la noche
que la oración recae en lluvia de frutas
en la cesta de las manos ofrecidas
que las estrellas son ánimas que arden
que la Tierra es una naranja para la sed de Dios
que la flor trepa a las ventanas
para consolar al niño que llora
que la piedra es un árbol
que no quiso crecer
que la bondad es aquel país al cual uno sólo llega
después de dejar todo su equipaje
en la aduana del dolor
que uno más uno son uno
hasta en las luchas del placer
que el perfume del sacrificio
alimenta las flores del arte
y que de tanto amor
mañana amanecerá otra vez.

África, mi hermoso mito

África mi hermoso sueño mi negrita salvaje
tu sexo dulce-crespo tu sabor a almendra fresca
el agua viva de tu risa (y es para florear en ella
mi verbo anémico) te busco por todas partes

debajo del áspero vellón de nuestras hermanas de ojos verdes
en el cucurrucucú de la paloma torcaz de nuestras islas
(un saxófono allí
sangra a altura de luna)
en el tantán oculto de mi canto que se rompe
(pues en Alabama
es la hora en que la fragancia de las agujas de pinos
se mezclan con el humo de la carne cocida del negro)
te busco por todas partes
o mi hermoso sueño asesinado
mi rosa negra crucificada
mi hierba para elefante siempre resucitando
debajo de la ciega pezuña de los búfalos despreocupados…

-Silencio, amigo, mira:
Un sol bermejo allá lejos sale en Angola.
Y ya nuestras manos, nuestras manos sangrientas,
nuestras manos oscuras y luminosas,
se buscan a la luz de los incendios liberadores.

 

Traducción de Noel Alonso Ginoris

Oración de un niño negro

Señor estoy muy cansado
Nací cansado
Y he caminado mucho desde que el gallo cantó
Y es alto el morro que conduce a la escuela de ellos,
Haz, por favor, que ya no vaya más.
Quiero ir con mi padre a las barrancas frescas
Cuando flota aún la noche en el misterio de los bosques
Donde se deslizan los espíritus que el alba ahuyenta
Quiero irme descalzo por los rojos senderos
Quemados por las llamas del mediodía
Quiero dormir mi siesta al pie de los pesados mangos
Me quiero despertar
Cuando muge a lo lejos la sirena de los blancos
Cuando la Fábrica
Por sobre el océano de cañas
Anclada como un barco
Vomita sobre el campo su tripulación negra
Señor, no quiero ir más a la escuela de ellos
Haz, por favor, que ya no vaya más.
Andan diciendo que un negrito debe ir
Para que se haga igual
Que los señores de la ciudad
Que los señores de bien.
Pero yo no quiero
Ser, como dicen,
Un señor de la ciudad
Un señor de bien.
Prefiero vagabundear por los ingenios
Donde hay sacos atiborrados
Hinchados de un azúcar tan morena como mi piel
Prefiero hacia la hora en que la luna enamorada
Hablar bajo al oído de las palmeras inclinadas
Escuchar lo que dice la noche
La voz rota de un viejo que cuenta mientras fuma
Las historias de Zamba y el compadre Conejo
Y muchas cosas más
Que no están en los libros.
Los negros, ya sabéis, demasiado han trabajado
Por qué tienen encima que aprender en unos libros
Que nos hablan de cosas que no son de esta tierra
Y además es demasiado triste de veras su escuela
Triste como
Esos señores de la ciudad
Esos señores bien
Que ya no saben bailar por la noche a la luz de la luna
Que ya no saben caminar sobre la carne de sus pies
Que ya no saben contar los cuentos en las veladas
Señor, no quiero ir más a la escuela de ellos.

 

Traducción de Noel Alonso Ginoris

El alma del negro país

Tus pechos de satén negro rollizos y lucientes
Tus brazos flexibles y largos cuya tersura ondula
esa blanca sonrisa
de los ojos
en la sombra del rostro
despierta en mí esta noche
los ritmos sordos
el palmear de manos
las lentas melopeas
con que allá en el país de Guinea se embriagan
nuestras hermanas
negras y desnudas
y hacen alzarse en mí
esta noche
crepúsculos negros cargados de sensual emoción
el alma del negro país donde duermen los antepasados
vive y habla
esta noche
en la fuerza inquieta a lo largo de tu lomo hueco
en el ritmo indolente de un andar orgulloso
que deja cuando marchas
en el rastro de tus pasos
la fiera llamada de las noches
que dilata y que llena
la inmensa pulsación de los tam-tam febriles
pues
en tu voz sobre todo
tu voz con timbre nostálgico
tu voz que se acuerda
vibra y llora
esta noche
el alma del negro país donde duermen los antepasados.

 

Traducción de Tomás Segovia

Night Club

Sobre la pista desierta donde gira con lentitud
una pareja hierática,
dos guitarras vierten, eléctricas,
una lluvia de piezas de oro que nadie recoge.

Hago la selección de mis riquezas: ay, primo
la laguna de tus ojos,
no me tiraré en ella;
segundo
el banjo de tu voz
que no oiré;
tercio,
el fuego vivo de las joyas sobre la seda de tu piel
no lo tocaré.

No antes de que empiece dentro de poco
la danza sangrienta de los cuchillos
en tu alto pecho de emperatriz bantú
después de solo dos o tres copas
de ese ron azogue
que hace flamear, muy alta en este momento,
la llama breve de tu belleza.

Vestida de neón verde, otra muchacha me espera
avanzando, ya con un pie en las nubes
sobre la vertiente nocturna
de mi rutina vertical: Esperanza.

 

Traducción de Noel Alonso Ginoris

Mayo de 1967

Eran quince, según cuentan. Veinte quizás. O tal vez cincuenta.
Nunca se supo. O vosotros
a quienes mataron dos veces,
¿quién pues os conoció?

Ibais a reclamar en el nombre de Dios y de los principios,
a reclamar vuestro derecho,
en el nombre de Dios y de los principios
en el nombre del Padre, del Hijo, en el nombre del Espíritu Santo,
en el nombre del Mariscal,
en el nombre del General,
en el nombre de la moral…

Fue entonces cuando ladraron las ametralladoras.

Bailadores fulminados en medio del ballet, vuestras bocas,
se cerraron brutalmente bajo una mordaza
de barro ensangrentado.
Y se crisparon vuestras manos callosas
sobre los guijarros calientes de las balas.

Vuestros nombres que no anotó nadie
¿servirán algún día de santo y seña a los pájaros de las
tempestades?

Vuestra sangre
¿acaso chamuscará, por las noches de rebelión,
en la llama roja
de las rosas Cayena?
¿Y hará falta, mientras tanto, que se le pinche el ojo al sol
y que rompamos nuestras guitarras?

Digo, camaradas, que pese a las radios amnésicas
y al silencio de los periódicos,
digo que
si grito Karukera
vuestras voces responderán,
vuestras voces repicarán, allá lejos, poco antes
de despuntar el alba:
¡bacanales de campanas
un sábado de Gloria!

A la memoria de Albert Reville (alias Paul Niger)

Renuncio a cantarte, camarada. Pero, más allá de la muerte y por intermedio de Saint-John Perse, nuestro maestro de elección y el más grande de todos, proseguimos el diálogo que cada uno de nuestros encuentros reanudaba con la piedad de un rito.

Yo preludiaba entonces en voz baja:

“Y no es que un hombre no esté triste, pero levantándose de madrugada y manteniéndose con prudencia en el comercio de un viejo árbol, apoyado del mentón a la última estrella, él ve en el fondo del cielo en ayunas grandes cosas puras que tiran al placer”.

A lo que, haciendo eco, tú respondías:

“De mi hermano el poeta se recibió noticias. Volvió a escribir una cosa muy dulce. Y algunos tuvieron conocimiento de ella…”


Poemas extraídos de los libros Feuilles Vivantes au Matin, de G. Tirolien, y de Identidades, poesía negra de América Latina.