Eloy Enrique Valdés | Carne propia

Eloy Enrique Valdés (Sancti Spíritus, Cuba). Narrador, poeta y editor. Ha sido premiado en varios certámenes de narrativa. Obtiene la beca de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, Ciudad de La Habana, Cuba, 2002. Fundó el proyecto literario Cuadernos del Bongó Barcino, Barcelona, 2013. Ha publicado los libros: Agua por todas partes, Ed. Bacot, 2012. Tragedia de Taína y Arimao y otros cuentos, Ed. Bongó Barcino, 2017. Textos suyos aparecen en varias publicaciones literarias y antologías del mundo. Es miembro de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña. Títulos inéditos: Rabiche (novela), Cardo de cultivo (cuentos).

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CARNE PROPIA

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De manera silenciosa
se enciende el cigarro por mi mano
y no hay nada mejor, más inconsciente.
Hay días en que pienso
la herida ha desaparecido
que se ha extraviado
o que ha muerto, gráficamente.
Fuera de mí arrecia el bullicio
y dentro Kim Novak
la cuántica recreativa que leí
por gusto
desafía mi sentido achantado
que es común.
¿Quiere esto decir que la herida
no está ahí recosía gangrenosa
si nadie la mira?
Me veo y me deseo.
Misérrimo paupérrimo.
De manera silenciosa
fumo fumeiro
botafumeiro
fumando no espero.   

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PEINADOS CON RAYA

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(I)

El tren camina hacia el norte. Un violento gorgoteo sacude toda mi cabeza, siembra en mí confusión. Afuera, neblina y frío; dentro lo mismo. Enardecido golpeo mi reflejo sobre el ventanal, decir adiós. ¡Paz! ¡Qué maravilla! Vuelvo al plano panorámico, el mismo rostro con vetas policromadas, algo de optimismo y una bolsa con un mango y un cucurucho de Baracoa. Bosquejo, extrapolo, rodeo los años. ¿Añorar qué? Hay una tierrita familiar, marcada, que me desorienta o arrastra hacia un falso lirismo. Chuta el cuerpo un chorro de química. Presbicia. Dientes retorcidos como cardo ni oruga cultivo y una carne sin consistencia color pistacho sentencia: no hay escapatoria. Profunda futilidad. Decir adiós. ¡Paz! ¡Maravilloso! Tañe el silbato, al frenar de golpe se estremecen los vagones, no encontré mejor ocasión para escabullirme. Ya no eres de aquí ni de allá, no llegas a ninguna parte. ¡Ah, cuánto jolgorio le auguro!

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(II)

La agonía de estar vivo rechina como un aforismo, quizá una acotación pasmosa, un estrambote en el reflejo del agua que paraliza y no logra desprender lo fatal, este pánico del morir. Y yo disonante y pobre libertino sin esplendor, sin embargo decadente, igual si llega la risa o llega esa impotencia de frágil velamen, igual. Mercadería moderna, la sangre espera. ¿Quieres sangre azul? ¿Quieres privilegio y palacio? ¡Cuán pobre he de ser para anhelarte y tú, cuán maldita para ofrecerte!