Reineris Betancourt | Borde

Reineris Betancourt (Guantánamo, Cuba. 1994). Músico, narrador y poeta, miembro de la Asociación de Hermanos Saiz “Jóvenes escritores y artistas de Cuba” (AHS). Egresado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” (La Habana, Cuba).

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Borde

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Hay que replantearse el salto,
silbido lacerante y perpetuo.
Hay que tener las raíces bien puestas
en la carne,
aunque el precipicio no haga otra cosa
que masticar tus ojos.
Hay que llegar de codos sueltos,
con manos delgadas y curiosas.
Hay que lamer la orilla
como se lame un beso.
Y saltar a la hoguera,
saltar con los brazos extendidos.

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Tuve cuidado

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Necesité el vientre de mi madre para mirar el Atlántico,
fui pan derruido en su garganta
y vine al mundo con los pies en cruz, para justificar la crisis.
Tuve cuidado del Norte,
recé un Padre Nuestro en el patio
con el estómago lleno de mariposas.

Mi madre me dio el vientre para que me inventara un país,
un dios de manos húmedas a quien rezarle.
Ahora me rasco la serenidad de los otros,
se limpia el aliento, el sudor de lo terrible,
los ojos que almacenan ilusiones venéreas.
Necesité el vientre de mi madre,
su mano acariciándome las entrañas.

Me dolió la costilla un miércoles, no había mesa ni cubiertos,
y el malecón se tragaba cuanto quisiera.
Tuve un parque donde mi hermano lloró todos los días.
Mi hermano y yo, el eco de una Patria en el río.
Necesité el norte, el sur, cualquier distancia,
una proclama sobre mi abdomen.

Una muchacha tibia se partió entre mis manos,
su aliento roto en mi cuello,
creí ser un hombre,
el vientre no era necesario.
Era imprescindible correr,
volar hacia la luz
como si la luz fuera la vida o la muerte.

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Central Park

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Hermano pasea su perro en Central Park
y la tarde le ensucia los ojos.
Hermano recuerda,
tal gesto es un punzonazo en la ingle.
Su perro es viejo y le muerde las lágrimas,
queda una franja donde son bestias aclimatadas a la desolación.
Mi hermano alarga los brazos y puede reconocer a papá,
ese que se arruga en el balance y almuerza panecillos y periódicos,
this is my father brother,
el que se mira todas las mañanas y es un regaño,
tiene barba, los ojos dormidos
(terriblemente dormidos).
Hermano se detiene,
-es necesario-,
yo siento su respiración como una daga sanguinolenta,
su aliento que en zigzag me reconcilia.
Hermano y yo esperamos el decreto,
él, en Central Park,
yo no tengo perro que lama mis enfermedades,
ni que orine sobre una ciudad
que se nos hace gris, densa en la imaginación.

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Hello, brother

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Ahora somos dos balances a la orilla de un río,
la mueca de un adolescente estrenándose el sexo.
Sin ademanes, distanciados.
Es hora de inventarse un pariente que me insulte,
que arregle mis párpados cuando
me den pescozones en la sonrisa.
Ahora somos dos huecos en la esquina de un puente,
apenas veo tu saludo, hello, brother.
Me da por pensar que has vuelto,
que tiendes el frío del norte en la sábana
donde mamá se murió esperándote,
le besas el ardor en el estómago,
ella realiza una mueca y se destruye
-de nuevo, eternizada-,
como si su muerte fuera un orificio en la camisa.

Justo ahora me haces falta,
pero somos dos balances a la orilla de un río,
cada cual sentado en la vida que prefiere,
que supuestamente le corresponde.

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Llevar la isla

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                                                                                                        Soy una isla,
                                                                                           que es lo mismo decir
                                                                  una leyenda, una espera, un silencio.
                                                                                                         Kenia Leyva

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Traigo mi isla debajo del brazo,
nadie pregunta,
qué importancia tiene un cocodrilo verde.
Sus voces no me duelen en el rostro,
ni me hacen volver la mirada
hacia aquellos pies descalzos.

Me inclino,
la desdobles de mis rodillas
y el sudor borrándome el nombre
es todo cuanto necesito para llevar la isla.
No resulta sencillo alejarse de ese borde gris,
donde un remo mastica la sal
-movimiento imperceptible-.

Voy camino a no sé dónde,
puede haber otras islas enterradas en otros mares,
otra ciudad abriendo sus piernas.
Aun la isla se protege bajo el brazo,
el polvo de sus edificios en caída libre me salpica.
Me detengo, siempre es así,
un insulto me corta el aire.

Mi isla puede valer dos hombres escapando de sí mismos,
un barco con alguien comiéndose el miedo de los otros
-los que se quedaron-
Mi isla bien puede valer un tiro en la nuca,
orificio inesperado en el cuerpo.

Mi isla, eternamente verde,
un cocodrilo con las fauces abiertas,
un dolor en medio del pecho,
mi isla,
la que se añeja bajo mi brazo ennegrecido.