Una entrevista a Elaine Vilar Madruga | Por Milho Montenegro

Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1986) es una de las creadoras más prominentes en la Cuba de hoy. La escritura es su universo, un trabajo al que se entrega con dignidad y consagración, y por el cual es conocida incluso en otras tierras más allá de los mares que muerden los flancos de la Isla. Pero toda entrega, toda consagración exige un alto costo en términos humanos, sociales y psicológicos, más aún si media la condición (que no anatema) de ser mujer: mujer-escritora, mujer-que piensa, mujer-que alza la frente ante los retos y traspiés que la vida y el oficio imponen.

«El hecho de ser mujer, y escribir desde un cuerpo femenino, marca mi horizonte de creación, pero no lo restringe», así dice esta poetisa que, a pesar de toda violencia, y por encima de todo estereotipo y rígido constructo, se sabe arquitecta de su propia experiencia.

En 2016 realizaste, junto al escritor Gonzalo Geraldo Peláez, la selección de poesía Devenir isla. Hacia una cartografía de poetas cubanas & chilenas, publicada por la Editorial Cinosargo. Al margen de esto, ¿por qué realizar una propuesta como ésta en pleno siglo XXI?

La idea nació a raíz de un viaje que hice a Chile. Allí entré en contacto con Gonzalo y con las poéticas de un grupo de mujeres con las que compartí espacio, lecturas y ciudad. Chile me sorprendió desde la creación y desde el oído. Cuando uno lee poesía, el proceso auditivo es indispensable. En ocasiones, cuando por naturaleza e incapacidad, vivimos atados a un solo contexto geográfico, nos acostumbramos a cierta uniformidad en las maneras de decir, de leer poesía, incluso en la estructura de los versos. Por decirlo de otra manera, en la repetición hay claustro y ese claustro es peligroso. A Chile tengo que agradecerle un hecho que es literario, pero también performativo: escuchar poesía no con el propósito de seguir las líneas de verso con la vista, como en la lectura mental que siempre los lectores nos gestamos inconscientemente, sino que este fue un acto más directo… si se quiere incluso más franco. La poesía se vive allá de otra manera. Al final quedé fascinada y así nació el proyecto, entre intercambios y lecturas.

Las antologías —es verdad que en los últimos años, la literatura cubana se ha convertido en el paraíso de las antologías: todos somos culpables y beneficiarios— pueden ser, simplemente, un ticket para una nueva publicación, una línea de currículo o, más fácil incluso, la forma que emplean algunos escritores para salir del anonimato y caminar hasta un punto de la senda con la esperanza que el resto del camino sea más fácil. Pero, como en todo, tanto en vida como en arte, muchas veces tendemos a centrarnos en el aspecto superficial de un fenómeno. Cuando trabajo en una antología o para una, siempre pienso que es la posibilidad de mostrar un punto de tu obra —un punto concreto en el mapa de tu obra— a un público diferente al del lector usual que sigue tu trabajo. Esta que realicé de escritoras cubanas y chilenas me dio la oportunidad de coordinar un proyecto sobre identidades femeninas, y sobre visiones poéticas de Latinoamérica. Así fue que entendí el concepto Isla: isla-mujer, isla-poesía, isla-libro, más allá de la tan llevada y traída (y aún hermosa) “maldita circunstancia del agua por todas partes”.

En arte no hay visión completa, solo una cuña del sentido, una cuña de la comprensión que puede ser transformada, seguida y ampliada. Cuando comencé a realizar este proceso me atraía también, y lo señalo como particularidad, el hecho de poder mostrar la poesía femenina cubana —joven, debo añadir, porque todas las autoras eran menores de 36 años— en otro contexto geográfico. Creo que esa fascinación auditiva que recibí como estímulo al escuchar poesía chilena sucederá en proceso inverso cuando lectores de otros países lean —y acuñen en las lecturas de su mente— la manera en que ciertas poetas cubanas entienden la creación y la palabra.

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¿Consideras que existe una poética que se desmarque desde lo psicológico-femenino como un universo auténtico y enriquecedor?

Primero, es preciso analizar qué es lo femenino más allá del constructo antropológico, cultural y social que nos han entregado. Lo femenino se expande más allá del cuerpo y de la psiquis, Milho, como también sucede con lo masculino. Y repito, para mí, ambos conceptos son constructos. Siempre que no sean cajas negras, cajas cerradas, me siento cómoda con la idea de gestar poéticas desde los bordes de ambos universos (pero también en lo liminal, la frontera siempre me ha resultado más atractiva que el enorme país del concepto). Toda experiencia poética, si es verdadera, ya es por sí misma auténtica y enriquecedora. No parte de otro punto ni va hacia otro punto. El hecho de ser mujer, y escribir desde un cuerpo femenino, marca mi horizonte de creación, pero no lo restringe. Lo marca porque vivo la experiencia de la vida desde este punto. En el arte, no obstante, nada es tan simple ni tan contenido, sino que hay eclosión y hay saltos, existe la posibilidad de escribir desde la piel del otro y eso no es negación, no deja de ser un universo auténtico y enriquecedor como el que más. Por eso es que a mi escritura le apetece el cruce de fronteras, de puntos de vista y de géneros. En mi experiencia, la identidad de la obra y del escritor son mundos en constante transformación; mundos con ciertos puntos de referencia, puntos cardinales, diría yo, existen núcleos estables mientras el resto de la materia de sentido se mueve, se sacude, se eviscera.

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¿Cómo valoras el status de la poesía escrita por mujeres en el contexto actual, aun cuando la sociedad mantiene patrones/esquemas/estereotipos/actitudes que ponderan lo patriarcal?

Es peligroso valorar la palabra “status” en literatura porque como dices, nuestra sociedad vive aún en un estadio patriarcal y sobre todo porque el “status” me resulta, por lo común, sinónimo de inmovilidad y muerte creativa. Lo que más me preocupa de todo esto que mencionas es el apartado de la condescendencia, quizás porque es el que he tenido que vivir en carne propia. En ocasiones, no siempre, pero en ocasiones, al hecho de ser mujer se agrega el plus de ser joven y ese es un paquete que no siempre le acomoda a todos. Ahí nace la condescendencia del otro que es tan peligrosa como la violencia porque incluye, de entrada, el concepto de que existe una cabeza más baja y otra más alta. La condescendencia es mi equivalente de la violación intelectual y te confieso que me molesta y me asquea.

Por otro lado, el mundo no es blanco ni negro, sino que está matizado en el abanico de colores de lo gris: creo que la literatura escrita por mujeres en Cuba es fuerte, tiene una tradición canónica que, quizás, se ha desdibujado un poco en los últimos años pero que, siento yo, puede reconstruirse (siempre desde los principios de la calidad y la originalidad, que en ocasiones fallan, ¡y cómo!) A mí, si me hablan de pilares poéticos —más que poéticos, de escritura— en nuestra literatura o en la universal, pienso enseguida en nombres femeninos. Lo que sí es peligroso, o tal parece a mis ojos, es el hecho de pensar que vivimos en un contexto cultural donde ese tipo de marginaciones y condescendencias no existen, en un país donde esos fenómenos no ocurren. Pues sí. Y a veces son tan evidentes que ni negándote a ver puedes ignorarlos. Lo que sucede es que hemos desarrollado una predisposición a ciertas formas de ignorancia y de facilismo intelectual que, dentro de un saco de males, lleva también el enmascaramiento. El hecho de portar máscaras no exime de la permanencia de la caja de Pandora.

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En tu caso personal, ¿asumes —de manera consciente o no— un rol/ postura/género en el instante de la escritura? ¿Es esto imprescindible para tu «Yo» autoral?

El instante de la escritura parte, en mi caso, desde el cuerpo y desde su nexo con la performatividad. Este es un proceso enraizado en mi cuerpo y en cómo este experimenta la realidad y sus cruzamientos. Pero nada es tan simple, Milho. Se enuncia fácil pero no, porque en creación todo es rizoma. La literatura es consciente. Y es conciencia. Para trabajar con esa materia sensible acudo al cuerpo, pero —de nuevo lo repito— no como la frontera última, no como la muralla limitante. Detrás de la muralla hay otros espacios y esos también me interesan. La experiencia ser mujer y vivir en un cuerpo cisgénero no puede impedirme ir más allá ni quedarme en un coto de caza fijo, a la espera de lo que ya conozco. Hay procesos imprescindibles en mi creación y en el punto de escritura que elijo como horizonte de partida, pero no siempre hablo precisamente del género. O puede que sí, en determinado libro o poema que lo requiera. Para mí es un recurso literario más, un recurso que se experimenta no solo en el mundo simbólico sino en el real, que ya tiene otros pespuntes y otros bordes. En esa realidad —aparte y contraste del proceso de escritura— sí asumo el proceso consciente de la creación desde el género. Es ahí donde el cuerpo se convierte en identidad performativa, pública y privada.

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Igual que de cada individuo, la sociedad dicta y espera comportamientos de la mujer, como parte necesaria e indisoluble para su expansión. ¿De qué manera afecta/influye esto en la obra de Elaine Vilar Madruga?

Antes te hablaba de la condescendencia. Y a veces me gustaría mencionar la dupla juventud + ser mujer. Dupla susceptible de convertirse en trinidad, muchas veces, cuando incluyes el talento. En ocasiones es difícil, Milho, interactuar con ciertas miradas que la sociedad coloca sobre ti e, incluso, desligar la vida literaria de la vida personal. Todo es un bucle. Todo es un bucle enredado. En mi obra existe la angustia. Puedes buscarla hasta en los rincones y aparecerá. La angustia por el tiempo perdido, la angustia ante la cercanía de la entropía, la angustia por la desintegración. Esas angustias existen en mi obra como una consecuencia —natural y perdurable— de la vida que me ha tocado y de las singularidades de ese mundo real que una no puede dejar fuera de la puerta. Es que es un mundo persistente, ¿sabes?, toca y toca hasta que le abres. O sopla y sopla hasta que la casa y la puerta se derriban. Créelo o no, Milho, en esa angustia hay un regocijo, y es el de experimentar algo que no sea la simple exposición que muchas veces nos convierte en goldfishs dentro de una pecera llamada mundo.

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¿Cuáles bondades y desafueros trae consigo el hecho de ser una mujer creadora en la Cuba de hoy?

Ni bondades ni desafueros. La realidad de la mujer creadora —y sus desafíos— es bastante similar a la de cualquier otra mujer en la Cuba que vivimos. Acaso tengamos una relación más peliaguda con la disposición del tiempo y del espacio en que nos desenvolvemos.

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Por lo general, una mujer inmersa en el universo de la creación, lleva también sobre los hombros la realidad de ser madre-esposa-trabajadora. ¿Es esto reto, lastre, o pábulo para la imaginación?

De nuevo iré a la escala de grises: todo es relativo. La experiencia de la vida y de la creación cambia, sin dudas, cuando incluyes a otros en la disposición de tu universo. En Cuba, por ejemplo, se asume que el orden lógico de los factores lleve a las mujeres a ser madres y esposas, y solo luego algo más. Pero eso forma parte del mito, del constructo de la identidad femenina que heredamos. Por suerte, ese constructo comienza a ser dinamitado. Para mí, la imaginación y la creación no existen al margen de lo real, pero es necesario, por sanidad propia, hacer que los ámbitos de lo privado-creativo y lo privado-familiar sean anillos que coincidan en ciertas junturas, aunque no en todas. Al final, la creación es solitaria; no precisamente es un oficio que requiere de hacedores ermitaños, pero sí del silencio y la paciencia que solo se encuentran en el develado particular (muchas veces doloroso, muchas veces festivo) de lo que somos. Por lo demás, Milho, ¿qué puedo decir?, una es arquitecta de su propia experiencia.