Los oscuros hijos de Eva I. Aimé Césaire

¿Qué era lo que esperabais ver al retirar la mordaza que cerraba sus bocas negras? ¿Qué entonaran vuestras alabanzas? Y esas cabezas que nuestros padres habían doblegado por la fuerza hasta la tierra (…) ¿pensabais que, al levantarse, íbamos a leer la adoración en sus ojos?[1]

Jean-Paul Sartre

Eva metió mano a tener hijos y tuvo veinticuatro. El Señor vino de recorrido, llegó a casa de Eva y le preguntó que cuántos hijos tenía. Eva le dijo: -Tengo doce hijos. Y era porque Eva se avergonzó de tener tantos hijos delante del Señor.

Entonces el Señor le dijo: -Vengo a bautizarlos.

Entonces Eva sacó doce hijos. Y esos doce son blancos, pero los que Eva le negó y se quedaron en el cuarto cogiendo sombra, cuando los sacó eran negros.[1]

Este es un mito cubano, reescrito por Samuel Feijóo en su libro Mitología cubana, y supone una respuesta al origen de las dicotomías raciales en nuestro ámbito geográfico. Lo interesante aquí no es solo la sintaxis religiosa occidental que opera como estructura de validación de la génesis de la raza, sino su fragmentación semántica: la bendición, la luz pertenece a los hombres blancos, mientras que los hombres negros, recluidos en la oscuridad, son el resultado de la vergüenza. De manera que esto sugiere que el hombre negro no nace (no es ontológicamente), sino que es un fallo en la fórmula de procreación humana por parte de la perturbada Eva.

Así se ilustra entonces un proceso angustioso de jerarquización racial, donde el hombre blanco ha (híper)codificado, a partir del hombre negro, toda una red de diferencias hasta el caótico punto de considerarlos no-humanos.

El doctor Rogelio Rodríguez Coronel señala con respecto a esta narración mitológica que resume la historia de casi cinco siglos de las colisiones y resistencias de dos culturas que se cruzaron en el Caribe, y también el punto de vista de quien impuso sus valores, sus cánones, sus instituciones.[2] El negro, con su connotación peyorativa, su semiología somática, su “esencia inferior”, su señalización tenebrosa, hará su aparición en las “literaturas negreras” como resultado de la doble reducción mitológica que estructuró la falsa conciencia de una Europa “cristiana y blanca” y los estados de conciencia desesperada de los hijos de una África “pagana y negra”. A partir de estos arquetipos platónicos del modo de relaciones fetichistas de la esclavitud, se tendrán todas las variantes burlescas del negrismo de plantación.

Es así como se fijarán en los textos, no tan sólo europeos sino también americanos, frases y juicios sobre los negros del tipo: la negrura de su piel refleja la de su alma, o sus cuerpos son negros, pero tienen el alma inmaculada de los blancos. Esto es, a raíz de que el fenómeno negrista está ligado a lo que una serie de sociólogos e historiadores han llamado “aventura colonial del capitalismo”, donde las consideraciones económicas, sociológicas y psicológicas no sólo explican las diferentes clases sociales determinadas, a su vez, por las distintas funciones en los mecanismos de producción, sino aquellas aparecen fundamentadas en un principio ligado al distinto color de la piel.

Comienzo a trazar las coordenadas.

París, primera mitad de la década del 1930. De varias colonias francesas llegaban estudiantes a la academia parisina (no es solo porque París haya sido el referente mundial de las reformas académicas y del humanismo, sino que, por ser tan consciente de ello, desarrolló un pensamiento totalitario que pretendía que la cultura francesa debía extenderse al mundo y convertirse en norma). Se juntaron entonces Léopold Sédar Senghor (Senegal), Léon-Gontran Damas (Guyana francesa) y Aimé Césaire (Martinica). Tres experiencias coloniales distintas, formaciones lingüísticas complicadas que parten de residuos de idiomas vernáculos y del francés como mayor influencia. Asediados por los estigmas de su piel, víctimas de la deshumanización y del descalabro social, estos tres hombres se unen para consolidarse en una revista: L´etudiant noir (El estudiante negro), que desde su título, se ratifica como una revista a favor de la inclusión y antisegregacionista.

Aimé Césaire publica un artículo en el número 3 de la revista en el año 1935, hace alusión a un término que recorrerá buena parte de la historia de los negros, de África y de las Antillas: negritud (négritude en francés) que sobrepasa las preocupaciones de los antillanos que criticaban su sociedad, para incorporar las temáticas de la herencia cultural africana; lo anterior significa, entonces, que hay una actitud más amplia para entender que la negritud es compartida y, en otro plano, que esto contiene una problemática que no es de carácter puramente racial, sino que significa asumir una postura en la que existe un elemento ideológico que resolver.

Césaire ilustra esta idea al decir que el hombre negro está doblemente alienado: como proletario y como negro. Esa es la herencia principal que dejó el régimen esclavista en esa región. Esta idea será uno de los principios fundadores del movimiento literario-cultural denominado Négritude, que intenta responder a las inquietudes de un grupo de jóvenes estudiantes provenientes de las diversas colonias que Francia poseía a la sazón en África y el Caribe.

Propongo entonces reubicar los trazados cartográficos, todas las brújulas apuntan al Caribe. Estos fenómenos culturales e ideológicos de reivindicación y revalorización de los códigos de origen africano y de la población negra en el seno de las naciones caribeñas, es lo que caracterizó una de las maneras de la negritud.
Desde el punto de vista intelectual y estético, es insoslayable establecer que la literatura antillana ha sido el espejo privilegiado de los procesos transculturadores tal como se fueron dando en estas latitudes. Esta situación resulta ampliamente evidente si nos adscribimos a la teoría a partir de la cual la obra literaria, por ser un producto de la capacidad humana de ficcionalidad y trascendencia, plasma los logros, las carencias, los fracasos y las aspiraciones de las personas, desde una perspectiva de carácter semiótico. En esa perspectiva, la literatura antillana es un ejemplo paradigmático de aquel encuentro e identificación entre la realidad socio-cultural y las categorías simbólico-discursivas desplegadas en los textos literarios.

Esta región ha sido el escenario de numerosos avatares histórico-culturales: invasiones y ocupaciones de índole colonialista impulsadas, sobre todo, por España, Francia, Holanda e Inglaterra entre los siglos XVII y XIX y, más tarde por Estados Unidos (siglo XX). Al mismo tiempo, este sector fue el “depósito” de grandes contingentes de esclavos provenientes de África subsahariana.

Es Aimé Césaire quien bautiza el movimiento, Léon Gontran Damas expresa su espíritu en lenguaje poético y Léopold Sédar Senghor le da cuerpo teórico y filosófico. ¿Por qué la denominación de négritude? La respuesta es de Aimé Césaire: Como en las Antillas se sentía vergüenza de ser negro, se buscaba todo tipo de perífrasis para designar a un negro. Se empleaba la palabra noir en lugar de nègre, se decía un hombre moreno y otras tonterías por el estilo; tomamos, pues, la palabra nègre como una palabra reto. Era un nombre de desafío. Era un poco la reacción de un joven encolerizado. Como había vergüenza de la palabra nègre, pues retomamos la palabra nègre. (…) Algunos pensaban que la palabra nègre era demasiado ofensiva, demasiado agresiva; fue entonces que me tomé la libertad de hablar de négritude. Había en nosotros una voluntad de desafío, una afirmación violenta en la palabra nègre y en la palabra négritude.[3]

El movimiento de la négritude tiene el mérito de haber recuperado un estatus identitario de las colectividades sometidas de raza negra al mismo nivel que otras colectividades de pretendida superioridad; de haber instalado en las representaciones culturales europeas una imagen renovada de dignidad y creatividad de los pueblos negros; de haber transformado la carga de valores negativos de los negros en un redescubrimiento positivo de la cultura negra proveniente de África. El mismo Aimé Césaire, en un maravilloso poema, construye el concepto de negritud:

Mi negritud no es una piedra, su sordera precipitada/contra el clamor del día/mi negritud no es una fuente de agua putrefacta en el ojo/muerto de la tierra/mi negritud no es ni una torre ni una catedral/ella se sumerge en la piel roja del sol/ella se sumerge en la piel ardiente del cielo/ella rompe el agobio que produce la paciencia.

Aimé Césaire

Así, convertido en poesía, el concepto de negritud abre espacio para que se desarrolle toda una literatura que revitaliza al hombre negro, lo saca del margen silente y lo hace visible al mundo; de esa forma el hombre negro de las Antillas reconstruye su historia hecha añicos durante siglos, se halla a sí mismo en unión con sus ancestros vernáculos y se reconfigura en su nuevo locus geográfico, donde conciliará todos sus patrones cosmogónicos y culturales. En Elogio de la creolidad se apunta que la negritud de Césaire fue la que nos abrió la vía hacia el “aquí” de una Antillanidad digna de ser postulada y encaminada hacia otro nivel de autenticidad que no tenía nombre todavía. La negritud de Césaire es un bautismo; el acto primario de nuestra identidad restituida.[4]

Estaré presentando la poesía de algunos poetas de la región caribeña que han desarrollado sus poéticas en el marco de la negritud. Hoy presento a uno de sus fundadores, Aimé Césaire.

La poesía de Aimé Césaire, en este contexto, resultará una expresión del poder convocatorio de las palabras, donde las imágenes cobran consistencia sin pasar por el simple verbalismo, sino que se hacen plenas en virtud de las sensaciones que las provocan. Además, agrego, no obedece a una intención de jugar con la libre asociación o el automatismo síquico, es más bien un esfuerzo por manifestar, honestamente, lo ancestral, lo propio enajenado en este caso. Las palabras de Césaire alcanzan la cercanía de la experiencia, pues entre lo dicho y lo representado, se abre una brecha que se completa como imagen de una realidad, o de un efecto de realidad si se quiere, en el que se apoya la acción poética: el retorno, para desenajenarse:

…Partir… llegaré liso y joven a ese a ese país mío/y le diré a ese país con cuyo barro fue amasada mi carne:/Erré largamente y he aquí/que regreso al horror desertado de tus llagas./Y viniendo me diré a mí mismo:/Y sobre todo cuerpo mío y también alma,/no os crucéis de brazos en la actitud estéril de espectador,/ pues la vida no es un espectáculo, porque un mar de dolores/no es un proscenio, porque un hombre que grita no es un/oso que baila…[5]

Al conocer el alcance de la negritud, Césaire nos ubica en un punto de su poesía y del espacio creado con ella que se resuelve fuera del poema, en una especie de estética de la provocación, cuya forma expresiva se abre, virtualmente, como una liberación, liberación de una interioridad y de una identidad en un espacio real: Martinica.

En tal sentido es que hablo de la virtualidad de la liberación  que opera como dadora de identidad, esto es, una identidad que va en una dirección dinamizada por la historia, donde, desde un punto de vista literario, pensamos que la poesía ha dado interioridad a esa historia, sin que esta, evidentemente, haya sido resuelta. No obstante, en términos del mismo Aimé Césaire, la identidad es el arraigo. Pero también el paso, paso universal(…)[6], de modo que en su proyecto está presente la intención de integrarse a una comunidad más amplia, la ruptura del particularismo, incluso el racial, lo cual le lleva a poner como centro más bien su fe en la palabra poética (sometí la lengua francesa a lo que yo quería decir) y la reconciliación de los mundos culturales africano, caribeño y europeo.

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Cinco  poemas de Aimé Césaire

Lluvia

Lluvia que en tus más reprensibles desbordamientos no
te preocupas
de olvidar que las muchachas de Chiriqui de pronto sacan
de su corpiño nocturno una lámpara hecha de luciérnagas
emocionantes.
Lluvia capaz de todo menos de lavar la sangre que corre por los dedos de los asesinos de los pueblos sorprendidos bajo
los inmensos bosques de la inocencia.

Perdición

golpearemos el aire nuevo con nuestras cabezas acorazadas
golpearemos el sol con nuestras palmas grandemente abiertas
golpearemos el suelo con el pie desnudo de nuestras voces
las flores machos dormirán en las caletas de los espejos
y la propia armadura de los trilobitas
se humillará en el mediodía de siempre
sobre las tiernas gargantas henchidas con minas de leche
¿y no franquearemos acaso el pórtico
el pórtico de las perdiciones?
un vigoroso camino con venenosas amarilladuras
tibio
donde retozan los búfalos de las cóleras insumisas
corre
tragando la brida de los maduros tornados
hacia los baliceros sonoros de los crepúsculos ricos

Poema para el alba

Arrebatos de carne viva
en los estíos explayados de la corteza cerebral
han flagelado los contornos de la tierra
los ranforinquios en el sarcasmo de sus colas
captan el viento
el viento que ya no tiene espada
el viento que ya no es sino una caña de pescar los frutos de
todas las estaciones del cielo
manos abiertas
manos verdes
para las bellas fiestas de las funciones anhídridas
nevarán adorables crepúsculos sobre las manos tronchadas de las
memorias respirantes
y de ahí
sobre las grietas de nuestros labios de Orinoco desesperado
la feliz ternura de las islas mecidas por el pecho adolescente
de las fuentes del mar
y en el aire y en el pan siempre renaciente de los esfuerzos
musculares
el alba irresistible abierta bajo la hoja
cual claror el impulso espinoso de las belladonas

Para que vuelva el tiempo de promisión

para que vuelva el tiempo de promisión
y el pájaro que sabía mi nombre
y la mujer que tenía mil nombres
de fuente de sol de lágrimas
y sus cabellos de jaramugo
y sus pasos mis climas
y sus ojos mis estaciones
y los días sin daño
y las noches sin ofensa
y las estrellas de confidencia
y el viento de connivencia
¿Pero quién voltea mi voz? ¿Quién desuella
mi voz hundiéndome en la garganta
mil ganchos de bambú? Mil
estacas de erizo. Eres tú sucio pedazo
de mundo. Sucio pedazo de amanecer.
Eres tú sucio odio. Eres tú peso
del insulto y cien años de latigazos.
Eres tú cien años de mi paciencia,
cien años de mis desvelos
justamente para no morir.
rooh oh
cantarnos las flores venenosas
que estallan en praderas furibundas;
los cielos de amor cortados de embolia;
las mañanas epilépticas; el blanco abrazo
de las arenas abismales, los descensos
de pecios en las noches fulminadas
por olores fieros.

Cuaderno del retorno al país natal (fragmento)

[…]

Lo que es mío también: una pequeña celda en los Jura
una pequeña celda, la nieve cubre de blanco
sus barrotes
la nieve es un carcelero blanco que monta guardia
ante una prisión.
Lo que es mío
es un hombre solo prisionero de blanco
es un hombre solo que desafía los gritos blancos de la
muerte blanca
(TOUSSAINT, TOUSSAINT LOUVERTURE)
es un hombre solo que fascina al gavilán blanco
de la muerte blanca
es un hombre solo en el mar infecundo de arena blanca
es un mulato viejo que se levanta contra las aguas
del cielo
La muerte describe un círculo brillante sobre este
hombre
la muerte riega estrellas suavemente sobre su cabeza
la muerte sopla, loca, en el cañaveral maduro de
sus brazos
la muerte galopa en la prisión como un caballo blanco
la muerte brilla en la sombra como ojos de gato
la muerte hipa como el agua bajo los Cayos
la muerte es un pájaro herido
la muerte mengua
la muerte vacila
la muerte es un pecarí sombrío
la muerte expira en una blanca charca de silencio.

[…]

mi negritud no es una piedra, su sordera
acometida contra el clamor del día
mi negritud no es una mancha de agua muerta
sobre el ojo muerto de la tierra
mi negritud no es ni una torre ni una catedral
ella penetra en la carne roja de la tierra
ella penetra en la carne ardiente del cielo
ella atraviesa el abatimiento oscuro
de su erguida paciencia.
¡Eïa por el cailcedrato real!
¡Eïa por los que nunca han inventado nada
por los que nunca han explorado nada
por los que nunca han dominado nada
pero se abandonan sobrecogidos a la esencia de
todas las cosas
ignorantes de lo superficial pero sobrecogidos por el
movimiento
de todas las cosas
despreocupados por domeñar, pero jugando el juego del
mundo
¡verdaderamente los hijos primogénitos del mundo
abiertos los poros a todos los hálitos del mundo
área fraterna de todos los hálitos del mundo
lecho sin drenaje de todas las aguas del mundo
chispa del fuego sagrado del mundo
carne de la carne del mundo que palpita
con el movimiento mismo del mundo!

[…]

La negrería con sus olores de cebolla frita vuelve a
encontrar
en su sangre derramada el gusto amargo de la libertad
y está de pie la negrería
la negrería sentada
inesperadamente de pie
de pie en la cala
de pie en las cabinas
de pie en el puente
de pie al viento
de pie bajo el sol
de pie en la sangre
de pie
y
libre
de pie y no pobre loca en su libertad y su
desenfreno marítimos girando en deriva perfecta
y hela aquí
ya no inesperadamente de pie
de pie en los cordajes
de pie en la barra
de pie en la brújula
de pie en el mapa
de pie bajo las estrellas
de pie
y
libre
y el navío lustral avanza imperturbable sobre las aguas
desplomadas

[…]


Bibliografía

[1] Jean-Paul Sartre. Prólogo a  Antología de la nueva poesía negra y malgache. Compilado por Léopold Sédar Senghor. París 1948.

2 Samuel Feijóo: Mitología cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986, p.47.

3 Rogelio Rodríguez Coronel: Crítica al paso. Ediciones Unión, La Habana 1998, p.17.

4 Jean Bernabé, Patrick Chamoiseau y Raphaël Confiant. Elogio de la creolidad, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana 2013, pp.28-29.

5 Aimé Césaire. Retorno al país natal. Molina y Compañía Editores, Colección de Textos Poéticos. Traducción de Lydia Cabrera. Prefacio de Benjamin Péret. Ilustraciones de Wifredo Lam. La Habana, 1945.

6 Ibídem: entrevista en Correo de la Unesco, mayo de 1997, pág. 6

7 Identidades. Poesía negra de América. Antología. Editorial Arte y Literatura. La Habana, Cuba, 2017.

[1] Samuel Feijóo: Mitología cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1986, p.47.

[2] Rogelio Rodríguez Coronel: Crítica al paso. Ediciones Unión, La Habana 1998, p.17.

[3] Entrevista a Aimé Césaire. Formato Digital

[4]Bernabé, Jean; Patrick Chamoiseau y Raphaël Confiant. Elogio de la creolidad, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana 2013, pp.28-29.

[5]Césaire, Aimé. Retorno al país natal. Molina y Compañía Editores, Colección de Textos Poéticos. Traducción de Lydia Cabrera. Prefacio de Benjamin Péret. Ilustraciones de Wifredo Lam. La Habana, 1945.

[6] Césaire, Aimé: entrevista en Correo de la Unesco, mayo de 1997, pág. 6