En soledad | Ramón López Velarde

Iba enlutada y sola, por la banqueta de las casas consistoriales, y el grito del centinela resonaba en la noche con eco lúgubre, y los faroles antiguos iluminaban la cabeza de la amable provinciana… Es un gran recuerdo. Regresaba yo al terruño, a la ciudad pintoresca cuyos muros abrigan a la mujer alta y pálida que el corazón prefiere. Ya anochecido, salí de la casa de los abuelos a vagar por el jardín que perfuman los naranjos y en el que los rosales se cuajan en un florecer desbordante, como si se cubriesen con amplios linos extendidos sobre la tiniebla del follaje. Frente al jardín está la cárcel con su centinela y sus faroles. Y aspirando yo los azahares nupciales y deleitándome con un piano que sonaba no sé en dónde, la vi venir con su luto poema y su frente blanca y su estatura eminente, bajo la luz mortecina de los faroles. Las campanadas del reloj eclesiástico caían sobre las piedras de la calle desierta, por la que iba la amada provinciana sin un chiquillo de la mano, sin una amiga del brazo, sola como un fantasma. ¡Alerta!, gritó el centinela, con voz rutinaria, y alerta estaba el viejo amor, extendiéndose, extendiéndose sobre la banqueta de las casas consistoriales, como una alfombra romántica, para que Ella pasase enlutada y sola… ¡Oh recuerdo, embriágame!

La soledad en que vives tiene un prestigio singular. Estás sola en tu casa como en mi mismo corazón. Eres única siempre; única fuera de mí, única dentro de mí. Bien sé que cuando la visito, tu sola alma es la que trasciende como una esencia sutil en el corredor en que los canarios alborotan, en la sala, en la alcoba, en el patio con los árboles…

En los momentos en que piensas en mí, la soledad será propicia a la emoción, y mi imagen avasallará todo tu ser, como se avasalla la conciencia cándida de una niña; y tus suspiros serán plenamente míos y tu vibración sentimental íntegra será para mí.

Sin el auxilio de la soledad yo no podría absorberte. Porque si contigo crecieran hermanas, el coro de sus risas te distraería de la meditación. Tal vez entonces no te arrancase lágrimas contemplar al pilluelo que en una tarde de lluvia toca la vidriera pidiendo limosna. Quizá entonces no te invadirían sombras de tristeza ante los pequeños infortunios: una planta que se seca, un canario que amanece muerto, una paloma que vuelve con un ala herida…

La soledad es gemela del silencio y también el silencio te educa, porque el encerrarte dentro de él como en una esfera de oro, se afina tu espíritu.

Envuelta en el silencio comprendes el sentido oculto del temblor de las frondas y de las cintilaciones de las estrellas, y abismada en la soledad descubres el afán hondo con que se desborda la sangre en la entraña noble que palpita por mí.

Meritoria vida es la tuya, flor de provincia.

Despiertas con el alba, y vas por la calle cuando la algarabía de los nidos alterna con los acentos ladinos de las esquilas (y los pájaros mozos te saludan, y las rosas te dan su incienso fragante de la mañana); pules las macetas, cuidas a los pájaros y haces labor en la rueca sin que Fausto te importune. Rezas como una novicia experta en la contemplación, y trabajas como una doncella diligente. Extática y laboriosa, me consagras el tesoro de tus sueños. Eres gallarda, activa y amable como una torcaz.

Vuelo a mi recuerdo… Por la banqueta de las casas consistoriales, bajo la luz mortecina de los faroles, mientras perfumaba el azahar, ibas enlutada y sola…