Néstor Mendoza | Ojiva

Néstor Mendoza (Mariara, Venezuela, 1985).  Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Ha publicado tres poemarios: Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011;  Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015) y Ojiva (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas» 2016. Su trabajo poético figura en algunas selecciones dentro y fuera de su país natal, entre ellas, Destinos portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente (Vallejo & Co., Lima, 2015); Tiempos grotescos (revista Ritmo, UNAM, México, 2015); Nuevo país de las letras (Banesco, Caracas, 2016), Lyrikaus Venezuela. Nochbleibtuns das Haus (Hochroth Heidelberg, Alemania, 2018) y Antología de poesía iberoamericana actual (ExLibric, Málaga, 2018). Forma parte del consejo de redacción de la revista Poesía, de Ediciones «Letra Muerta», de Poemashumanos.com y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano.

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XVI

Quienes veían el descenso de la ojiva
de pronto recordaron todo lo vivido
y todo lo que no pudieron vivir; fue tanta
la impresión y tan claras las imágenes
de los recuerdos que con toda seguridad
reconstruyeron viejas escenas de tactos
y roces entre la maleza, diríase que fotogramas
de una película en blanco y negro, con la
exactitud de quien recuerda los episodios
de burlas adolescentes o rechazos en pistas
de baile. Eso no se olvida, tampoco
el impacto y la detonación.
La olla podía ser la llaga y dentro
de ella se cocía rápido la pobreza.
La olla que dentro lleva agua
y algunos retazos de verduras, puntas
de yuca, pedazos irregulares de ahuyama,
tomates mallugados, que se pidieron o se
robaron; no importa pues importa
solo el hervido rápido, el hueso que
dentro se calienta solo sin carne
para todos los que alrededor están,
los que esperan una parte de esta
cocción en plena avenida, a la luz del
día, mi día, tu día, este día en que todo
es posible, incluso comer sin ventanas;
comer a la intemperie que nos une
en su completo desgano. Y de nuevo
la olla apaleada, tan usada, que se va
oscureciendo de tanta ceniza adherida
a su cuerpo plateado, ahora negro,
por siempre negro de tanto arder.
La luz, la luz, te ruegan tus hijos que
confunden al redentor con desaparición.
Se fue la luz: tan ausente estaba de las paredes
internas de las guaridas, establecimientos
donde las personas suelen esperar pacientemente
la huida hacia otros planos menos corporales,
justo después de la huida de la luz, no la luz de ojiva,
esa no, sino la otra luz que se genera para
que no haya necesidad de nuevas devociones con velones,
cirios y otras maneras de ahuyentar lo oscuro.
Ese cuerpo no debía irse así, esos cuerpos pequeños,
crecidos, neonatos, sexagenarios, pobres cuerpos,
enrojecidos, blanqueados, verdosos, no amados.

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XV


Huevo que cae y no se rompe
aunque caiga sin bridas del cielo.
Déjate caer y no nos rompas
los huesos con tu centro.
Huevo sideral que de improviso
caes en esta tierra árida, a esta hora.
Huevo de metal o líquido, no destruyas
estos cuerpos que, aunque débiles,
desean seguir tocándose, caminar,
hablar; ovoide que cumple un objetivo
y una dirección, que llegas del cielo,
desde una altura que no podemos
precisar, no nos prives de la respiración.
Acostado, en camilla y en el suelo te rezo,
huevo, ojiva que bajas y que pretendes
darnos la esperada desaparición. Hacia
bajo vienes sin pastillas, acaso vienes con
escasas maletas y alimentos, en cambio
sí vienes con ruido, oh huevo, mucho ruido
y con mucho verbo, con aniquilación.
No nos enseñaron a dejar atrás el mal
y abrirle surcos a la luz, ahora sí, benigna,
que no ciega o aniquila sino que en bello
coro nos da la bienvenida a un nuevo hogar.
Esa luz aún no llega o no la han dejado bajar,
manar, pasearse aquí entre quienes observan
cuerpos celestes que caen, detrás de la neblina,
cortina gris de la calina, calles de la niñez,
tranquilas, cómo podremos volver a tenerlas.

XIV

La simpleza de la punta, alargada en el ápice
y más ancha y abarcadora, gorda, en la cola.
No precisamente un triángulo, pero sí una
superficie cónica, casi cónica vista con estos
pobres ojos humanos, cansados, aletargados
de tanto mirar el desespero de los que buscan
un refugio inútil para sobrevivir: una hoja
de plátano, un techo de zinc, una laja que cubra.
Así dicen que era la ojiva. No hay consenso.
La veían con el hechizo de verse desnudos
por primera vez; la veían y de esa forma reían
o lloraban por el posible redentor o asesino.
Una cabeza de huevo, más bien, una parte
del cuerpo y no el cuerpo entero era lo que se
venía encima, destructiva. Así era. Punta metálica,
ahora sí, era visible. No había duda. El terror
tenía punta y era metálica. Lo demás, no se sabe.
Si el miedo llegaba al cuerpo debía ser de metal
como la punta del huevo. Todo de hierro, la punta
de hierro. Cabeza bélica, de combate o de guerra,
la ojiva bajaba cielo abajo. Tripulada de muerte,
también podía ser líquida, bañándonos o inundándonos
de todo su centro viscoso. Entonces no era metálica.

XIII

Se detuvo. El proyectil se paró no se sabe
cuántos minutos pero solo se sabe que
se detuvo. Eso es comprobable y medible,
solo basta mirar hacia arriba en actitud
pasiva pero atenta. De esa manera sabremos
su densidad.  Acelera y veloz se detiene pocos
metros antes de precipitarse; luego asciende
y desciende y así continua por varias horas;
lo ancho de la ojiva parece de otra materia
maleable, obediente, tan verídica que muchos
intentan meter sus dedos para comprobar su
textura, olor y sabor; querían saber si su piel
era nutricia, comestible; en algún momento
todos alzaron sus dedos, nuevamente en unánime
coro; cantaban o balbuceaban una oración que
impidiera el golpe final en la tierra. La confusión
crece y en medio de todo el caos aún existe la
posibilidad de sentarse en sillas de plástico, plegables,
en colchonetas portátiles, en la espera de los alimentos
que de la ojiva bajan, ¿bajan?, de madrugada.

 


de Ojiva (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019)

Colaboración enviada por Gabriela Rosas