Carlos Monsiváis

Sobre el Metro las coronas

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Las personas ocupan el lugar
de los pensamientos. 

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WALLACE STEVENS

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Con frecuencia, en el Metro de la Ciudad de México me siento atrapado, al borde de la angustia. No me refiero sólo o principalmente a los apretujones sino al temor “metafisico”, el de perder para siempre el gusto por el espacio, y ya no nunca más sentirme a mis anchas.
Esto, mientras se me revela con estruendo mi falta de malicia corporal, mi inhabilidad para abrirme paso entre los agolpamientos de seres y camisetas y bolsas y preocupaciones laborales congeladas en gestos distantes. ¡Ay, profeta Moisés! No se han de apartar en mi provecho las aguas del Mar Rojo. ¡Quién tuviera un cuerpo para la vida cotidiana y otro, más flexible y elástico, sólo para el Metro! Sin la posesión de dos entidades corporales, incursionar en el Metro a las horas pico (casi todas), es nocivo para los ideales del avance personal en tiempos de crisis. El que posee un solo cuerpo y, además, gana muy poco, ve nulificarse las enseñanzas de los cursos de auto ayuda que no ha tomado por los demás, y siente que a su alrededor todo se derrumba con tal
de hacerle compañía. La persona se incrusta en la multitud y allí se queda, anulada, comprimida, y sin siquiera fuerzas para deprimirse. Y sólo se recupera al llegar al infinito de su recámara, que por un instante no le resulta pequeñísima.

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¿Hay algo semejante al “voyeurismo auditivo”? No me refiero a la imaginación que se alimenta de rumores, cualidad común y corriente.


Elogio de las penumbras