José Luis Morante | A punto de ver

José  Luis Morante  (El Bohodón, Ávila, 1956). Profesor de Ciencias Sociales, ensayista, crítico y poeta, desempeña un intenso quehacer literario. En 1989 creó  la revista  Luna Llena y coordinó durante diez años la revista gráfica y de textos  Prima Littera. Su escritura comienza en 1990 con el libro Rotonda con estatuas (Madrid, 1990). Ha conseguido reconocimientos como  el Premio Luis Cernuda, el Internacional de Poesía San Juan de la Cruz, o el Premio Hermanos Argensola. Selecciones de su obra poética se recogen en las antologías Mapa de ruta (2010) y Pulsaciones (2017). En prosa publicó el diario Reencuentros, el libro de entrevistas Palabras adentro y Protagonistas y secundarios, conjunto de artículos y reseñas. Ha preparado las ediciones Arquitecturas de la memoria, Ropa de calle e Hilo de oro, sobre Luis García Montero, Joan Margarit y Eloy Sánchez Rosillo. También prologó libros de Luis Felipe Comendador, Herme  G. Donis, Javier Sánchez Menéndez  y Karmelo C. Iribarren. Firmó los libros de aforismos Mejores días (2009) y Motivos personales (2015), y la edición de Aforismos e ideas líricas de Juan Ramón Jiménez (Sevilla, 2018).  En 2016 puso voz a la primera generación poética española del siglo XXI en la antología Re-generación. Colabora como crítico en las revistas Clarín, Turia, Ínsula y en el suplemento digital “Los Diablos Azules” de Infolibre.

Es responsable del blog “Puentes de Papel” http://puentesdepapel56.blogspot.com

Su último libro es A punto de ver (Polibea, 2019), una colección de haikus con un epílogo de aforismos metaliterarios. Presentamos una breve selección.

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EJERCICIO DE TALLER

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Lápices tenues

dibujan -dónde cabe…-

un dinosaurio.

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AMANECIDA

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Bebí en el sueño

-qué sed al despertar-

zumo de ti.

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OBSERVADOR

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Mientras te miro

la tarde no me nombra;

soy invisible.

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PASEO

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Un despertar

por caminos sin nadie.

Ser más distancia.

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INTERNADO

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Contagiaron su hielo

las paredes del claustro.

Reclaman frío.

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SOBRE LA CHIMENEA

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Una paloma

sobre la chimenea

se bebe el humo.

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BARBECHO

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El manchón blanco

duerme sobre la tarde.

De pronto, vuela.

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ANCIANOS EN EL PARQUE

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Fuera de sitio,

como viejos cacharros

en el trastero.

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EL VUELO DEL ZORZAL

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Apenas rozan

mis ojos el zorzal,

vuelan con él.

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SIERRA DE GREDOS

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Único y firme

el espolón de Gredos.

Umbría gris.

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ANOTACIONES

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Garabatos en el muro
Mensajes torpes en la nieve
del alba

BUSON

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El haiku teje en silencio, sin dogmas; cuando la poética se aleja de la emoción se refugia en el laboratorio.

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Quien siente una arbitraria mutilación del paisaje cuando cierra los ojos, no mira hacia dentro.

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Leo a San Juan de la Cruz. Percibo en el volar del haiku las cinco condiciones del pájaro solitario: va a lo más alto, no sufre compañía, pone el pico al aire, no tiene determinado color y canta suavemente.  

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La humilde sobriedad del esquema verbal contrasta con su riqueza perceptiva y su capacidad para crear geografías imaginarias.

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El tacto de las palabras recuerda la presión indecisa que muestra la mano de un niño cuando sale a la calle. Entre agarrar y soltar.

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Cada silencio es un potente generador de sentido.

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La percepción poética es una forma de conocimiento. En la lenta conquista del aprendizaje meditación, lectura, sosiego y piel.

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No me parece agotado el concepto de poesía estacional; pero es una cualidad compatible con la adhesión del haiku a las causas del corazón.

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Percibir el vacío como existencia cóncava y posibilidad de alojar dentro.

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A veces la fuerza creadora no recuerda. Confunde identidades: poeta y artesano.

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El texto expande experiencia estética. Aposa una contemplación transformada en vivencia interior.

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Dar aliento al atajo, esa comunicación directa entre poema y receptor que cuida la empatía y el afán de compartir.

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Perdura la imagen de alguien decepcionado por mi pregunta. No sabe que en la espesura de la realidad el desconcierto es una respuesta.

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Lo nada significativo, ese rastro cuajado de belleza.

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Cuando la escritura es más sentimental que racional brota el caos. Y su llegada tiene una condición dura e inhóspita, que hace daño a la voz.

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Sobre la mesa del taller creador, la noción del oficio, ese empeño en dominar la técnica para que fluya mansa e invisible, eficaz.

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Nunca sé dónde nace ese soplo inicial que dicta la amanecida del poema. Parece una grieta cerrada a la inteligencia discursiva. Pero está.

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Viene conmigo –equipaje en el tiempo- este acierto crítico de  Octavio Paz: “El haiku fue una crítica de la explicación y la reiteración, esas enfermedades de la poesía; el renga es una crítica del autor y la propiedad privada intelectual, esas enfermedades de la sociedad”.

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José Luis Morante, A punto de ver (Editorial Polibea, 2019)