Poesía Española: José Antonio Sáez

José Antonio Sáez (Albox, Almería, 1957) es profesor jubilado de Lengua Castellana y Literatura en Enseñanza Secundaria. Ha publicado los libros Vulnerado arcángel (1983), La visión de arena (1987 y 1988, 2.ª ed.), Árbol de iluminados (1991), Las aves que se fueron (1995), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La edad de la ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), Las Capitulaciones (2007), Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008), Gozos de nuestra Señora del Saliente (2010), En la otra ladera (2018) y Los ojos deseados (2019). Es autor de plaquettes y opúsculos poéticos como Certidumbre efímera (2004), Valle sin aurora (2005) y Diván de los amantes (2007); así como de la novela corta Virgina Woolf no pudo amarme (1983) y otras publicaciones de investigación y crítica literaria en torno a Miguel Hernández, Juan Ruiz Peña, Ramón Sijé, las revistas “Batarro” y “Nueva Poesía”, etc. Colabora actualmente en el suplemento literario «Cuadernos del Sur», del Diario Córdoba.

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EL SEÑOR DEL BOSQUE.

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(A la memoria de María Zambrano y José Ángel Valente).

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  Para el que emerge del interior de la espesura, oculto entre el tupido ramaje que lo cerca, aquél cuya presencia envuelven los claros del bosque y, como el pájaro solitario, no requiere compañía; el arrogante de sí, el soberbio, el confiado, el transparente y lúcido que recibe la lanzada de los rayos de sol e infunde su calor en el claustro vegetal con el aliento humeante; ése, el seguro en la testuz, que es opulencia y majestad del ser sagrado… Para el que se interna en el bosque y ramonea las hierbas mejores y más frescas, aquél que en la berrea se enfrenta al adversario, señor de sus sentidos más agudos, a quien siguen las hembras complacientes dispuestas a concebir y engendrar de su potestad. Para ti, dios del bosque, el reino frondoso que gobiernas, señor de los árboles egregios y los jardines opulentos por donde paseas seguro, ajeno y tan lejano al edén periférico. Tú, el conmovido, el experimentado, el dueño de sí y de los dominios que reconoces como propios, el respetado que refleja su imagen sobre el espejo de las aguas en donde abreva y, como Narciso, se contempla en ellas desde el orgullo y la complacencia. Aquél en quien se encarna y en quien toma forma una deidad suprema para mostrarse a otros ojos que escrutan en la hondura a que no tienen acceso los volubles y febles. Fecundo como la tierra fértil y las semillas que en su interior se pudren para brotar y hacerse al espacio en busca de la luz que tú posees: el protegido, el impasible, el que deja pasar el aire abundante, el disipado que derrocha en majestad y belleza. Nadie escuchó con semejante claridad tu llamada más íntima, tu invitación solitaria y a resguardo de los ojos ajenos.

  Subyugado, prendado, abducido por ti, te seguí en la fronda. Errabas por el sendero que conduce hacia el centro de ti mismo y saliste a mi encuentro, aun sabiendo que lo externo te hace vulnerable. Te asomaste a mi abismo donde el bosque delimita sus fronteras urgentes. Mostrabas con orgullo tu semblante, menospreciando el avistamiento ajeno. Eras como el alado doncel de las llanuras oteando tus pastos. Allí te vi pacer, rumiando hierbas nuevas que codicia tu olfato y son delicia al paladar gustoso. El don de tu ebriedad eras tú solo, magnífico galán del sotobosque. ¡Qué gallardía en tus patas más firmes que columnas y qué fuego en tus ojos de carbón encendido! Rítmico el palpitar del corazón en el pecho, tambor de los danzantes, agitado el aliento y aún sereno. ¿Acaso me buscabas en aquella ensenada desde donde avistaste la insinuante ladera cadenciosa por ver si aparecía? En ti fijé miradas, perfil que me adicionas, y escuché tu berrido como olifante que suena alertando al vigía, retumbando en los cielos, tronando en el silencio. Tras de ti se inclinaba el servil del bosque enamorado; pues tu presencia duele y tu ausencia se hace insoportable.

  Allí fue la berrea: acudieron galanes cortejando a las hembras y tú se lo impedías. ¡Salta, trota, carga, ciervo ligero, gamo del limpio herbazal y los claros del bosque acorralado! Te lanzaste en el ruedo aprestando embestidas con tu carga elocuente. Ellas así entendieron que eras el elegido, el llamado a cubrir en su vientre el vacío que las haría fecundas. Nunca la tierra yerma cubriera sus entrañas. Tus rivales, medrosos, huían de tu celo dejando a su paso el polvo y el quebranto. Sólo tú me venciste y me dejé ganar por tu alarde en el lance. ¡Qué me diste a beber aquel día, cuando entre los remansos del río o inmerso en la corriente, refrescaba mi rostro besado por las aguas! Pues allí insinuaste lo que yo presentía y me engolosinaste. Ahora ya no puedo sino ir a tu encuentro, galán de la espesura que tan caro te vendes y sólo a quien tú eliges le muestras tu figura, lo haces gozar de ti; pues le roza tu aliento y, postrado a tu porte soberbio, se abandona a tu forma, nulas sus facultades, nula su voluntad y el intelecto, nulo.

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EDÉN DE LAS CENIZAS
(Cabo de Gata)

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Cuerpo amortajado. No hay más luz que tu desnudez. Carne envuelta en los sudarios con que remontas la oscuridad y la noche. Tumba del cuerpo que reposa entre la languidez y el abandono. Así el paisaje entregado a esta luz que hiere, así las cadenas montañosas, así las calvas sierras, los montes del desierto; así los valles coronados de hermosura y pobreza, los oasis ocultos de palmeras feraces, así el palmito y los ocres, así la vasta extensión de la tierra humeante que deviene, extenuada, hasta el mar… De tu fragilidad, tu hermosura: allí donde la belleza es una con el cielo y las aguas. Carne desprovista de su atuendo, cuerpo expuesto sin rubor a los ojos, exhibido en su solemne desamparo bajo las notas de un réquiem. Ah de los cabellos ensortijados y los penetrantes ojos que miran con amor el espacio que incuban, y los brazos que ciñen avariciosamente el mar, y las dunas de los senos, y el vientre de la tierra que aún se sabe fecundo, y la llaga anhelante del deseo, y los muslos por donde se deslizan peces escurridizos en la cópula loca de los cuatro elementos: la tierra, el fuego, el aire, el agua…

No, no es la tierra la que aquí se impone. Ni siquiera el mar distante que golpea persistentemente los acantilados, ni las rocas lamidas en su condena por las olas, ni las piedras delicadas del fondo o de la playa, ni tampoco es la ventisca que pule caprichosamente las formas esculpidas de la vertiente barriendo el polvo que ciega, como la luz, al osado viajero que se interna en este círculo de fuego y de cenizas. Pues has venido a perderte, revelaré yo el secreto: El señor de este sitio, el dios soberbio que gobierna sin piedad el lugar de que hablo no es otro que el Sol que lo devora antes de entregarlo. Celoso él mismo, guardián de su criatura, cancerbero aguerrido que acorrala su presa antes de que deponga su actitud y venga a ser compartida. Este espacio fue sin duda un edén: lo es también ahora, cuando ya las cenizas volcánicas cubren las laderas de los montes que vienen a entregarse al mar como doncellas en la adolescencia. Hasta sus playas llegan voces antiguas, gritos de titanes y comerciantes lejanos que, en el inicio del tiempo, se rindieron a ellas. Toca el dedo de un demiurgo terrible la tierra ardiente, el quemado espectro del rostro perseguido bajo el espejo del firmamento. El cielo y el mar: lunas de azul intenso, ambos en variada gama de azules traslúcidos como piedras deslumbrantes. Algo sobrecoge el ánimo y, al mismo tiempo, hace partícipe al corazón de un gozo inefable.

En la playa, apenas unas aves surcan medrosas el aire ardiente. Semejan blancos trazos de un lienzo que se agita, puesto a secar al sol. Un único pájaro picotea el fruto quemado de una pita, cuyo cadáver nutre ahora el polvo llameante. Las pitas alardean de un falo que emula el priapismo. Donde alcanza la mirada, la cal de las paredes pone freno a la luz, la absorbe y compite con ella. Una casa en soledad es la vela de un barco sin su mástil o el ala incorpórea de un ave marina; las ruinas, su esqueleto. Solitarias, difuntas, sus paredes como cuerpos de náufragos arrastrados por la marea, vapuleados por las ondas de un delirio que hace vibrar el aire en la ardentía. Hasta llegar al mar, la tierra se demora en un respiro agónico. En los montes cercanos, la lava de volcanes dormidos petrificó deseos, huellas de atrevidos viajeros que hasta allí buscaron prolongar su osadía. Nada ata a los cuerpos en el vacío y algo inefable hace brotar las alas, proporciona ligereza y empuja la materia hacia el cristal del aire, del cielo y de las aguas que proporcionan alivio en este edén de las cenizas. Ellos se saben impelidos hacia calas secretas, tras los acantilados. Cuerpos emergidos que se atropellan, se precipitan y se vuelcan sin descanso en la ladera del otro. Miembros ya libres, depositados por las olas sobre la delicada arena de las playas, donde se diluyen el mundo y los deseos.

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MEMENTO MORI.

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Después de haber vivido tantos días felices
con que la vida quiso regalarle
y de haber relegado en el olvido
el desamor de otros tantos que el cielo,
indulgente, cedió a la desmemoria;
confió todo el amor que le cupiera
al Creador de quien lo recibió.
Fue tanta la gratitud que albergaba
su alma, y tan hondo el gozo que sentía
allí, en lo más recóndito (lejos ya los dolores,
las angustias, los temores, los miedos);
que sólo acertó a mojar con sus lágrimas
las manos de quienes le confortaban
y cerraron sus párpados en la gracia del vuelo.

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INSCRIPCIÓN SOBRE UNA TUMBA ANÓNIMA.

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Pues no me cupo otra gloria en este mundo
que servir a mi propia conciencia y no tuve
otros dueños que no fuesen el cultivo interior
y la dignidad exigible; pasé entre los hombres
desde el silencio en que ellos parecían ignorarlo.
Mas no creas que guardo rencor alguno,
ni tampoco a la vida que me dio, seguramente,
cuanto merecía y gané con mi único esfuerzo.
Que tuve momentos de gozo, como otros,
no es ningún secreto y agradezco su dádiva
a quienes me ofrecieron su amistad o su mesa,
estrecharon mi mano o me abrazaron.
No sean ajenas a ti, que pasas hoy ante mi tumba,
estas palabras que la lluvia, el sol y el tiempo
con implacable fiereza han desgastado.
Nada queda de mí ni mis menguados méritos.
Sólo esta ofrenda de amor que son mis huesos.