Carlos Zarzalejo | La ventana

Carlos Zarzalejo. En el año 2014 ganó el Premio Nacional de Poesía Monte Ávila Editores para autores inéditos con el poemario titulado: Subversivo. En el 2015 ganó el Festival Mundial de Poesía que organiza la Casa de las Letras Andrés Bello, con su libro titulado: Wake Up. En 2015 ganó la Bienal de Literatura Ramón Palomares con su libro titulado: “Viaje”. En el año 2017 quedó finalista en el Concurso Internacional de Poesía Altino, Italia, con su poema Manhattan Puede Esperar. Sus publicaciones en formato digital se pueden encontrar en Issuu y Amazon Kindle. Es docente en importantes universidades de Venezuela.

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LA VENTANA

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Y en silencio, con mi espada, atravesé tu aire hasta llegar como un mago a tus primeras imágenes. El agua, que para ti era un manantial, ahora está colgada donde antes había una foto de la familia. Y en verdad a mí no me importa porque ya tenía demasiados orificios en el corazón como para estar ocultando mi rostro. Entonces decidí tocar tus sentidos desde adentro, y recorrerte hasta llegar al mirador y ver la ciudad desde tus ojos. En realidad había austeros vacíos de juventud que aún no he podido solventar por el tema de las migraciones. Me explico; esta mañana me asomé por la ventana y te vi junto a otras de tus compañeras planificando lo que al parecer es un viaje hacia un sitio lejano, dicen que venden ajonjolí sin tantos récipes. Y yo me pregunté: ¿por qué tengo que estar preocupándome por eso si yo soy un árbol, supuestamente? Nos tomamos las raíces y como en un baile de Matisse giramos ciento ocho veces hasta llegar a donde teníamos que llegar. El olvido nunca entrará en nuestros cuadernos. No vives en el Líbano ni en Santa Cruz, pero tienes los labios redondos como el sol al mediodía. Tú eres la oliva que desata la navidad. Y quiero seguir viéndote desde la ventana.

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SERENATA

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Un hombre lleva serenata. Un hombre se sienta con el sol y es buen amigo. El amor deshabita su corteza. Suena una columna de acordes que impregna solo el aire. Ser Rey no es una pregunta. Suelta la letra, la cascada se desprende sobre un techo de lodo. El alud es la representación del momento en que el cantante se aferra a su propio sentimiento. Se le ve así, pudiéramos decir con una guitarra, pero eran solo memorias. Si prestas un poco de atención te darás cuenta que no es una melodía, mira bien, el hombre está herido, por donde canta.

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HABLA

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Rayando las paredes hasta que queden desnudas; la gente habla pero usa la piel. Ese acto que se encuentra más cercano a nosotros; un mostrador donde no solo hay huesos; un trazo olímpico que hemos aprendido del pasado; una buena señal. Decides irrumpir en la piedra, dejar los velorios en el frízer. Picarlos todos. Hacerlos añicos. Entrarle con rigor a los ladrillos con un látigo de fuego por donde sale la pintura. Queda ese testimonio de saña con la que una frase puede irrumpir en nuestras mentes. Es el momento en el que nadie se calla, incluyendo también a los espíritus, que son los primeros en poner las manos en la pared. Lanza la ráfaga.

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MUCHACHA EN LA SALA

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Es importante que haya sol; que duerma todo el día y amanezcan todas las penurias en una sola, y uno pudiera decirle que el tiempo se detuvo, que no tuvimos el coraje de envenenar a los Persas, tantas cosas que haríamos una larga lista de libros motivacionales, científicos, poesía. Habrá una luz tremenda cuando te asomes por el orificio de tu sonrisa. Y el mundo estará ahí para comerte y quizás no es el destino el que no espera amanecer. Los vientos son siempre nuevos, por eso el aire es un oficio.

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AHORA DUERMES

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Me niego a pensar que la tierra se ha tragado mis tenazas. Miro el tiempo en el gatillo. Ya no eres nadie; menos ahora con la cabeza llena de esquirlas de caramelos. Ven, siéntate a mi lado y déjame sentir tu paladar en mis venas. Ya no quiero que me mires como si te hubieras encontrado una cascara en la brisa. Déjate volar. Nunca más tendremos que irnos por los bajantes de ideas; tus pensamientos locos se lanzan por el balcón. Caes otra vez en el café de los abuelos y la gente pasa horrorizada viendo ese campo de ciruelas. Y no era así como yo te quería, viajera; último sector recostado sobre la vida. Última tú, siempre en los sillones del nanosegundo tic tac y callaste de repente dentro de las mandarinas, que no fueron uvas de nuevo. Empiezan a llover salamandras para los amantes. Te agarras de mi tristeza cuando por fin te veo saliendo sobre la risa; no eran los arpegios, no era la cerveza hedionda a vómito; te pasaste, te vas. Te dije que si te ibas cerraras la puerta  y la dejaste sobre la estación que miraba un tren. Me largo sobre tu fuente, pero más triste aún, ya no es suficiente una moneda. Necesito fermentar mi piel pero solo duermes. La mente la tengo pegada de tus rutinas. Cuando hicimos una casa sobre la arquitectura, conocimos la obra de Sebastiao y me recordaste lo tenebroso que fueron sus filos de Daime. Nos quedamos como ese rostro, momificado, casi sin alma pero con muchas preguntas, tantas que no cabrían en una bandada de loros. Ahora duermes milésima constante de hierro y bellas piernas de arena que cabrían en el Sahara. Ahora es más el tiempo que se pierde en la sed que en los clavos. No sirvió la luz; se fue todo contigo. Me pregunto hasta dónde podría llegar tu inventario de gestos y mi carencia de fe en el metrónomo. Se acabó, el diapasón lo tienes en la garganta. Caja de ecos, veinticinco veces bala. Así eras.

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Colaboración enviada por Gabriela Rosas

 

 

Posted in: Poesía Venezolana

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