Octavio Paz | Diario de un soñador

Yo me siento sobre todo un poeta. Eso es lo que yo quiero ser. No sé si lo sea. Mi pasión, lo central para mí, es la poesía. Pero al mismo tiempo creo que un poeta que escribe poesía todos los días se expone a escribir muchas tonterías. Hay que dejar para la poesía los mejores momentos. La poesía es como el amor. Escribir novelas o tratados de esto o aquello es una ocupación; la poesía no es una ocupación: es una pasión. ¿Qué puede hacer el poeta cuando no escribe poemas? En primer lugar, no hacer nada: sin ocio, no hay poesía. Pero aun así, le queda mucho tiempo al poeta para otros trabajos.

*

*

*

*

*

Vigilias IV

*

 

Ayer estuve con ella. Yo me encontraba destruido, rencoroso, herido y deseoso de herir. Un oscuro resentimiento me impelía, pero mis verdaderos sentimientos, cuidadosamente ocultos aún para mí mismo, se escondían en los pliegues de una retórica sentimental. En el fondo la odiaba porque existía, porque se me entregaba con toda ingenuidad. Ella se daba cuenta de mi tristeza y de mi secreta amargura. Me compadecía. En ese mismo instante, logrado lo que apetecía, la despreciaba y me despreciaba. Mi desprecio me llevaba a herirla, para después compadecerla y, así, poder amarla con nueva pureza. (Pero todos estos pensamientos, si ésa es la palabra que puede designar tales vergüenzas, me producían cólera y asco. Irremediable, brotó la infecundidad.) La tarde era transparente y el cielo, inmóvil, se fundía en la transparencia del aire y del silencio. Callamos durante algún tiempo. Las nubes giraban, movidas por un viento misterioso, impalpable, leve y extático balanceo. Había llovido y era un placer, un poco amargo, sentir en los pies la humedad de los charcos y respirar el vapor de la tierra. Yo no sabía si mi destino era la exaltación del amor, ahora que indefensa latía entre mis brazos, o si el amor era la destrucción de lo que se ama. Inclinó su cabeza en mi hombro. Estábamos de pie, junto a un gran árbol húmedo, que goteaba. Al mismo tiempo que la estrechaba veía, entre su pelo, el sol y el gran cielo, tímido y hondo. La respiré, como una esencia, Cerca de nosotros estaba una banca, en la que habíamos estado los días anteriores. La ocupaban dos gente, una pareja: nosotros mismos. Repuestos del asombro, nos acercamos, pero desaparecieron en el aire apenas nos movimos. No puedo recordar la clase de sentimiento que experimentamos: horror, alegría, pasmo. ¿Éramos nosotros? La besé y creí que nuestro amor era divino, que poseía una significación especial. Día feliz, día estremecido. Un misterio  mayor que nosotros, intervenía en nuestro amor. Y nuestra caricias tuvieron un extraño tinte, ungidas por lo sobrenatural. Poblábamos el mundo con la imagen de nuestro amor.

Quisiera ser tan fuerte y puro que mi humildad sólo fuera amor, sin fin ni deseo. Y que, ante mi humildad, no brotara la compasión. Quisiera ser inmóvil y duro, amante eterno, insaciable y, sin embargo, saciado diariamente. Amarla más allá de mí. Pero todo esto es orgullo y mi soledad no se llena con la luz del amor, sino con la sombra del amor.

El amor no es lento descubrimiento de la persona amada, ni el reconocimiento, en ella, de nuestros sueños y de nuestras esperanzas; ni, en fin, la revelación de lo valioso y de lo perfecto. ¡Dulce y atroz sueño, imagen que nuestra debilidad y nuestro descontento del mundo crean, en horas puras! Ni siquiera eres lo mejor de mí, ni lo peor ―como quisiera ser el vanidoso demonio del mal. No estás hecha de mi sueño, ni mi sed te engendra, ni naciste para satisfacerla. Imagino valiosa tu presencia porque mi inclinación quiere justificarse. Pero te amo por más secretos, profundos y fatales motivos. El hombre hombre no ama lo que quisiera amar, sino lo que necesita amar. Si somos veraces confesaremos que amamos lo desagradable, lo hiriente, lo imprevisto, todo aquello que nos da noticias de otro mundo que no es el nuestro y que muchas veces lo contradice. Mundo que quisiéramos destruir, absorber, poseer. Quiero que seas mía, para que dejes de ser. Te amo porque no eres mía, porque vives ajena a mí, ignorándome; porque tus sueños están poblados de imágenes que no comparto y porque solo tengo, en ti, evidencia del mundo extraño. Eres como un relámpago, como una daga, como una herida en la que bebo la sustancia perdida de la creación, imprevista revelación de que existe algo más que mi soledad y que mi sueño.

Saber que tienes deseos, sueños, preferencias, ha sido un descubrimientoinsólito. He descubierto que no es ese ídolo, esa criatura enigmática, vacía de todo lo que no fuera mi amor, que imaginaba. Existe, tiene una vida distinta. No es lo que yo pienso, no es mi creación. Ni mi sueño ni mi razón la han engendrado. Podría existir aun cuando yo no existiera. Mi amor no la modifica, ni la cambia.

No nos debemos quejar del abismo que nos separa, porque pertenece a nuestra naturaleza.

Amar es dar un salto moral.

La virtud es, según Diderot, un sacrificio. ¿Qué diremos, entonces, del sacrificio sin virtud? ¿No es esto, para algunos, el amor?

El homhombre en su búsqueda por la verdad se guarda mucho de encontrarla: podría destruirlo.

‹‹Ver las cosas como son›› consiste, en cierto modo, en no verlas.

Naturaleza polémica. Necesita de los otros para sentirse sola. Sólo se afirma en la dependencia.

Nada nos avergüenza tanto como nuestras virtudes pequeñas. Y estamos ciegos ante la pequeñez de nuestra virtud.

La fidelidad parece una deshonra a los modernos.

El caos no es desorden sino la sistemática repetición de algo que no tiene sentido y que, además, no tiene fin.

Estamos aducados en el diálogo interior; la unidad de la criatura consigo misma se nos aparece como aterradora.

No queremos ser, queremos transcurrir, vivir. Cambiar. Nos negamos a la Divinidad; hechizados por el mundo, por el cambio, corremos tras los fantasmas que el tiempo engendra, sujetos a la cadena estéril de las infinitas transformaciones.

‹‹Estoy vacío››, lleno de mí.