Yolanda Izard | Lumbre y ceniza

Yolanda Izard Anaya nació en Béjar (Salamanca) y vive en Valladolid. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca donde también cursó estudios de Bellas Artes, y ha cursado un posgrado en ELE.

____Ha publicado las novelas Paisajes para evitar la noche (XXVIII Premio Cáceres de Novela Corta, 2003), La mirada atenta (VII Premio de Novela Carolina Coronado, 2003), los libros de poemas Defunciones interiores  (2003), El durmiente y la novia (1997) y Reliquias del duende (1983), el ensayo Pequeño manual de la creación de cuentos (2015),  el Comentario y selección de poemas de la Transición (2009) y el libro de microrrelatos Zambullidas (ed. Renacimiento, 2017).

Ha colaborado en numerosos libros colectivos, en algunos con ilustraciones propias.

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La última visita

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He subido a lo alto de la colina
para ver a mi padre.
Allí estaba, sentado sobre una piedra
tal y como lo recordaba,
elegante y poderoso
pero como nunca sosegado.
-Vienes de la oscuridad, me dijo.

Nunca entendí su fascinante complejidad.
Su ojo derecho mirándome con protectora ternura,
el izquierdo alojando tempestades.
-He venido, padre mío, para verte.
-De la oscuridad, repitió.

Yo quería que me estrechara en sus brazos.
El viento ondeaba sus cabellos grises,
el viento ondeaba mis grises cabellos.
Pero allí todo era simple: el planear de un milano,
las diminutas margaritas blancas
con su ombligo amarillo,
el hilo de agua que descendía
salmodiando notas azules.
Puso su mano sobre mi hombro.
Abajo, más allá de la nieve,
sombras inquietantes envolvían mi casa,
pero alrededor de mi padre
solo había destellos
del color del ámbar silencioso.

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 Me he perdido

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Me he perdido. Atisbo que donde ciega la luz
hay un sendero. Pero estoy en medio
de una sombra áspera.

Escapar del recuerdo es tan difícil.

No quiero ver cómo los pájaros se estrellan.

No quiero oír las voces de los niños
que gatean en medio de la ruina
mientras la campanilla los atrae
al mundo,
y los engaña.

No quiero ver cómo los peces saltan
buscando el cielo
porque el mar
se ha escondido en un cuenco de barro
que guarda todas las ilusiones absurdas.

Tengo miedo.
Anoche soñé que si me encontraban
cortarían sin delicadeza
mi corazón.

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 No te quedes así

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No te quedes así, como una estatua,
quietecita bajo la cama deshecha
con su bordado añil,
en medio de la blanca nada.

Se han llevado los muebles,
han roto las lunas de los armarios empotrados.

Baja una desolación por el pasillo.

Si germinan las quemaduras de lo que está dentro
-el corazón arañado, un hombrecillo gris que de puntillas
palpita en tu sangre-,
¿qué será del recodo donde aguarda la luna,
quién pintará las naranjas de azul
cobalto?

Te quedarás a solas en la casa en ruinas
viendo cómo las culebras se deslizan
por las dunas de tus ojos, por el ramaje
de tu cerebro en flor.

Te volverás cobriza como la tierra agostada
y es posible que un cuclillo se acurruque
en la selva vencida de tus hombros,

hasta que vuelvas a ser parte de todo
lo que deslumbra.

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Hay hogares limpios

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Hay hogares limpios,
sin maltrato,
donde no se escucha
la desesperación.

Tienden la ropa blanca al alba
para que brille más el verano diligente.
Huelen a jabón Magno.
Los visillos se agitan
con tenaz delicadeza.
La tiranía habita en un rincón
oscuro, nunca usado.
Su caligrafía es azul, como el vuelo
de las palabras hermosas
con su rubor ultramar.

En ese hogar yo he vivido, casi estoy segura,
pero me he levantado hoy con el peso
de una sombra alucinada
y he pisado
sus cascotes, sus herrumbres,
con la certeza
de la fragilidad de los sueños.

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 Construcción del nido

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Construyo un nido para no rendirme,
para envolverme y que no me delaten.
Solemne y protocolaria, arrimo al fuego de mi sangre
la paja y el papel,
la hoja y el plástico,
el barro y la tierra.
Me acurruco dentro.

Dejo que pasen las sombras y las luces,
las golondrinas y los nísperos.
Alejo los argumentos en contra,
la dramaturgia del fracaso,
los vaivenes de la mente ocupada en sí misma.
Me acurruco.

Fuera, el viento herido por los hachazos,
la falacia de los motores,
las estadísticas de los almacenes.
Dentro, apuntalo dos ramitas, pipas de girasol
colocadas de cinco en cinco,
seis hojas de enebro y los siete pétalos del arcoíris.
Me acurruco.

Se hace lentamente de noche, muy despacio.
Muy despacio, se van cohibiendo los ruidos,
se delatan las sombras,
un pomelo cae del paraíso.
Me acurruco.

Los higos han madurado y de pronto
se restablece el peso de mi vida.
Dear heather, dice Leonard Cohen
mientras cierro los párpados.

 

 

 

 

 


Yolanda Izard Anaya nació en Béjar (Salamanca) y vive en Valladolid. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca donde también cursó estudios de Bellas Artes, y ha cursado un posgrado en ELE.

____Ha publicado las novelas Paisajes para evitar la noche (XXVIII Premio Cáceres de Novela Corta, 2003), La mirada atenta (VII Premio de Novela Carolina Coronado, 2003), los libros de poemas Defunciones interiores  (2003), El durmiente y la novia (1997) y Reliquias del duende (1983), el ensayo Pequeño manual de la creación de cuentos (2015),  el Comentario y selección de poemas de la Transición (2009) y el libro de microrrelatos Zambullidas (ed. Renacimiento, 2017).

Ha colaborado en numerosos libros colectivos, en algunos con ilustraciones propias.

____En 2013 recibió el Premio Andrés Quintanilla de Poesía y en 2014 quedó preseleccionada en el Premio Herralde de novela.

____Es crítica literaria y escribe reseñas  de manera habitual en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La sombra del ciprés, y  en Revista de Letras, entre otras revistas literarias, y ha colaborado en revistas culturales como Quimera.

____Ejerce la docencia en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, en Valladolid, es correctora de estilo y dirige e imparte distintos talleres de Escritura Creativa de creación propia.