Jaime Sabines | Algo sobre la muerte del mayor Sabines

La poesía coloquial, vertida en lenguaje de todos los días, suspendida por una emoción amparada en el temor, encuentra en Sabines un convencido partidario. Al escepticismo descarnado aúna el horror de la muerte, al disfrute de ciertos momentos, opone la conciencia de la destrucción, y sosiega el brote de la esperanza con la imagen de la corrupción de la carne.

___Con tales elementos, ahogados en una angustia que de pronto puede resolverse en frases imprevistas, ha escrito páginas que sobresalen por la peculiar emoción con que han sido concebidas. De su palabra  surge un mundo en descomposición hacia el cual tiende la mano para comprobar cómo el hombre desde que nace es un símbolo de lo que pronto acaba.

___Algo sobre la muerte del Mayor Sabines es una lectura desagradable y dura: la brutal descarga con que un hombre doliente arremete con todas  su fuerzas contra alguien (el lector) después de resistir hasta el fondo la muerte de su padre. No sólo ver morir, sino comprometerse tanto en la muerte ajena que también se pudren muchas cosas en la vida propia. No es, pues, un texto literario que nos invite a conversar con él; por el contrario, se nos impone, nos golpea, y el lector debe ponerse en guardia: endurecerse, no conmoverse, resistir el poema como el golpe de un amigo desesperado. Es una experiencia extrema de crudeza radical, un “alimento de los fuertes” y para momentos de gran fortaleza. Las consecuencias de la lectura serán posteriores y acaso perdurables, y nada tiene que ver con una momentánea complicidad sentimental que le permita al lector falso consumir a salvo la intensidad ajena.

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ALGO SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR SABINES

(PRIMERA PARTE)
(Fragmento)

 

 

 

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Convalecemos de la angustia apenas
y estamos débiles, asustadizos,
despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño
para verte en la noche y saber que respiras.
Necesitamos despertar para estar más despiertos
en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso este hachazo nos sacude.
Nuca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la  muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría.
No lo sabemos bien, pero de pronto llega
un incesante aviso,
una escapada espada de la boca de Dios
que cae y cae y cae lentamente.
Y he aquí que temblamos de miedo,
que nos ahoga el llanto contenido,
que nos aprieta la garganta el miedo.
Nos echamos a andar y no paramos
de andar jamás, después  de medianoche,
en ese pasillo del sanatorio silencioso
donde hay una enfermera despierta de ángel.
Esperar que murieras era morir despacio,
estar goteando del tubo del tubo de la muerte,
morir poco, a pedazos.

No ha habido hora más larga que cuando no dormías,
ni túnel más espeso de horror y de miseria
que el que llenaban tus lamentos,
tu pobre cuerpo herido.

 

 

 

II

Del mar, también del mar,
de la tela del mar que nos envuelve,
de los golpes del mar y de su boca,
de su vagina obscura
de su vómito,  
de su pureza  tétrica y profunda,
vienen la muerte, Dios, el aguacero
golpeando las persianas,
la noche, el viento.

De la tierra también,
de las raíces agudas de las casas,
del pie desnudo y sangrante de los árboles,
algunas rocas viejas que no pueden moverse,
de lamentables charcos, ataúdes del agua,
de troncos derribados en que ahora duerme el rayo,
y de la yerba, que es la sobra de las ramas del cielo,
viene Dios, el manco de cien manos,
ciego de tantos ojos,
dulcísimo, impotente.
(Omniausente, lleno de amor,
el viejo sordo, sin hijos,
derrama su corazón en la copa de su vientre.)

De los huesos también,
de la sal más entera de la sangre,
del ácido más fiel,
del alma más profunda y verdadera,
del alimento más entusiasmado,
del hígado y del llanto,
viene el oleaje tenso de la muerte,
el frio sudor de la esperanza,
y viene Dios riendo.

Caminan los libros a la hoguera.
Se levanta el telón: aparece el mar.

(Yo no soy el autor del mar)

 

 

 

III

Siete caídas sufrió el elote de mi mano
antes de que mi hambre lo encontrara,
siete veces mil veces he muerto
y estoy risueño como el primer día.
Nadie dirá: no supo de la vida
Más que lo bueyes, ni menos que las golondrinas.
Yo siempre he sido el hombre, amigo fiel del perro,
hijo de Dios desmemoriado,
hermano del viento.
¡A la chingada las lágrimas!, dije,
y me puse a llorar
como se pone a parir.
Estoy descalzo, me gusta piar el agua y las piedras,
las mujeres, el tiempo,
me gusta pisar la yerba que crecerá sobre mi tumba
(si es que tengo una tumba algún día).
Me gusta mi rosal de cera
en el jardín de la noche visita.
Me gustan mis abuelos de totomoste
y me gustan mis zapatos vacíos
Esperándome como el día de mañana.
¡A la chingada la muerte!, dije,
sombra de mi sueño,
Perversión de los ángeles,
y me entregue a morir
como una piedra al rio,
como un disparo al vuelo de los pájaros.

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