Antes de apagar la luz: Eduardo Cerdán

Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995). Narrador y ensayista, es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde imparte clases. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Confabulario de El Universal, La Jornada Semanal, Letras Libres, Literal, Crítica y La Palabra y el Hombre. Cuentos suyos aparecen en varias antologías, entre las que destacan: Latinoamérica en breve (UAM-X, 2016), Dejar huella, Perros de papel, de la memoria, de la imaginación (Ediciones Cal y Arena, 2017) y Desierto en escarlata. Cuentos criminales de Ciudad Juárez (Nitro/Press, 2018). En 2015 fue becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas, dentro del área de narrativa. Parte de su trabajo académico y literario se ha traducido al inglés y al francés. Está a cargo del Taller de Creación Narrativa de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, fue editor de narrativa en Cuadrivio y actualmente es jefe de redacción de la revista Punto de partida de la Dirección de Literatura de la UNAM. En 2019 se publican sus libros de cuentos Pasos en la casa vacía y Los niños vuelven de noche, este último en el Fondo Editorial Tierra Adentro.

 

 

 

Antes de apagar la luz

 

A Freud

 

Que me da miedo la noche, le expliqué a Y. en el carro luego de nuestra primera cena. Cuando era niño, comencé, me molestaba mi sombra. En el álbum familiar hay una foto en la que aparezco de perfil, inclinado sobre un escritorio pequeño mientras dibujo algo. Frunzo el ceño, mi mejilla derecha tiene la forma de baguette a medio hornear, las piernas me cuelgan. Mi madre anotó al reverso, con lápiz, «E. 3 años». Me acuerdo muy bien del momento de la foto: ese episodio, el de la conciencia de la sombra, es el momento más temprano que conservo vívido. Hay experiencias así, inmensas por su impacto, que moldean nuestras biografías.

    En lo que recorríamos el boulevard le conté a Y. que la cámara era negra y pesada y que su estuche despedía un fuerte olor a naftalina. Después de que mi madre presionó el obturador, me giré a verla para decirle que me ayudara con un problema enorme: sobre la hoja en que dibujaba había una mancha que no se podía borrar con goma. Se me acercó, empezó a reír y me explicó que se trataba de mi sombra. Acomódate de otra forma, me dijo, y regresó a ver la televisión en la sala, a dos cuartos de mí. Batallé varios minutos cambiándome de postura, pero nunca logré que la mancha se fuera por completo. Terminé desistiendo y me angustié tanto, que me puse a gritar. Mi madre me preguntó qué me había pasado y, cuando le expliqué, me dijo que estaba loco y regresó a arrellanarse en algún sillón de la sala. La aversión hacia mi sombra no hizo más que acrecentarse y pronto se extendió no sólo a todas las sombras, sino a la oscuridad en general. Yo era, previsiblemente, uno de esos que pintaban sus sábanas de amarillo. Desde entonces, le recalqué a Y., se me dificulta conciliar el sueño. De niño temía que llegara la noche porque otra vez orinaría la cama, de nuevo despertaría con la cara empapada de sudor por alguna pesadilla en donde me sacaban los dientes con todo y encías o donde habitaba dentro de un cuento siniestro que me sabía de memoria. Había dos niñas, una buena y otra mala, quienes iban a un castillo encantado que las ponía a prueba a través de un perro famélico. La buena ayuda al animal y es premiada con vestidos y joyas; la mala lo desprecia y desaparece por sus actos. Desde el cuarto donde estaban las riquezas, ambas oían algo que las acechaba afuera de la puerta, una presencia ominosa que termina por llevarse a la niña malcriada. En mis pesadillas yo vivía adentro del cuarto, sin posibilidad de salir, y oía todo el tiempo pasos y rasguños en la puerta.

    Pasamos un bache que sacudió todo el carro. Y. se asustó y me pidió que le diera los lentes-para-ver-de-noche que guardaba en la guantera. Seguí hablando: hasta que cumplí cinco años, le dije, dormí en la misma recámara que mi madre, cosa que me producía algo de alivio, pero también ansiedad. Saberme acompañado paliaba un poco mi angustia antes de dormir, pero ella me daba miedo. Cuando veía que era tarde y yo seguía despierto, mi madre me regañaba y con sus gritos aplazaba mi somnolencia. A veces me arrullaba, pero su desesperación hacía que arreciara los golpes en mi espalda. Varias noches protesté y eso la enervaba todavía más. Afortunadamente, descubrí el método infalible para complacerla: hacerme el dormido. Ya llegaría después el sueño. Somos, ni duda cabe, el niño que fuimos. Aún ahora, en las noches, me acuerdo de esas veces en que me hacía el dormido. De noche vuelvo a ser niño y tengo ganas de llorar y las manos me sudan y menos llega el sueño entre más lo invoco; me descubro pensando que no debo moverme ni abrir los ojos porque ella va a venir para golpearme la espalda.

    Estábamos a punto de llegar cuando le solté a Y. lo poco que sé de mi padre. Tenía un buen sueldo, era maestro en una comunidad rural y se iba de lunes a viernes para volver el fin de semana con nosotros. Un sábado, cuando yo tenía dos años, papá no volvió. Todo lo que conozco sobre el asunto me viene de una memoria heredada. Mi madre se alarmó y telefoneó a donde pudo para saber el paradero de su esposo. Ese viernes, le dijeron, papá faltó al trabajo sin avisar. No volvió a aparecerse en la escuela desde entonces. Se supone que la policía buscó en las localidades aledañas, en el río que cruza el pueblo y en el cerro que lo bordea. El coche de mi padre estaba aún estacionado en el garage de la casa donde rentaba un cuarto. Inspeccionaron la recámara para hallar algo revelador: algún indicio de una amante o lo que fuera. No encontraron nada anormal. La cama estaba destendida aún y la ropa sucia del jueves sobre una silla de madera. El caso de papá hizo pensar a todos que lo de «trágame, tierra» era más que una frase hecha. Todas sus pertenencias, su coche incluido, llegaron a casa después de varios meses. Mi madre no ha cambiado la cerradura de la casa. Tiene la esperanza, me imagino, de que papá vuelva a aparecer.

    La cochera se cerró luego de que Y. se estacionara. Entramos. Sentí vértigo. El aire denso del cuarto me hizo pensar en los viejos humores sexuales que debía de estar respirando. Y., clandestina, le pasó el billete a la voz detrás de la puerta. Se desvistió y se acostó bocabajo. Yo me descalcé y enseguida, ya en la cama, me volví hombre al agua. Empezó a besarme, a morderme, a tocarme debajo del ombligo. Su diestra desabrochó el cinturón, bajó los pantalones, la ropa interior, y lo liberó, enhiesto y húmedo. Subía y bajaba su mano hábil, lo estrujaba y lo soltaba y lo recuperaba. Masajeó la punta con el índice y el pulgar, tragó saliva, descendió hasta quedar entre mis piernas y lo engulló ávida. Con la lengua recorrió el frenillo, succionó la cabeza y tocó ahí, donde hervía el líquido listo para salir. Protegió sus dientes con los labios y dio pequeños mordiscos. Apresaba la piel delgadísima, la estiraba hasta que desaparecían los pliegues, la lamía formando círculos. Atraje a Y. hacia mi cara e hice que se recostara. Mi lengua delineó sus areolas en tanto el clítoris expuesto buscaba mis yemas. Me abrí camino entre los vellos y lo pulsé. Y. no tardó en separar las piernas y yo empecé a salivar por el deseo de hundir en ella mi nariz, por conocer su clima. Con sus muslos en mis orejas probé la almendra ofrecida mientras ella apretaba rítmicamente las nalgas. Así estuve, besando su segunda boca, hasta que oí los gemidos del clímax. Luego me deslicé entre los labios abundantes: me hundí todo yo. Volví al origen, a habitar un cuerpo ajeno. Los vientres empezaron a chasquear, la carne a chapotear en el sudor que nos separaba. Al final, Y. me cabalgó hasta sentir el chorro espeso burbujeando dentro de ella. Cuando se deshizo del intruso como si lo pariera, una gota larga del líquido lechoso cayó sobre mi ingle. Se acostó a mi lado. Quién no se da cuenta cuando una mujer coge bien, pensé, y vi una mosca pasar por el foco y ensombrecer el cuarto. Hice cuentas: a los tres años, mientras yo apenas descubría mi sombra, Y. tenía la edad que tengo hoy y su ahora esposo ya era su novio. Sentí que el sudor en mi espalda y los fluidos de su sexo en mis dedos comenzaban a enfriarse. Discurrir sobre la brecha generacional entre nosotros me dio sueño. Le di la espalda a Y. y le pedí que me palmeara despacio. No seas malita y arrúllame, le dije, antes de apagar la luz.

Mayo de 2016

 

 

 

 


Una versión anterior se publicó en la revista Cuadrivio.