El campo de la filosofía | María Choza

María Choza (Sinaloa, 1994). Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ha publicado sus poemas en antologías y revistas impresas como “La Catrina” y “Tierra Adentro”, así como en portales de internet dedicados a la literatura, entre los que destacan “Círculo de Poesía”, “La Otra Revista”, “Otro Páramo”, etc.  Los campos no elíseos, su primer poemario, mereció el Premio de Poesía Joven Alejandro Aura en 2015. Sus poemas han sido traducidos a idiomas como el árabe, francés, inglés y el chino mandarín. Actualmente se dedica a la ilustración y a la literatura infantil.

 

 

 

 

El campo de cultivo

 

Mi primera siembra

la hice a los siete años.

Sembré frijol

en un terreno para vacas.

Mi padre me miró a los hombros

y dijo

te estás volviendo ya un joven.

 

Sembré trigo en mala temporada.

No fue mala para mí.

Mi padre me miró a las manos

y dijo

te estás volviendo un hombrecito.

 

Quise sembrar tomate,

busqué, pero no encontré semilla en el pueblo,

nadie sabía dónde conseguirla.

La gente siempre ha dicho

que el tomate

es el corazón de la siembra.

No planté el corazón.

 

Sembré calabazas muy grandes,

y de flor naranja.

Mi padre me vio el pecho

y dijo de espaldas

te estás volviendo un mentiroso.

 

 

 

 

El campo con los años

 

Mi abuelo tenía tierras,

un campo tan suyo que llevaba su nombre.

Crió a los ocho hijos

al tiempo que a sus animales,

todos se alimentaron

de la misma leche.

 

Tal vez su mujer

alguna vez sintió celos o envidia

de las montañas que lo amaron

de noche y con los truenos.

No hubiera servido reclamarle,

no tomaba en serio

a quien no se hubiera cortado las manos

al segar maleza,

o a quien no recogiese buen fruto

por octubre.

El hombre se hace en el campo,

dijo a todos sus hijos.

Él se hizo muchas veces,

de todas las formas posibles.

Pasó muchos años amando un solo lugar.

No encontró cobijo en ningún otro

porque no lo necesitó.

 

Un día todo se volvió extraño.

Sus hijos recibieron llamadas de vecinos,

el padre ya no tenía sangre en las ropas

al volver a casa,

su camisa se iba y regresaba limpia.

La leche de sus vacas

dejó de alimentarnos a todos.

Pasaba mucho tiempo con sus nietos,

por fin conocí sus modales

y la juventud.

Nos habló tanto que cada palabra

era una historia,

y la historia es el mundo.

 

Sus hijos fueron a los campos

que le pertenecían.

Les fue difícil entrar.

Cada vaca y cada hijo

estaba muerto.

Ninguna gallina hizo ruido.

No hubo borregos que salieran

a ver qué estaba pasando.

Los montes ya no amaron a nadie,

murieron de tristeza,

igual que la casita de palma

dejada a la mitad.

El hombre dejó de hacerse en el campo

y fue a la ciudad por respuestas.

Mi abuelo no pudo responder nada,

tampoco quiso hacerlo.

En su cabeza,

en su mundo de agua y siembra,

seguía pensando que cada día

fue a prestarle a las tierras sus años,

que todos los animales lo seguían respetando,

que el amado monte lo esperaba como siempre

para sepultarle las penas.

 

Nadie se explicó nada,

ni mi abuelo mismo.

A veces creo que el campo

encarnó en su cuerpo,

y por eso tiene tantas cicatrices.

 

 

 

 

El campo de batalla

 

Cada campo,

según leyendas,

fue un lugar de batalla.

Nadie se arrepintió de no ver otra vez a su mujer.

 

Los hombres

antes guerreros,

fueron a la ciudad.

El ruido haciendo casas

los intimidó,

se escondieron tras sus barbas

y regresaron todos a los campos.

 

Días después,

las mujeres platicaban

que habían vuelto con el corazón chiquito.

 

 

 

 

El campo de la filosofía

 

Es tan joven el domingo

desde el asiento de una camioneta.

Las gotas de lluvia

en las ventanas

van como espermatozoides

hacia el útero.

 

Mi útero

lo perdí

antes de usarlo.

 

Que íbamos al Paraíso.

Que te crees producto de otros planetas

porque no tienes papá.

Que ya no existe el sentido común.

Nadie vaya a decirme

que por amor pasa lo que pasa.

Déjenme explicarlo:

Las gotas de lluvia

también vienen de otro planeta,

y nadie dice nada.

 

El Paraíso es un campo

lleno de mierda de vaca

y nopales.

 

El mundo es una plática

muy larga,

lechosa,

entre viejitos

y todos los viejitos

hablan entre dientes.

Bien harán los que se queden

entre las milpas.

El Paraíso es este paraíso.

Ni el mundo,

ni el Paraíso,

ni el útero

tuvo útero,

o quién sabe.