Desde una ciudad deshabitada: Alejandro Concha M.

Alejandro Concha M, (Chile, 1995) es un poeta, editor y joven gestor patrimonial. Su escritura gira entorno a la resignificación de la memoria, la infancia y el patrimonio cultural de la cuenca carbonífera chilena. Nace en Lota dos años antes del cierre definitivo de las actividades de extracción del carbón, influenciado por el fuerte impacto de esta y sus consecuencias, publica el libro de poesía ESTIRPE.

     Es editor de la revista literaria El Candil, dirige el movimiento La Balandra poética y participa de la agrupación de escritores de Compuerta N°12. Colabora en Crisálida Artes Escénicas y en el proyecto Por una educación poética para Chile. Ha publicado en las antologías Un mismo vuelo (U. Valparaíso, 2015), Me lo contaron mis viejos (Pabellón 83, 2016-2018), Antología poética y narrativa lotina Huellas (Compuerta Número 12, 2016), Antología poética Hilos Rojos (Balandra poética, 2018), además de colaborar del libro La profunda vida del carbón de Miguel Sayago (prologado por el poeta Raúl Zurita), además de múltiples revistas literarias en Chile y en el extranjero.  

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DESDE UNA CIUDAD DESHABITADA

Nadie quiere estar en una isla desierta
cuando se hace de noche.
Elvira Sastre

 

LA CIUDAD DESHABITADA

Yo quisiera ser para esos amigos
también la casa y los edificios sucios,
las ventanas que brillan con el sol
y todos los rayos dispersos en la calle. Yo quisiera ser…
esa luz en trizas sobre el acueducto
donde he vertido la cuenca lagrimosa de mis dedos
en besos que fueron disueltos
en sal.

Es difícil cargar una ruina dentro,
llevar consigo una ciudad que hace ecos,
que choca vieja y otra vez contra la piedra.
Quise besar,   mas, me deshice.

Cargo con seres de hojarasca en todo el cuerpo
las articulaciones no se mueven,
las manos apenas reconocen
la diferencia entre la pulpa de una flor
y un fierro.
Mis habitantes dicen {por ahí}
que la temporada más calurosa es el invierno;
{ahí} es cuando recién los abrazos salen
a mostrarse sobre la necesidad cual reptiles
de las plantas, de las casas.

Piso abrazos lagartijas, los piso,
el barro salpica pantalones negros,
miro mis cerros azu-lejos,
se levantan sobre el cielo,
son en su azogue plata
el humo de chimeneas sin son.
La tierra habla un idioma extraño,
me recuerda en su lenguaje
que detrás de cada madera
que se enrosca sobre el musgo
llego,
y pierdo un amigo.

Podría voltear
y tratar de escucharlos sonreír,
sin embargo, ninguno
reclama mi nombre.

No importa.
Tampoco tengo ganas de conversar. –

 

 

 

 

DESARRAIGO

Se me deshace esta ciudad como un libro,
de hojas amarillas y puntas partidas.  
Se me hace polvo
y el viento la pega a mi garganta.

Me harta su árida manera de impregnarse…
en todo, en la comida y en la boca,
se me traba su rabia entre los dientes.

En la nube, alguna letra queda volando bajo
penando las carboneras del barrio.
Letras narran historias
letras reverberan la memoria,
me hiere la lengua de sed al recorrer sus cerros.

Camino y veo todas aquellas caras,
reconozco su fatiga que es idéntica a la mía,
su mirada baja para evitar la limadura
en el líquido acuoso de los ojos
volviendo a la pupila opaca, sin visión.

Canes recorren las llanuras de asfalto
la enredadera de cables, el bosque de concreto.
Me pregunto, cuántos de ellos se agotaron de andar
como yo, perdieron la credulidad.
Al fin y al cabo, está Cousiño por cuanto lado miro,
cada cuanta esquina y cada cuanto colegio.  

Se me deshacen sus libros como un borrón difuso e interrogo:  
¿quién nos está soplando de este mapa?  

Sólo quienes recuerdan responden:
que la historia nunca es como la cuentan,
que los héroes nunca pasan de ser estatuas. –

 

 

 

 

NUESTROS ESCOMBROS

Constantemente visito tus escombros
y hallo en ellos una voz moribunda.
Parecieran tus huesos hablarme,
comentarme del camino largo,
de la huella polvorosa.
Una voz nítida corriendo:
un eco poblando tu desolación,
me narra batallas perdidas
de mártires crucificados;
ídolos… héroes…
y nada que pueda decir.
Nada.
No hay nada para excusarnos.

Constantemente visito tus escombros
y hallo en ellos un arrepentimiento criminal. –

 

 

 

 

ES CONVERSACIÒN DE ADULTOS

Quieren estar en el relato de los hechos,
que las lápidas de sus tumbas nunca borren,
que cenizas tracen sendero a sus raíces
a sus muertos monumentos  
hundidos en la ciénaga.

Que no soy ciego para no ver venir pedradas   
en vidrios rotos  
de casas rotas  
de la tierra también rota.
Veo sus manos apretar sobre la ruina
hasta que la huella dactilar calque  
por ellos  
sus nombres.

Y la historia les mastica y los escupe  
como a una comida de mal sabor.
Miren ¡Miren! ¡Frunzan el ceño,
ardan de rabia al ver derrumbar el baluarte
mientras los niños nos cubrimos las orejas!
Pues no nos gusta el ácido chirriar del abismo
pudriéndose de su triunfo no encontrado.

No queremos, óiganlo bien, cargar con más muerte.

{La vergüenza cierra el puño
al ver nuestros escombros clamar.  
Me muerde en la revancha por ira  
dentro del fuego kütral, un azul cobalto  
adolece estas memorias con desarraigo,
se derraman de la boca para afuera.}  

Sinceridad a regañadientes exigiendo derecho,  
siembra la sangre suficiente
para remover la vértebra  
             que tiembla  
             se enchueca
hasta partir la cabria de orgullo.

Cáscara suicida hojeada por la ventolera
rendida                          de fatiga           de fatiga.

Es nítido el crujido cuando nadie puebla las aceras,
las banderas guardadas  
son otro recuerdo a turistear. –