Fernando Pessoa y sus cartas “ultraístas” en la reconstrucción de las relaciones literarias entre España y Portugal

Só as cartas comerciais são dirigidas. Todas as outras devem, pelo menos para o homem superior, ser apenas dele para si próprio.

Fernando Pessoa, Livro do Desassossego

 

 

 

De todas las relaciones establecidas entre escritores españoles y portugueses en las primeras décadas del siglo XX, probablemente la protagonizada por Fernando Pessoa (1888-1935) continúa siendo, aún hoy, la más enigmática. No podría, tal vez, ser de otra manera si pensamos que el poeta portugués, convertido hoy día en uno de los paradigmas definitivos de la modernidad literaria europea y en un auténtico símbolo cultural, estético e iconográfico de su país, fue en sí mismo una paradoja: atravesó las cuatro décadas y media que vivió sin publicar más que un libro, Mensagem (1934), tardío y que mostraba tan solo una de sus muchas facetas y personalidades poéticas. En efecto, el mayor escritor portugués del siglo XX, cuya presencia internacional comienza a rivalizar con la del mismísimo Camões, reclamando un lugar de privilegio excepcional en el canon de su literatura, es con frecuencia algo así como el lugar en el que se dan cita buena parte de las paradojas posibles de la modernidad, con la problemática del discurso identitario como guión principal. Para encontrar al verdadero Pessoa, al plural y polifacético, a aquel que parece responder casi a la perfección tanto a las características que señaló Italo Calvino (1989) para la literatura del siguiente milenio como a los rasgos que recientemente ha aplicado Antoine Compagnon (2007) a los “antimodernos”, es necesario volver a las fuentes de su obra profundamente fragmentada y dispersa, hasta encontrar las claves orgánicas de su heterogénea puesta en escena. Pessoa es con frecuencia un cúmulo de enigmas, muchas veces multiplicados por la compleja suerte editorial que su inacabable e inabarcable obra ha experimentado y continúa experimentando aún en nuestros días.

    Curiosamente, el tiempo de vida de Fernando Pessoa baliza casi a la perfección el marco temporal del asentamiento definitivo de la modernidad en el espacio de las literaturas ibéricas, si entendemos por tal el tiempo comprendido entre la publicación del primer libro plenamente simbolista en la península (Oaristos, del poeta de Coimbra Eugénio de Castro, en 1890) y el estallido de la guerra civil española, que hace saltar por los aires buena parte de los planteamientos estéticos de esa modernidad que, atravesando el simbolismo y el modernismo hispánico, se plasma a través de la vanguardia histórica (en sus diferentes formas peninsulares, con el creacionismo huidobriano y el ultraísmo en primer plano, en España, y con el futurismo y el sensacionismo pessoano vinculados a la generación de Orpheu, en Portugal) y de ese segundo momento de la vanguardia (llamado explícitamente “segundo modernismo” en la tradición crítica portuguesa) que representó en el país de Pessoa la generación de la revista presença y, en España, la célebre generación del 27, con todas sus bien conocidas peculiaridades. La eclosión de la guerra española, y la casi inmediata marea ideológica y estética producida por la segunda gran guerra, acabaron por dibujar una marca de agua diferente en el mapa de las literaturas peninsulares, ocasionando un cambio profundo en los códigos estéticos dominantes.

    En aquel momento, sintomáticamente, Fernando Pessoa era un poeta prácticamente desconocido en España, cuyo único libro no tuvo ninguna repercusión entre los escritores españoles. En Portugal, a pesar de todo, la situación era otra en los medios literarios, donde Pessoa era un autor de culto, admirado y encumbrado tanto por sus compañeros de generación como por los hombres de presença, el equivalente temporal a la generación del 27 española, aunque su obra (dispersa en revistas y opúsculos, cuando no esperando la suerte de los justos en su célebre baúl) no gozase de una divulgación importante entre el público.

    Los referentes de la literatura portuguesa en la España del momento eran otros. En la prosa, fundamentalmente Eça de Queirós, de quien Enrique DíezCanedo llegó a decir que “es casi un escritor nacional” (Díez-Canedo 1921: 5). En la poesía, además de Guerra Junqueiro (profusamente traducido por Eduardo Marquina), los papeles estelares estaban reservados al simbolista Eugénio de Castro y al saudosista Teixeira de Pascoaes, todos ellos admirados y defendidos por Miguel de Unamuno, convertido en el más prestigioso mediador de la literatura portuguesa en España a través de sus colaboraciones en la revista de Oporto A Águia y de su obra Por tierras de Portugal y de España (1911). Castro fue también encumbrado por la conferencia que le dedicó Rubén Darío en Buenos Aires, en 1896, y que recogió más tarde en Los raros, provocando una recepción de la obra poética del portugués en España sin parangón posible en toda la primera mitad del siglo XX, pues su obra estuvo presente tanto en revistas modernistas y próximas al ultraísmo (Literatura latina, Prometeo, Los Quijotes, Cervantes, Grecia…) como en varias colecciones editoriales, gracias a las traducciones realizadas por Francisco Maldonado, González Olmedilla o Francisco Villaespesa. Castro consiguió, de hecho, reunir el favor y la admiración de Unamuno y Darío, convirtiéndose en el referente ineludible de la nueva poesía portuguesa en España, llegando a estar presente en las páginas del libro de viajes Lusitania (1920), del modernista y ultraísta Rogelio Buendía; en Un español en Portugal (1928), volumen de entrevistas de César González-Ruano; y, como personaje de ficción plenamente identificable, en Los terribles amores de Agliberto y Celedonia (1931), de Mauricio Bacarisse.

    Si la obra de Eugénio de Castro obtuvo un eco extraordinario entre los poetas modernistas, la de Teixeira de Pascoaes –y sus principios del saudosismo– alcanzó también un relieve notable gracias al trabajo de mediación del propio Unamuno, de Valentín de Pedro y de los catalanes Ignasi de Ribera i Rovira, Fernando Maristany y Eugeni d´Ors. Sus poemas fueron traducidos al castellano y al catalán, e incluso en Barcelona llegó a reivindicarse una forma de catalanismo próxima al espíritu saudosista, el “añorantismo” (Ribeira i Rovira 1918: 11). Tanta fue su fortuna en Cataluña (y también, aunque de forma diferente, en Galicia), que Fernando Maristany (de quien Pascoaes prefació el poemario En el azul, de 1919) le concede el lugar más destacado y generoso en su notable Las cien mejores poesías líricas de la lengua portuguesa, publicada en 1918 por la editorial Cervantes, y donde Pascoaes es el poeta de toda la historia de la lírica portuguesa que cuenta con un mayor número de poemas.

    Sin embargo, a pesar de las conclusiones extraíbles de este rápido panorama, y a pesar también de que la presencia de Pessoa en España tardaría aún algunas décadas en hacerse estable y representativa de una nueva generación literaria portuguesa, los contactos del autor de Mensagem con la cultura española de su tiempo no fueron, aunque con frecuencia poco conocidos y estudiados, nulos ni irrelevantes. Pessoa no fue, es verdad, un amante de España y su cultura, pero también es cierto que su vida estuvo salpicada de momentos de encuentro, casi siempre menores, con la literatura española. De hecho, algunos de los primeros textos que publicó fueron traducciones de poemas de Góngora, Quevedo y Garcilaso, publicadas en 1912 en una Biblioteca Internacional de Obras Célebres (Saraiva 1996), y también empezó, bajo la máscara de Alexander Search, la traducción al inglés de El estudiante de Salamanca de José de Espronceda, probablemente la obra literaria española por la que demostró un mayor interés.

    Pero no solo fue el Pessoa traductor el que se preocupó por España y su realidad cultural. A partir de 1914, un año antes de la aparición de la célebre revista Orpheu, que supone la afirmación estética del primer modernismo portugués, con el propio Pessoa y Mário de Sá-Carneiro a la cabeza, el autor de los heterónimos comienza un ciclo de escritura ensayística dedicado al significado de Iberia y al papel de España dentro de esa realidad, ciclo que desarrolla en dos grandes fases: una primera, entre 1915 y 1918, es decir, en el momento histórico del primer modernismo; y un segundo, notablemente más breve, entre 1929 y 1931 (Pessoa 2012). En este interesante conjunto de textos, Pessoa se adentra, desde su particular visión, en el terreno de la sociología política, y sueña con la idea de una confederación espiritual constituida por las diferentes naciones ibéricas, amparada en un concepto de civilización sustentado por la cultura, y no exclusivamente por la política. Este hecho, además de presentarnos una cara del escritor portugués poco conocida hasta el momento, nos ofrece un retrato del mismo como alguien profundamente preocupado por la realidad de su país y por la del contexto geográfico y cultural en que se inscribe. Es un Pessoa que añade, aunque de manera fragmentaria y poco orgánica, y hasta con numerosas contradicciones internas (como tantas veces en su hiperfragmentada obra, por otro lado), un eslabón más en la rica tradición lusa de escritores y teóricos preocupados por el concepto y el futuro de Iberia, desde los clásicos del siglo XIX, como Oliveira Martins o Antero de Quental, hasta, ya entrando en el siglo XX, Teixeira de Pascoaes, Almada Negreiros o, mucho más recientemente, José Saramago. Y todo ello, por otro lado, no deja de ser una nueva paradoja, si tenemos en cuenta que Pessoa no conoció España más que a través de un reducido número de libros, entre los que destacan ejemplares de Campoamor, Espronceda, Ortega y Gasset, Rosalía de Castro o Ribera i Rovira.

  Este Pessoa profundamente enigmático, el que construye un pensamiento iberista en el que edificar su propia idea de Portugal, conoció también, aunque superficialmente, a algunos escritores españoles, personalmente o por vía postal. Es el caso del escritor bohemio Iván de Nogales, a quien saludó en la Lisboa de 1915 (Pérez López 2012) y en quien pensó para algún proyecto que no llegó a llevar a cabo, o del mismísimo Ramón Gómez de la Serna, que cita en Pombo (1918) a “Fernando de Pessoa” entre un grupo de escritores “frenéticos de inspiración” que había conocido en Lisboa (Gómez de la Serna 1918: s/p.). Sin embargo, el contacto con el primero fue meramente ocasional y casi fugitivo, mientras que con el segundo fue prácticamente inexistente, como lo demuestra el hecho de que nunca aparezca el nombre de Pessoa en las numerosas páginas que Gómez de la Serna dedica a su experiencia portuguesa (vivió algunos años en Estoril), especialmente en Automoribundia. Por vía postal, Fernando Pessoa mantuvo contactos al menos con cuatro escritores españoles. El primero de ellos fue Miguel de Unamuno, a quien envió una carta en 1915 que acompañaba al primer número de la revista Orpheu, a la que el rector de la Universidad de Salamanca no debió de responder, como tampoco lo hizo con una mínima extensión a los envíos que, en los dos años anteriores, le había hecho Mário de Sá-Carneiro. No es de extrañar el silencio de don Miguel, sobre todo si tenemos en cuenta que su vocación lusitana estaba fundamentada en su pasión por la poesía de Guerra Junqueiro (especialmente de su poemario Pátria, que también despertó el interés de Pessoa) y en sus contactos con Eugénio de Castro y Teixeira de Pascoaes. Es decir, Unamuno, que siempre alardeó de querer eternidad y no modernidad, debió de dejar pasar la provocativa carta de Pessoa, en la que presumía, en nombre de los miembros de Orpheu, de la “consciência absoluta da nossa originalidade e da nossa elevação” (Marcos de Dios 1978), palabras que sin duda no debieron despertar ni la curiosidad ni la aprobación del autor de Por tierras de Portugal y de España. Este hecho no pasó desapercibido para el poeta portugués, que muy probablemente guardaría en su fuero interno algún desagrado por la incomprensión manifestada por el español. De hecho, en un fragmento de 1930, Pessoa aprovecha unas declaraciones de Unamuno en una entrevista concedida a António Ferro en el Diário de Notícias del 9 de marzo (donde el bilbaíno defendía su opinión de que todos los escritores del estado español deberían escribir en castellano para ampliar su universo de lectores) para responderle, utilizando el inglés, con sólidos argumentos amparados en su ejemplo personal:

The problem of language does not matter, for if a Catalan likes to write Castilian, he will do so then as he does now, in the same manner as a Catalan can write in French and get a wider public still. Unamuno put the case: why not write in Castilian? If it comes to that, I prefer to write in English, which will give me a wider public than Castilian; and I am as much Castilian as I am English in blood and much more English than Castilian since my education is English.

    Unamuno’s argument is really an argument for writing in English, since that is the most widespread language in the world. If I am to abstain from writing in Portuguese, because my public is limited thereby, I may just as well write in the most widespread language of all. Why should I write in Castilian? That U[namuno] may understand me? It is asking too much for too little (Pessoa 2012: 104-5).

Sin embargo, entre la carta enviada a Unamuno en 1915 y esta polémica privada de 1930, prácticamente en el centro temporal de ese periodo, Fernando Pessoa establecerá los contactos más duraderos y estables (dentro de su fragilidad) con escritores españoles, cuando entre 1923 y 1924 cruce dos decenas de cartas con los andaluces Rogelio Buendía, Adriano del Valle e Isaac del Vando-Villar, por entonces entregados al ejercicio del ultraísmo. El movimiento ultraísta, nacido entre 1918 y 1919, que contó con la revista Grecia (dirigida por VandoVillar) como uno de sus primeros órganos de expresión, tuvo una presencia prácticamente transparente en Portugal, a pesar de la proximidad de los dos países y de su inherente voluntad cosmopolita, como rasgo heredado de los ismos de la vanguardia histórica europea. A pesar de ello, el desconocimiento existente por parte de los poetas españoles con respecto a los portugueses de su mismo momento generacional (los poetas del primer modernismo portugués y los primeros vanguardistas españoles) fue profundo y bien visible si analizamos la presencia lusa en sus revistas, donde la sombra del simbolista Eugénio de Castro continúa siendo prácticamente la única huella palpable, con la excepción de Cosmópolis, donde Carmen de Burgos dedicará entre 1919 y 1922 una amplia serie de artículos a las novedades literarias del país vecino.

    El mismo escenario, visto desde Portugal, es diferente. La revista Contemporânea, dirigida en Lisboa por el arquitecto e ilustrador José Pacheko, publica entre junio de 1922 (en su segunda entrega) y el primer semestre de 1924 numerosas colaboraciones de escritores y artistas españoles, entre los que cabe destacar los nombres de Ramón Gómez de la Serna, Rogelio Buendía (cuya “Canción de España a Portugal” se publicó en el número 3, de julio de 1922), Adriano del Valle, Corpus Barga, José Francés o Antonio Rey Soto entre los escritores, con un papel destacado para las colaboraciones plásticas de Daniel Vázquez Díaz, cuya presencia en Lisboa es notable en los primeros años veinte. Esta revista, en la que convivieron los nombres mencionados junto a los de Pessoa, Almada Negreiros o Mário de Sá-Carneiro, con una clarísima vocación de diálogo ibérico (lo cual le granjeó, dicho sea de paso, no pocos problemas en su país), supuso el caldo de cultivo perfecto para el diálogo entre jóvenes escritores de los dos lados de la frontera, con la presencia tutelar, por parte española, de Gómez de la Serna, residente por entonces en Estoril y cuyas greguerías despertaron especialmente el interés del António Ferro de Teoria da indiferença (1921) o de Leviana (1929, con prefacio del autor de Ismos).

    En ese contexto podemos encontrar la contemporaneidad de espíritus necesaria para que los escritores de la primera vanguardia de los dos países (y, entre ellos, Pessoa) pudiesen dar rienda suelta a su afán cosmopolita, comenzando por el territorio cultural que, siendo extranjero, tenían más cercano. Ello no implicará, sin embargo, que el ultraísmo llegase a ser conocido en Portugal, incluso entre aquellos escritores lusos que mantuvieron contactos más prolíficos con los poetas españoles pertenecientes al movimiento. António Ferro, miembro del grupo de Orpheu, se referirá en una ocasión a Rafael Cansinos Assens como “o apóstolo da nova literatura española” (Ferro 1923: 41), siendo esta posiblemente la única ocasión en la que un escritor portugués del primer modernismo se refiera abiertamente a los protagonistas del ultraísmo en alguno de sus libros. Y el otro lado del espejo no deja, desgraciadamente, una imagen mucho más feliz. El propio Cansinos, al referirse en sus memorias a sus conocimientos sobre literatura portuguesa, cita los nombres de Guerra Junqueiro, Eugénio de Castro y Teixeira de Pascoaes, y se hace eco de la revista A Águia, órgano de expresión de la asociación Renascença Portuguesa, vinculada al saudosismo (Cansinos 1982, I: 80-81). Nada, en efecto, que ver con la literatura de vanguardia en Portugal.

    En medio de este panorama surge, en efecto, la correspondencia “ultraísta” de Fernando Pessoa, convirtiéndose sus protagonistas andaluces en los mediadores reales del escritor portugués en España, a través de sus humildes medios. Pessoa escribirá tres cartas a Buendía, entre agosto y septiembre de 1923; diez a Adriano del Valle y recibirá cuatro, entre agosto de 1923 y noviembre de 1924; y enviará dos a Isaac del Vando-Villar y recibirá una de este entre agosto y septiembre de 1924 (Pessoa 1999, II). Adriano del Valle es, sin duda, el máximo exponente de estas relaciones. En el verano de 1923 pasa su luna de miel en Lisboa, allí conoce a Pessoa y entrega algunas tardes a traducir poemas de Mário de Sá-Carneiro, fallecido en 1916. Gracias a este contacto, y a la amistad de Adriano con Rogelio Buendía, aparecerá la primera traducción de poemas de Pessoa en España, que tendrá lugar el 11 de septiembre de 1923 en el periódico de Huelva La Provincia, propiedad de la familia política de Buendía, quien tradujo, junto con su mujer, María Luisa Muñoz, los fragmentos V, VII, VIII, XII y XIII de los poemas ingleses de Pessoa titulados Inscriptions (Sáez Delgado 1999). A este hecho se refieren varias de las cartas citadas, como las enviadas por Pessoa a Buendía el 3/9/1923 y el 15 del mismo mes, en las que también agradece el envío de La rueda de color, poemario ultraísta del español que Pessoa comenta en carta a su autor de 20/8/1923, y que Adriano del Valle traduce y publica, con un breve pero interesante preámbulo, en el periódico sevillano La Unión del día 18 de septiembre de 1923:

Con ocasión de mi reciente viaje a Portugal, hube de conocer en Lisboa a uno de los más puros y selectos hombres de letras de aquel bello país ibérico: Fernando Pessoa. A su virtud de gran poeta, de ciudadano avecindado en Lunalópolis, une la depuradísima cualidad de ser uno de los más sagaces críticos literarios de su país y de poseer un espíritu tan amplio y tan abierto a todas las fuerzas ciegas de la naturaleza –“súbdito del mar y del cielo”, se llama él– que toda su obra está llena de una gran prodigalidad de comprensión, de una fina sonrisa de simpatía, para todas las más audaces manifestaciones del arte contemporáneo.

Si las tres cartas pessoanas que tienen como protagonista a Buendía toman como motivos centrales el envío de La rueda de color y la publicación de estos dos textos (los poemas y el fragmento de la carta) de Pessoa en España, las intercambiadas con Isaac del Vando-Villar demuestran también estar propiciadas por un motivo ocasional, como es el envío al autor de Mensagem del libro de poemas del español La sombrilla japonesa, aparecido en 1924. Esta circunstancia, semejante a la protagonizada por Buendía y cifrada en el hecho de que ambos poetas enviasen sus libros a Pessoa para obtener de él una opinión, parece demostrar claramente que el portugués era para ellos, como manifiestan en sus cartas, sobre todo un crítico literario, tal vez conocido a través de los textos publicados en 1912 en A Águia, y que supusieron su estreno literario. Por entonces, Pessoa había publicado dos plaquettes de poemas ingleses y bastantes poemas dispersos en revistas, tanto tras el nombre ortónimo como tras la firma de algunos heterónimos, hecho que debió pasar desapercibido para sus corresponsales españoles, que no se refieren salvo de pasada al Pessoa poeta.

    Curiosamente, el interés de Buendía y del Vando-Villar por conseguir una crítica firmada por Pessoa en Portugal nunca llegó a fraguarse, sino que fue el habilidoso escritor portugués el que consiguió, quejándose de la falta de medios cultos en su país donde publicar una hipotética reseña, ver sus palabras publicadas en España, gracias a la traducción realizada por Adriano del Valle. Este hecho debió agradarle, puesto que el 14/9/1924, Pessoa escribe a Isaac del Vando-Villar dos cartas: una primera en la que le comenta La sombrilla japonesa, indicando incluso sus poemas preferidos; y una segunda, complementaria de la anterior, en la que le dice que puede publicar esa primera carta donde quiera en España, como hiciera Adriano con la carta sobre el libro de Buendía. Y, por si fuera poco, Pessoa escribe ese mismo día una tercera carta, esta dirigida a Adriano, donde también le indica que pueden usar su carta a Isaac del Vando-Villar para traducirla y publicarla en España, bajo el astuto argumento de que “sempre há vantagem pública na opinião de um estrangeiro” (Pessoa 1999: 42-43). Como he defendido en varios lugares (Sáez Delgado 2000; 2002; 2012), estas cartas demuestran claramente el interés de Pessoa por divulgar su obra en España, dentro del proceso de difusión de la literatura y la cultura portuguesa que había emprendido ya en 1915 alrededor de la publicación de Orpheu, y que queda claramente expresado en fragmentos como: “Em Hespanha o que é mais preciso é a disseminação da nossa litteratura, sobretudo da litteratura typicamente portugueza, para, de certo modo, contrabalançar a disseminação que a litteratura hespanhola já obteve entre nós” (Pessoa 1993: 314).

    Las cartas intercambiadas con Adriano del Valle son, como hemos visto, más numerosas y fruto del contacto personal establecido entre ambos escritores a partir del encuentro producido en junio de 1923. Por estas cartas, repartidas a lo largo de quince meses, desfilan asuntos de más trascendencia, como algunos proyectos e inquietudes literarias, opiniones sobre autores y libros contemporáneos, etc. No es extraño encontrar en este conjunto los nombres de otros escritores portugueses que Adriano conoció en el viaje de 1923 (António Botto, a quien dedicará un artículo en la revista sevillana Oromana en 1926; la poeta decadente Judith Teixeira, de quien traducirá un poema que aparecerá en La Provincia; José Pacheko, director de la revista Contemporânea) o los de otros escritores cuya obra había conocido (Mário de Sá-Carneiro, José de Almada Negreiros, Raul Leal), junto a un pequeño pero selecto conjunto de autores y obras recomendados por Pessoa en carta de 14/9/1923, y que iría poco a poco enviando al español gracias a un dinero que este le había dejado al efecto al acabar su luna de miel: Aquilino Ribeiro y sus obras Jardim das Tormentas, Estrada de Santiago y Filhas de Babilónia, O país das uvas de Fialho de Almeida, Serão Inquieto de António Patrício o Flor da Lama de Eugénio Vieira.

    En respuesta a esta carta, el 3/10/1923, Adriano exponía a Pessoa la composición de sus anaqueles portugueses, desvelando los libros que poseía en aquel momento:

Los libros que poseo son: Invención del día claro; Silva, La mantilla de madroños, Claveles de papel y Canciones de esta negra vida de Eugenio de Castro, estos 4 últimos, y de Almada el primero. Paisajes de China y del Japón de W. De Morais, Clepsidra, El Libro de Cesário Verde, Canciones de António Botto, los libros de Judith Teixeira, los de Raul Leal y los de Vd., que no cito porque sería ocioso. Estos son todos los libros portugueses que poseo (Pessoa 1999, I: 368).

Entre los libros de Adriano se cruzan, significativamente, los de los simbolistas Eugénio de Castro (por quien los tres interlocutores andaluces demostraron una notable admiración) y Camilo Pessanha, junto a los de los jóvenes poetas que conoció en Lisboa, dibujando con mano firme su por entonces incipiente interés por la literatura portuguesa, que no hizo sino aumentar con el paso de los años.

    Sin embargo, las dos cartas que me parecen más interesantes en el intercambio entre Pessoa y Adriano son las fechadas a 20/4/1924 y 10/11/1924, siendo ambas del español al portugués. En ellas, el autor de Primavera portátil se aparta del tono circunstancial de otras misivas para hacer la primera de algunas consideraciones estéticas relevantes acerca de la recepción que habrían tenido en España los libros de Judith Teixeira y de António Botto, enviados por Pessoa a una veintena de críticos literarios españoles bajo el auspicio del propio Adriano:

    Entre mis amigos de España no se han visto bien los libros de Judith y Botto. Dicen que eso pasó en Europa sin entrar en España. Wilde, Lorrain, Rachilde quedaron anulados por Apollinaire y por la gracia agilísima de Paul Morand. ¿No decirnos nada del gran Rimbaud ni de Mallarme? Eso es lo que queda, como quedará también Cesario Verde. Marinetti pasó también, pero trajo los anteojos de teatro puestos del revés, para mirar así a todo los falsos valores intelectuales (Pessoa 1999, I: 371-72).

    En su respuesta a esta carta, Pessoa parece comprender las razones que habrían motivado la recepción negativa de los libros citados, cuyo decadentismo no habría sido, muy probablemente, aceptado en los círculos críticos más próximos al Adriano del Valle ultraísta de 1924. De cualquier forma, parece evidente que la lectura que Adriano realizó de los intereses estéticos de Pessoa fue muy superficial, no llegando nunca a conocer ni a comprender las razones que motivaban su heterogeneidad estética. Este hecho queda de manifiesto en la última carta intercambiada entre los dos corresponsales, el 10/11/1924, sin duda la más interesante de todo el epistolario, en la que Adriano comenta los contenidos del primer número de la revista Athena, dirigida por el propio Fernando Pessoa, y en cuyas páginas, junto al nombre del escritor portugués, aparece ya también el del heterónimo Ricardo Reis, cuya existencia sin duda desconocería el español en aquel momento, pues no se justifica que en un comentario tan prolijo no dedicara una única palabra a la puesta en escena de la heteronimia pessoana:

Dentro de la orientación que inicia Athena –muy antigua y muy moderna– ¿por qué no se inclinan un poco a la estética de la avant-guerra y de la post-guerra, que culminó –y culmina– en los nombres de Apollinaire, Max Jacob, Reverdy, Cendrars, Paul Morand, Giradoux y tantos otros nombres sugestivos? Temo que para ello sea una rémora el mismo título de la revista –Athena– pero nosotros, los jóvenes, hicimos una Revista en Sevilla que se tituló Grecia, en la que creamos la moderna y audaz escuela literaria que ha dado la vuelta al mundo con este nombre que no sé si habrá llegado a sus oídos: ultraísmo (Cfr. Sáez Delgado 2000: 451-52).

Esta carta, en efecto la última conservada de este intercambio, parece poner de manifiesto el, a pesar de todo, epidérmico contacto mantenido por ambos escritores en el verano de 1923, así como en las cartas que siguieron al mismo. Evidentemente, no parece que Adriano hubiera hablado nunca antes a Fernando Pessoa del ultraísmo, al que por entonces estaba entregado, lo cual no deja de resultar significativo, y no hace sino subrayar la escasa profundidad intelectual y estética de la relación establecida. Curiosamente, dos décadas más tarde, en los años cuarenta, cuando Adriano del Valle es uno de los cabecillas intelectuales de la política cultural del régimen franquista y viaja con frecuencia a Lisboa, se referirá a su relación con Pessoa en varias entrevistas concedidas a la prensa portuguesa en tono bien diferente (Sáez Delgado 2012: 65 y ss.), aprovechando los primeros años de canonización del poeta portugués para reconstruir su propia memoria y hacer pública una visión de su amistad con Pessoa mucho más honda y triunfal de lo que fue en realidad, según nos indican todos los datos. A corroborar esta opinión nos ayuda también el hecho de que Adriano no mencione, como hemos dicho, el nombre de Ricardo Reis, ni se refiera a la heteronimia pessoana en ninguna de las cartas ni en el texto que dedica al portugués en el diario La Unión. Todo parece indicar, una vez más, que el conocimiento que el español tuvo del proyecto heteronímico del portugués fue nulo, a pesar de lo que afirmaría el autor de Arpa fiel en las entrevistas concedidas entre 1946 y 1952.

    Para desvelar la verdadera magnitud de este contacto, para trazar un mapa fiel y riguroso del perfil y las fronteras de la amistad surgida entre ambos escritores, sin dejarnos seducir ni cegarnos por las pasiones propias de sus protagonistas, las cartas “ultraístas” de Fernando Pessoa se convierten en un material de primera magnitud, gracias al cual, a pesar de su papel muy secundario en el contexto de la producción epistolar pessoana en su conjunto (cfr. Parreira da Silva 2003), podemos construir de una manera más fiel los itinerarios vitales y estéticos de los escritores envueltos en este paisaje postal. Sin estas cartas, muchas de ellas conservadas gracias al cuidado de Pessoa por guardar copias de las muchas que redactaba, el panorama de las relaciones establecidas entre Pessoa y los escritores españoles de su tiempo sería radicalmente diferente. Sin duda, para el “hombre superior”, todas las cartas no comerciales, formando parte de su legado literario (y, en el caso de nuestro autor, siempre en los límites entre la realidad y la ficción), tienen como destinatario último a su propio autor, preocupado siempre por las huellas que sus pasos dejarían en la historia de la literatura.

 

Universidade de Évora – Centro de Estudos Comparatistas

Antonio Sáez Delgado

 

Posted in: Reminiscencias