Canción de cuna para un fantasma: Marisa Martínez Pérsico

Marisa Martínez Pérsico nació en Lomas de Zamora, Buenos Aires, en 1978. Profesora universitaria radicada en Italia en 2010. Es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y doctora en Filología Hispánica por la de Salamanca. Sus poemarios: Las voces de las hojas (1998, Ediciones Baobab, Buenos Aires), Poética ambulante (2003, Edición antológica del Instituto Cultural del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, La Plata), Los pliegos obtusos (2003, Edición antológica del Instituto Cultural del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, La Plata), La única puerta era la tuya (2015, Verbum, Madrid), El cielo entre paréntesis (Valparaíso España, Granada). Acaba de publicar su primera novela, Las manos en la madre (2018, RIL Santiago de Chile-Barcelona). Sus poemas han sido parcialmente traducidos al inglés, italiano, francés, portugués y macedonio. Es investigadora correspondiente del CONICET y desde 2014 dirige en Roma la revista Cuadernos del hipogrifo. http://www.marisamartinezpersico.com

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CANCIÓN DE CUNA PARA UN FANTASMA

 

Hay un niño que pide

que lo traiga a este mundo

que lo arranque del fondo del acaso

le regale su nombre

una cuna

un oso colorado.

 

Quién supiera, mi niño

si alguien más te enviaría postales de las nubes

dirigidas al número de casa.

 Quién supiera

si podré conducirte de la mano

por senderos remotos y dormidos

como un haz de cometas con luces en el cuerpo

y un jubón para ardillas encantadas.

 

Hay un niño que gime. 

Yo no sé consolarlo.

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DIGNIDAD

 

De todos los oficios de la rosa

elogio su homenaje de la muerte.

Empecinada por trepar la tierra, ávida

de gloria

se endereza majestuosa contra el viento

coronada por un séquito de plumas     

a esperar

la recompensa   

de que algún caminante

aplauda su belleza

y la destruya.

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OFICIO BLANCO

 

Cada noche

un niño ante la sombra

de su madre que se aleja.

 

Las luciérnagas

déspotas de luz bajo una luna de cuarzo

atestiguan su ausencia.

 

Mariana está rota.

Junta sus pedazos, guarda sus astillas.

Se abrocha la falda, se esconde los senos.

Se aburre del circo

pero siempre baila.

 

Un triciclo averiado reposa entre juguetes.

La ropa tendida en su cuerda de alambre.

Se escuchan suspiros

del hijo que duerme.

 

¿Qué siente Mariana, después del festejo,

cuando, en su refugio, se quita el disfraz?

Se siente paloma, tan blanca, tan pura

comiendo basura que algunos le dan.

 

Y se duerme en paz.

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Manifiesto desigual desde un mirador europeo

 

Celebro el absurdo de gestos discrepantes:

la hoja que cae o la guerra que estalla.

Un diccionario de antónimos

escrito en las páginas del mundo.

 

Dos perros discuten sobre un plato vacío.

Desde un segundo piso una ventana a oscuras

se hace eco de mí.

La brisa menea su martillo sobre un techo de lata

y la niebla es un ojal donde se cuelga la luna

blanca y negra

como la esperanza de un niño de ultramares

que delira

con tumbas de papel.

 

Atrapo sustantivos

los libero en la bolsa de la noche

pongo el hambre en un frasco de Chanel.

Lo doblo hasta arrugarlo.

Pero no entra.

 

Creo en la fiebre de los pájaros

en los panes como témpanos

en la duda

y en las flores secas.

El universo renace cuando falta.

 

Desde el centro del Imperio donde vivo

otro hemisferio me habla todavía.

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EPITAFIO PARA UN HOMBRE ENANO

Con Tuñón

        Nunca fue devoto de estanterías ávidas de cielo ni habitué de bibliotecas centenarias. Aliado de picaportes y bolsillos, competía con las palomas para alcanzar las migajas que los turistas arrojaban al enjambre de plumas. Bastaba la picardía de un gorrión advenedizo para robarle de un picotazo la ilusión del hambre postergada. Una vez gimió de rabia, con un llanto de ternera herida, pero la plaza padecía amnesia de piedad y los ojos ajenos le quedaban altos. Se durmió escuchando la comparsa de los grillos.

    Jamás el pestañeo lujurioso de una dama lo tuvo por destinatario. Atestiguó presencias húmedas entrelazadas en las esquinas del pueblo, allí donde las sombras se confunden con árboles mestizos. En el tren adivinó una pierna de mujer semidesnuda, el triángulo del pubis encofrado bajo la falda de una joven sentada frente a él. Al bajar, un pasajero insolente lo tomó de bastón.

Arrastraba los pantalones con un runrún festivo y monocorde.                     

Era un alpinista de cenizas, un jinete de cigarras, un profeta de túneles abiertos.

Lo enterraron en un cajón de niño, entre el tobogán y la hamaca, ante un elenco afligido de palomas.

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Olvidarás también esto que somos

 

Lo preveo

sin que exista un atrás, un además.

Tu hombro, su hombro

alguna vez latente tu dolor en lontananza

al ver la tempestad cernirse en el Egeo

o al coronar de púrpura

un azul mediterráneo, como un día soñamos.

 

Pero pasa,

es una gota de amargor que punza bajo el vientre

un repicar de luces oblicuas en los ojos

una costura floja en el menguado hilván de tu existencia

y ella inquiere ¿qué pasó?

mientras las aves simulan ser gaviotas

y escapan con sus crías a otro sitio

sin ecos de tormenta.

 

Pero pasa,

aunque el invierno se te atore de cuajo en las arterias

y resucite inclemente

cuando afuera llovía temporadas

deslizándote en la cripta de mis templos sagrados un instante

y sin saber qué ocurre

ella te atraque un rizo victorioso por detrás de la oreja

hasta agregar un eslabón al gesto de mujeres amadas

o agregar una mujer al eslabón de gestos que el amor inspira

mientras una carabela subterránea

desempolva galerías celosas de recuerdos

y me arroja de bruces en tu orilla.

 

Pero pasa,

y tu latido se aferra al sucesor en una síncopa frenética:

es la vida que te empuja a edificarla desde el surco primigenio

suspendido en la ilusión de una pureza todavía posible

a estas alturas

sin ningún además al que aferrarse

aunque hayamos sido así

tan así

de todas formas.