José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco Berny (Ciudad de México, 30 de junio de 1939 – Ciudad de México, 26 de enero de 2014). Poeta, narrador, ensayista y traductor, ha sido uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX.

De algún tiempo a esta parte

 

I

Aquí está el sol con su único ojo, la boca escupefuego que no se hastía

de calcinar la eternidad. Aquí está como un rey derrotado que mira

desde el trono la dispersión de sus vasallos.

    Algunas veces, el pobre sol, el heraldo del día que te afrenta y vulnera,

se posaba en su cuerpo, decorando de luz todo lo que fue amado.

    Hoy se limita a entrar por la ventana y te avisa que ya han dado las

siete y tienes por delante la expiación de tu condena: los papeles que

sobrenadan en la oficina, las sonrisas que los otros te escupen, la esperanza,

el recuerdo… y la palabra: tu enemiga, tu muerte, tus raíces.

II

El día que cumpliste nueve años, levantaste en la playa un castillo de

arena. Sus fosos comunicaban con el mar, sus patios hospedaron la

reverberación del sol, sus almenas eran incrustaciones de coral y reflejos.

    Una legión de extraños se congregó para admirar su obra. Veías sus

panzas comidas por el vello, las piernas de las mujeres, mordidas por

cruentas noches y deseos.

    Saciado de escuchar que tu castillo era perfecto, volviste a casa,

lleno de vanidad. Han pasado doce años desde entonces, y a menudo

regresas a la playa, intentas encontrar restos de aquel castillo.

    Acusan al flujo y al reflujo de su demolición. Pero no son culpables

las mareas: tú sabes que alguien lo abolió a patadas ―y que algún día

el mar volverá a edificarlo.

III

En el último día del mundo ―cuando ya no haya infierno, tiempo ni

mañana― dirás su nombre incontaminado de cenizas, de perdones y

miedo. Su nombre alto y purísimo, como ese roto instate que la trajo

a tu lado.

IV

Suena el mar. La antigua lámpara del alba incendia el pecho de las

oscuras islas. El gran buque zozobra, anegado de soledad. Y en la

escollera herida por las horas, de pie como un minuto abierto,

se demora la noche.

    Los seres de la playa tejieron laberintos en el ojo del náufrago,

próximo a ser oleaje, fiel rebaño del tiempo. Alga, litoral verde,

muchacha destruida que danza y brilla cuando el sol la visita.

V

De algún tiempo a esta parte, las cosas tienen para ti el sabor acre de

lo que muere y de lo que comienza. Áspero triunfo de tu misma derrota,

viviste cada día con la coraza de la irrealidad. El año enfermo te

dejó en rehenes algunas fechas que te cercan y humillan, algunas

horas que no volverán pero que viven su confusión en la memoria.

    Comenzaste a morir y a darte cuenta de que el misterio no va a

extenuarse nunca. El despertar es un bosque de hallazgos, un milagro

que recupera lo perdido y que destruye lo ganado. Y el día futuro, una

miseria que te encuentra solo: inventando y puliendo tus palabras.

    Caminas y prosigues y atraviesas tu historia. Mírate extraño y solo,

de algún tiempo a esta parte.

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