Bestiario mínimo: Luis Armenta Malpica


Luis Armenta Malpica es poeta y director de Mantis Editores. Expremio de Poesía Aguascalientes, ha recibido los premios Ramón López Velarde, Efraín Huerta, José Emilio Pacheco, Sor Juana Inés de la Cruz, Enrique González León, Jalisco en Letras, Diplôme d’Excellence en Rumania, Premio Jaime Sabines-Gatien Lapointe y nombramiento de Cavaler al Poeziei Capitalei Marii Uniri Iași, entre otros. Por su labor editorial recibió la Pluma de Plata y también el premio Nichita Stànescu en Moldavia. Autor de más de veinte poemarios, siendo los más recientes Llámenme Ismael, Götterdämmerung. Antologie minime, Greetings to the Family y Voința luminii. Ha sido traducido al alemán, árabe, catalán, francés, inglés, italiano, neerlandés, portugués, rumano y ruso.

VOLUNTAD DE LA LUZ

(1996)

 

EL PEZ INMERSO

 

El pez será una ausencia cuando ya no lo nombren

mientras no puedan verlo las arañas

ni se le dé por muerto

en algún nido.

 

El pez será el asombro que se finja

cuando al ir al zoológico

en la sección de historia se le mire

disecado

encima de una ficha:

                                          Pez

                                                        extinto.

 

Entonces se le echará de menos.

 

Más de alguno dirá que él sí lo conocía:

era dueño de un par de poderosos alerones

cubierto con escamas de metal

y en la punta del cuerpo

en el timón de mando

una cortina de humo

ensombrecía

su avance.

 

Y otro dirá que no

que el pez era un antiguo rascacielos

especie de pirámide de vidrio y argamasa

en donde los muchachos escondían las monedas

robadas a sus padres.

Y una anciana gloriosa

(lo que denotará su estirpe y sexo)

abrirá los olanes de su blusa

desarmará su torso

y enseñará en la aréola

el cuerpo inconfundible del pez

en sus costillas.

 

Y ella no dirá el nombre que una vez fue

la herencia del agua

no dirá que malagua fue un invento de ancianos

y que no existe otro animal que el hombre…

 

Se quedará

desnuda

tan pez

como hace ya

muchísimo

estuviera

al acecho

de un nuevo golpe

de años

que la conduzca

al agua.

 

La mujer

en medio de la burbuja de aire

surgida de su aureola

beberá de una vez lo que una vez dio

a su hijo

se enganchará por siempre

en su anzuelo de madre

y morirá tranquila

atravesados los labios por un beso

los ojos de un crepúsculo blanco

y el corazón

partido en tres

por una gota de agua.

 

Y los desconocidos se dirán entre sí…

                                                                    «Era la ungida».

Ella

en la agonía del pez

convulsionada

negará con los ojos.

Todo eso fue mentira.

 

Solo hay algo que de ella va a decirse

sin que el hombre recele:

                                                      la mujer era

                                                                    el pez.

                             Siempre lo ha sido.

 

Mas los hombres esperan

porque habrá de llegar de algún sitio

del hombre

                           la migala.

 

 

 

CANTARA

(1998)

 

 

CANTE JONDO

 

El amor envejece con el cuerpo.

Aunque en la desnudez siempre es perfecto.

 

(Es la carne. Es la espada.

Toda fiesta bravísima donde nos reencontramos

uno enfrente del otro

—con la bestia).

 

Sabemos lo que dura:

media tarde, un insomnio, seis años

una vida. ¿Cuánto podría durar hasta que nos agota?

 

(En el amor los hombres se montan a otros hombres

les hincan las espuelas, los jalan de la brida.

Y ya después, cansados, sudorosos, les dejan en los belfos un bote de cebada.)

 

Es por eso que quiero humedecer despacio la tierra de tu nuca

los lentos girasoles de tu pecho

tu vientre, tus rodillas, cualquier páramo en llamas donde habites.

Decir ahogadamente cuánto te amo

—mis brazos en tu cuello

            horca de sal          mis manos—

y por qué la razón de repetirlo.

(Uncidos los caballos con un yugo

a la par

sometidos y sedientos

no serán pieza fuerte del tablero

ni quien enfrente al hombre con el toro.)

 

Que no me falte el agua es lo que pido:

que no me coma viva la sed que me atraganta.

 

El amor dura el tiempo necesario

para decir tu nombre y me respondas.

 

La última consecuencia del olvido es el silencio.

La forma más antigua de estar solo.

 

 

 

 


DES(AS)CENDENCIA

(1999)

 

 

GLORIA

 

Yo desciendo de un barco.

Y busco el mar de ayer —el agua

que no miente.

Mira, asediada gris de las bestiales barbas

cuyo bautismo obtuve de tu dorso:

sé que a tu canto naufragan los marinos

(según Nathaniel Tarn, ustedes son los ángeles)

y giran las tormentas.

Por eso vengo a ti, hembra amantísima

viajera de los polos, señora de Jonás, madre de Melville:

yo me podré salvar si te zambulles en el anciano mar

que nunca miente.

Si me llevas contigo, Mishe-Nahma, alisaré tu lengua

con mis pasos que buscan y regresan, porque así son

los viajes.

             Que si conozco el mundo…

Era una gota sola, pero ya la tragaba.

Era un riachuelo, un manantial, un lago

lo que mi desnudez dejaba en gritos:

tan suntuosa la luz, que desprendía de escamas

a las nubes.

Así supe la lluvia: prolongación de mí, de la mirada

que encalló alguna vez entre los icebergs

pero siguió adelante, sin muelle o farallón, sin costas ni horizonte.

 

Supe del mar cuando me supe tanto

que me hizo falta Dios

un pez (en su infancia de monstruo) que resoplara por sobre mis oídos y mis ojos…

quien inventara el canto —el hálito de vida— y los anzuelos.

Supe de ti, señora de los peces

porque una vez en la burbuja de cristal donde vivían mis padres

escuché una oración por mis hermanos

y un rosario de gotas por mi descanso eterno.

Supe del agua: lo que guardaba en mí

(de mi infancia de piedra)

por el filtro de casi cuarenta desembarcos.

Agua que nos contiene

             Dios

para beberlo todo.

 

 

VINO DE MUJER

(1999)

 

para Toni Guerra, a partir de Dama silenciosa (acrílico s/tela, 1992).

CUARTO MENGUANTE

 

En la pupila humana, el blanco es al silencio, lo que es al rojo un grito.

Y a la dama silenciosa nadie la había mirado de tal modo que la luna escurriera por sus dedos…

pero qué es de la luna sin los ojos del hombre, si mirarla en la dama es convertir la luz por algún sortilegio en una bestia.

o

El hombre es un lobo para el hombre, la dama piensa y ríe, mostrando sus colmillos.

Y conoce el averno, porque sus ojos lanzan la blanquísima espuma que esconde entre sus muslos.

Ya despierta la sed que traen los ojos, la dama silenciosa vigila sus latidos;

su lengua le persigue hasta el cubil del sexo

y esa noche es una luna roja: completamente llena

con la más blanca sangre de los lobos.

Vino de la mujer: el vigilante.

LUNA NUEVA

 

No basta en el amor que el hombre imponga su arduo reino y que el sol aparezca al día siguiente.

¿Qué será de las lobas en el día, mientras la gente se acoraza y enfrenta delante de un café y un cigarrillo humeando?

¿Alguien mira a las lobas cuando ya no son lobas?

No basta en el amor una mirada.

¿Qué será del café cuando la noche llegue con sus veintiocho lunas encendidas;

qué de la porcelana —insomne para esa hora—, o de los ceniceros —su posible enfisema—; qué del qué de los hombres que jamás fueron lobos y a quienes la mirada se les cierra en el puño?

o

Basta con esa noche para que veinte dedos se agarren bajo un mantel de rosas

y que la barba, los cabellos y los colmillos crezcan

para que el hombre piense que se asfixia de besos en el primer aullido de quien yace a su lado.

o

Y azul, precisamente, es la mirada

porque el amor aúlla si dos bestias se lamen, acompasan sus cuerpos al morderse, erizan su pelambre de tanta luna al viento y llegan a sangrar de sus hocicos al decir ese fuego que nació de las bestias.

o

Cuando la bestia calla, es el hombre quien habla

ya indefenso.

 

CUARTO CRECIENTE

 

La dama silenciosa se fue al amor un día: sentimental, desnuda y acosada,

con la noche doliendo por los ojos.

El amor era una buena excusa para variar su miedo.

La patria de la bestia era un secreto entre hombres.

¿A dónde regresar que menos les doliera, si la verdad del hombre permanece escondida bajo una piel de loba?

o

La noche es un gigante que domina a los lobos de una sola mirada

                             (dominar a la bestia, a la naturaleza, es seguir sus designios).

Qué le queda a las lobas sino cerrar los ojos y esconderse.

La loba se enamora si una bala de plata revienta sus ventrículos

y sangra igual que el hombre cuyo rastro de almizcle perseguía.

No ha aprendido que el amo del amor es el silencio.

o

Cuando un hombre recuerda sus aullidos entiende a sus cachorros:

descendiente de Rómulo

el hombre es remo y barco donde una madre loba amamantó su casta.

De las ubres del cielo

una luna quebrada a machetazos cuelga.

¿Quién se abre paso entre la piel del lobo?

Es el hombre: quien se ganó a su bestia.

La dama silenciosa le lame su pelliza

su orín

su dura sombra.

Su silencio es oírle mientras el hombre es sordo.

El reino de la bestia está en su sombra.

La bestia ya no aúlla:

              supone que el espejo y el eco hacen lo mismo.

No habrá lobas sin hombres.

LUNA LLENA

 

El hombre silencioso quisiera fenecer bajo la luna.

La noche va poblando sus ropas de murciélagos que destrozan su cuerpo en mil

a ñ ic o s :

             pupila

             sombra

             huésped.

Aullido que fustiga las murallas.

Roca a cemento, magma de contingencia

masculina, qué voz dice: es el lobo

fundador de su reino entre las bestias; aborigen

del hombre, qué mira y disecciona con esa lengua en filo que cae sobre el espejo.

Es al hombre: la condición de un hombre

lo persigue, la marca entre sus dientes: dice.

Es el hombre, su sombra

lo que mira…

o

A caballo, en la noche, con una luna rota como alfanje, parece combatir —a mil aullidos— su linaje de lobo.

No lo dice: parece.

Es el huésped nocturno del espejo.

Es la luna del hombre en casa de la bestia.

Muralla a roca y grito, qué dice que aparece en el espejo

el lobo.

o

Él observa la luna, quebrada en mil cristales, mil aullidos

en una noche inmensa de pupilas mirando, como quien no parece

(empero disecciona) al hombre que lo llama. El hombre

es quien le dice: lobo.

o

Y se nombra con él

porque las bestias andan con sangre en el hocico, erizadas

del pelo y las orejas. El viento los dirige hasta esa madriguera donde el

hombre se queda aterido a sus miedos, un cerillo en las manos para

alumbrar los ojos de quien le mira al fondo de un fragmento de vidrio,

multiplicado en miles, millones de mandíbulas que crecen y babean sus

hambres más profundas; ventisca de los siglos que han acechado al

hombre cuando el fuego no se prendía en sus manos, no las

amedrentaba, con sus ígneos vapores al fondo de la luna, donde las

bestias viven.

o

El hombre del silencio se va quedando blanco

por esa antorcha viva del reclamo.

La dama lo contempla esconderse en un cristal pequeño

el menor, una línea, una abertura apenas

en el cubil del alba. El hombre va

en silencio, vestido todo

en blanco. Así

vuelve a su reino, a las grandes murallas

donde el lobo es su huésped

su sombra su

pupila.

GÖTTERDÄMMERUNG

(2011)

 

ORQUÍDEAS PARA FARINELLI

—SOLO—

Il ragazzo que canta

observa a los dos bailarines de traje azul marino:

de la Séptima hacen el allegretto. Dice

de modo entrecortado

lo que parecen trinos: coloratura que va

del blanco al rojo según lo que contempla.

 

     “Como dicen que mueren los que han amado mucho” (Gil de Biedma), los veo morir, sin más. A falta de futuro, catarata en los ojos: Tan Dun de Bach a Monk, de Shakespeare a Perlongher. Los veo morir (‘Pandémica y) entonces Big Bang del Amazonas. Todo este firmamento (celeste’) para Vincent Van Gogh. Sin novedad los veo: bang bang en el país. Los tres en uniforme: miché, madama, morro que en mis espaldas hizo guarida, luna y bosque. Bangkok o Bangladesh. Los tres un solo vuelo: cisne de Montsalvat que tiende a lo sublime si Jussi Björling canta. Los tres un estandarte. Un héroe, si cae como una piedra sobre Mujica Lainez. Digresión de la danza: el tigre y el dragón. Los tres en un gangbang que solo yo miré.

 

Un nudo se le forma en la garganta:

esos cuerpos magníficos abandonan la tierra de Beethoven

y llegan al Vedado a calle 23 a las 11:11.

 

     “Donde la furtivez solapa y hotelea un sinnúmero de élitros y lenguas; donde nombres de anónimos quereres quedan escritos sobre las paredes; y quejumbres, lamidas y morderes, redes, mamaduras y fajes dejan tan solo un corazón pintado” (Abigael Bohórquez), dicen que estuve yo. En ese corazón tan desalmado, aterido desván que poco visitaban mis amigos, dicen que estuve. Pero me fue vedado ese lugar, no llego en un dos tres ni a mis años de vida y los relojes mienten cuando los toca un hombre sin dinero. Soy el blanco perfecto: todos pagan por mí, ninguno me conoce y hablo poco. Hablo mal, pero no mal de nadie. Quisiera que lo vieran sin prejuicios: en este corazón que desgañitan, que marcan con sus terribles dudas, también ha estado Dios.

 

Un nudo en el vacío dejó la orquiectomía

al encontrarse inmerso en tantos (otros

los llaman hombres)

que como él no terminan de decirse el amor

sin repetirse.

Tantos niños en coro: voces abigarradas

para esa sola muerte de los cisnes.

Lago de sangre umbría (jamás azul en Cuba).

Si parece venir desde el abdomen

(otros) la llaman hambre

resplandor de (otro) líquido

insomne, definitivamente estúpido vacío

—recuerda Abigael—

“como para que tú inventaras alguna otra

aquí,

marinero,

orgasmo,

relincho,

palabrota,

para un adiós sin nunca.”

 

     “Ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe, una hoja cuya rama no existe, un mundo cuyo cielo no existe” (Luis Cernuda). Ignoro todavía que soy padre de un cuerpo de migajas. Padezco la maternal costumbre de adolecerme si, como quisiera, no visto de uniforme: no me quedaría el tiro si usara una pistola; prefiero una navaja, pero nunca he dejado mi nombre en su interior. [Leí a Mujica Lainez, por supuesto: Los cisnes y Bomarzo. El Hambre, de Hamsun y El verdugo de Lagerkvist. Herman Hesse me hizo El lobo estepario y me di a la poesía con plena sinrazón.] Tomo un pincel a veces y mis colegas me llaman Cara Vaio. Otras soy la Satã. Casi siempre Murillo. Si la inicial coincide, mis ojos no coinciden.

o

Il ragazzo de voz entrecortada

niega la mamadera el pipi

piso de tablón del barco que lo hubiera llevado a ser

a serpentear alguna variación de aguas aéreas

hasta Río de JaJa

neiro.

 

     “No es el muerto quien provoca el estupor/ es la sorpresa de ver cómo olvidamos/ su propia muerte, nuestro gran dolor./ Queda el muerto, nosotros nos marchamos” (Reinaldo Arenas).

 

No obstante, siguen sus ojos fijos

en las piedras de Roma.

 

 

 

GREETINGS TO THE FAMILY

(2016)

 

 

HORSES AND HIGH HEELS

 

I

 

En Canadá, la policía patrulla el barrio

en busca de los tacones altos que entorpecen

el paso de las sombras. Son intrusos

              y la ciudad les teme. Se llaman entre sí comecaballos

              y parecen flotar entre los muertos.

Las mulas rezagadas abandonan el bar

              y bajan las cortinas de la noche.

En medio del estrépito de versos y canciones

los primeros domadores de yeguas

sueltan unos billetes

               y se lavan las manos

               en el río.

Congelados

hasta el insomnio

escondemos nuestras piedras rodantes

en una grieta oscura. Deshacemos la línea

que nos marcaba el baile sobre los astilleros. Ni las sucias

paredes del sollozo nos detienen. Ni el hermoso muchacho

con sus altos tacones, sus colguijes al pecho

que expone sus ijares al látigo bestial de Tom of Finland.

Los policías desertan del carrusel con la garganta seca

y vómito en el piso. Piden un whisky doble

se persignan y beben con total avidez.

Nos arrojan los hielos y la alfalfa sobrante. La nieve cae

por fin. Nos comen

con los ojos.

 

 

II

 

Mi memoria se quedó sin animales.

El trote entre nosotros y los otros y ustedes

se ahogó en algún suspiro.

 

Me devora la música

y deshace las puertas que todavía de pie

llamamos hotel Chelsea.

 

En el Greenwich perviven los fantasmas.

Suena el toque de queda

y otra vez, congelado

permanece este aire que ha vivido conmigo

desde que yo nací.

 

En cambio, en mi cabeza permanece

el aire de familia: la gorra de marino

que flota en un retrato

de Robert Mapplethorpe.

 

Pero cuántas palabras

eliminan el miedo de la boca. La herradura

en el casco. El iceberg junto a mí.

 

 


 

Por la fotografía del autor: © José Ángel Leyva (editor y escritor)