El arte de vivir los lunes | Cuatro poemas de José Luis Morante

José Luis Morante (Ávila, 1956). Profesor de Ciencias Sociales, poeta, editor y crítico literario. Su obra poética se recoge en las antologías Mapa de ruta y Pulsaciones. Cultiva la prosa en los libros Reencuentros, Palabras adentro y Protagonistas y secundarios. Destacan en su labor crítica Arquitecturas de la memoria, Ropa de calle, y la edición Hilo de oro, en Letras Hispánicas. Su escritura aforística comprende Mejores días (2009) y Motivos personales (2015). En 2016 publicó Re-generación, selección de voces de poetas españoles del siglo XXI. Entre sus últimos trabajos están las ediciones de También vivir precisa de epitafio, estudio y antología sobre Javier Sánchez Menéndez (2018) y Los cien mejores poemas de Karmelo C. Iribarren (2018).

     Su trabajo investigador aglutina estudios de poesía contemporánea en castellano y el registro conciso del aforismo. En 2018 publicó Aforismos e ideas líricas de Juan Ramón Jiménez y en 2019 sale a la luz, de nuevo en Letras Hispánicas, su estudio sobre el aforismo español en los siglos XX y XXI. Es responsable del blog “Puentes de Papel” http://www.puentesdepapel56.blogspot.com

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HETERÓNOMOS

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Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora, y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(Hallé la puerta abierta
y me aburría…”),
me despido gozoso y luego marcho
―el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero―
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.

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EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES     

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El arte de vivir los lunes
requiere cierta práctica y algo de teoría,
saber de estratagemas y confabulaciones
y adjetivar la prosa cotidiana
con una terca voluntad de estilo.
Incontables acechan
los peligros desde el primer café,
crecen cuando un olor
anuncia escuetamente la leche derramada,
se reproducen con duración de días laborables
y en guardia se mantienen,
tal seguros precintos,
entre los pasajeros del tren crepuscular
que nos devuelve a casa,
al reclamo del lecho hospitalario.
El arte de vivir los lunes
sobrevive y se esconde
en vacuas reflexiones como ésta:
nada es eterno, salvo un lunes.

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EL PICAPORTE

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Casi nonagenario
―después de quince años de ceguera―
la evocación a tientas del pasado
equivale en mi padre
a resistencia.
El ahora es relente;
una cronología que tortura
con terapias y síntomas,
e ignora el leve aroma
de las flores de invierno.

Mi sedentaria angustia,
a cuerpo limpio,
no deja de pensar en cómo observa
aquello que no ve.
Con serena sonrisa
enumera detalles
que debieron ser ciertos
y yo escucho sonámbulo,
mientras cierro los ojos.
Todo pasó, no importa
si el pasado no asiente
o la estricta verdad le contradice.

A veces su mirada resucita.
Posiciona en un mapa
imágenes dispersas.
Su voluntad es luz;
es el tacto que gira el picaporte
para abrir desde dentro
la puerta infranqueable.

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ALCANTARILLAS

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Hábitat de la noche.

En la sombra dos puntos luminosos;
una rata furtiva
que no aparta su miedo
del  resplandor lineal de las linternas.
Cerca suena un golpeo monocorde
en el que cada gota
parece dejar sitio a la siguiente.
Igual que pulsaciones
de una sístole extraña,
Su percusión restalla y contagia humedad
al manchón de los muros.

Aquí  está boca abajo la belleza;
su destello cansado
es una pausa,
provisional y torpe.

Llagas ocres ascienden
hasta el negro vacío
de otro túnel.
Más cables, tuberías,
Excrementos
y  denso  chapoteo
sobre el limo que engulle las pisadas.
En el hedor, continuas advertencias
de  un terco desaliño.

Pero nada socava
el afán de seguir;
camino a tientas.
Todavía hay un miedo
más oscuro y más hondo.

No sé dónde comienza.

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Procedencia de los poemas

. “Heterónomos”, Rotonda con estatuas (Madrid, 1990)

. “El arte de vivir los lunes”,  Población activa (Gijón, 1994)

. “El picaporte”, Ninguna parte (Sevilla, 2013)

. “Alcantarillas”, Pulsaciones (Sevilla, 2017)

Por la fotografía del autor: D. R. © Javier Cabañero Valencia