LA POESÍA COMO PENSAMIENTO

 

La fijeza es siempre momentánea, nunca es enteramente

fijeza, siempre es un momento del cambio

Octavio Paz

 

 

La Poesía como pensamiento, como otra forma de ver, la percepción como creación. Hace ya algún tiempo cayó en mis manos un volumen con varios ensayos de María Zambrano, hay autores y libros que una vez hallados te acompañan e iluminan durante toda la vida, me pasó con María Zambrano y junto a ella podría citar a otros muchos autores como Albert Camus, Franz Kafka, Miguel de Cervantes, Italo Calvino, Virginia Woolf, Federico García Lorca, etc, etc. Comienzo con María Zambrano porque en sus escritos hallé por primera vez ese entender la poesía como pensamiento encarnado en el tiempo, como percepción en sensibilidad que nos devuelve a la humildad, a la desposesión, a la incertidumbre en la limitación de nuestra condición humana. Y cómo ese modo de pensar, aún colocándonos en radical desposesión, nos abre al sentimiento de lo fabuloso, de la asombrada mirada ante el universo.

  Quiero recordar en este punto la importancia de su legado, del legado innovador de la filósofa María Zambrano (Vélez Málaga, 1904 – Madrid, 1991), que mostró por primera vez un nuevo modo de entender la filosofía, basado en la necesidad de lo poético en toda indagación intelectual (Filosofía y Poesía, México, 1939). Adelantada a su tiempo quiso dar respuesta a la profunda crisis política, cultural y espiritual en la que Occidente estaba sumido, inmerso en sistemas filosóficos de cerradas estructuras, que proyectaban un tipo de pensamiento único de rígidas nomenclaturas, desde sistemas excesivamente racionalistas, en un vano intento de atrapar lo inexpresable, de definir una realidad que se negaba y que estalló en toda su violencia con la guerra civil española primero y luego con el ascenso del nazismo y la segunda guerra mundial.

  La huella ética e intelectual de María Zambrano resulta deslumbrante compromiso humano en un tiempo especialmente difícil: su largo y ajetreado exilio por La Habana, México, Puerto Rico, Paris y Roma durante la Guerra Civil y postguerra española y el posterior acoso nazi durante la ocupación europea.

  Sin embargo en todo momento asumió ese tiempo histórico con la responsabilidad moral de la acción intelectual contra la injusticia, como también lo hiciera en Paris durante la segunda guerra mundial, su amigo, el filósofo francés Albert Camus. Firme resistencia ética la de María Zambrano que le llevó en aquel Madrid de 1936 a una prolífica labor como colaboradora en prensa y revistas, defendiendo como escritora y también como oradora la legalidad de la República Española contra el golpe de estado fascista del 18 de julio de 1936, y aún después ya en el exilio, siguiendo con una incesante actividad de artículos y conferencias en las que advertía del avance de aquellas peligrosas ideologías totalitarias de Franco, Hitler y Mussolini que sumieron en una larga noche de barbarie y dolor tanto a España como a Europa (Los intelectuales en el drama de España, Santiago de Chile, 1937).

  La razón poética que propugnaba María Zambrano saca de este modo a la filosofía de la soberbia razón en la que parecía tan cómodamente instalada como gran diosa en su análisis del ser. La naturaleza abierta de este nuevo modo de pensamiento encarnado, concibe el ser en su inaprensible esencia de mutabilidad y discontinuidad en medio de los otros, desde la maravillosa indigencia del saberse nómada de sí mismo, milenario peregrino que balbucea en medio de espejismos. Metafísica poética asumiendo la luz y la noche que somos.

  Buena conocedora de los filósofos griegos así como de Ortega y Gasset, Unamuno, Nietzsche, Heidegger, Kant etc elige un camino bien diferente a todos ellos. Siendo de todo punto imposible establecer un cerrado sistema que englobe el ser de cuanto existe, y aún su causalidad y horizontes, el filósofo debe caminar no como un rey, sino como un mendigo. Precisando en esa mendicidad, de la mirada del poeta que vive dentro del enigma, respirando el misterio en un vuelo de asombro. Es entonces el pensamiento rapto de indagación apasionada, percepción sensible, puro hallazgo en su ontología experiencial, dándose enamorada y vital en cada cosa. El estudio y la escritura surgen así desde el lenguaje de la creación, siendo al mismo tiempo contemplación y acción estética que es también dinámica ética con el otro.

  Su escritura es así puro acto creativo que no renuncia a la belleza expresiva, a la metáfora y al símbolo en su investigación intelectual, para mostrar ante esa filosofía tradicional basada exclusivamente en el universo de los conceptos, la encarnadura del pensamiento en lo humano. Humanidad de pasiones, quimeras y fantasmas, de esa hermosa y terrible condición humana que bebe igualmente del fuego y de la nieve en su laberinto.

  El pensador necesario sería por lo tanto aquel caminante que alejado de las rutas señalizadas por la costumbre, explorara otras rutas marginadas, soñadas, sabiendo que todo puede ser cuestionable en su relatividad, porque, ¿qué es sino interpretación temporal cuanto pensamos y creemos como conocimiento? Todo relativo, excepto esa necesaria, enamorada, misericordiosa mirada hacia cuanto existe, imprescindible para la común navegación dentro de este frágil cascarón de la condición humana. Andamio de huesos, humilde cuenco de tierra desde el que pensar el cielo y el corazón de los volcanes.

  No estoy hablando sino del ejercicio de la razón poética en el acercamiento a todo tipo de fenomenología. Razón poética zambraniana que debería estar en la base de todo tipo de pensamiento y acción que pretenda ya no analizar, sino aproximarse al misterio de la vida en cualquiera de sus manifestaciones.

  Me he propuesto en este pequeño texto hablar de la poesía como pensamiento, como percepción, como escritura, como concepto en evolución interrelacionado con la vida y otras ramas del conocimiento, como la filosofía, la ciencia o el arte. Como un todo estético en el que avanzar a través de los interrogantes en la traducción simbólica del mundo. Hablar en definitiva del lenguaje como metamorfosis, de la poesía como proyecto experimental, acción esencial de investigación en la expresión vital y estética, indisoluble de esa estancia simultánea del ser en sus tiempos múltiples.

  Y así hablaré de la poesía como modo de pensar la complejidad de nuestro tiempo, desde la perplejidad de la mirada para la que a veces la lectura del mundo tan solo es posible desde el balbuceo. El desierto entonces como morada, la identidad como conciencia nómada, tránsito desde la fragilidad, donde solo es posible el nombrar como nacimiento constante. El pensar como metamorfosis poética, abierta ante lo ilegible de la narración. Respirar en la disidencia significará frecuentemente el exilio interior, exilio sí, pero también poderosa alegría para imaginar en libertad otras formas de mirar, para saltar como Alicia al otro lado del espejo y soñar otras realidades.

  Poética contemporánea que surge como consecuencia lógica de un pensamiento atónito ante una realidad que se escapa a su legibilidad, no sólo en el campo literario, similares circunstancias se dan también en la filosofía, en el arte y la ciencia. Pondré algunos ejemplos.

  En medio del vértigo de los días de esta llamada modernidad, en medio de esta desmesurada prisa hacia ninguna parte, tan sólo puede darse el pensar poético desde la lentitud de la mirada sobre las cosas, desde la fusión de nuestra existencia con la del resto de seres que pueblan el universo. El poeta es entonces el insomne, el párpado transparente, el que convive, sufre y goza con todos desenterrando el canto.

  Algo así como arrodillarse ante los insectos, adentrarse en ese punto de silencio, en la íntima penumbra donde cesa todo ruido, y reconocer el canto interrumpido sobre las cosas más pequeñas.

Nuestra prisa, nuestro galope y nuestra nada militando contra nosotros mismos.

  Arrodillarse ante los insectos y pedir asilo en la innovación, en la serenidad, en la humildad de la enfermedad. Y escribir la vida ahí, mojados por la lluvia, sin otro equipaje que la música de nuestra pobreza.

  El desprecio de las cifras. La cara azotada tan sólo por el viento. Las grandes concentraciones doctrinales hechas pura hojarasca. La inquietud del poeta buscando la belleza, todas las sombras rotas.

  Adentrarse en la desnuda festividad del silencio, y amanecer, amanecer de nuevo sobre el vértice de la infancia. Siguiendo con la humildad de las preguntas, recordar que ya en 1927 el físico teórico de mecánica cuántica Heisenberg hablaba de la necesidad de abandonar toda pretensión de soberbia en el análisis del universo. Los resultados de su trabajo revolucionaron profundamente la física y la filosofía del siglo XX, su teoría del concepto de principio de incertidumbre basado en la existencia de partículas de indeterminación en la conformación del universo, puso en cuestión que la ciencia podría incluso estar equivocándose en la misma formulación de sus preguntas.

  Una vez más la física como el pensamiento filosófico entendido como razón poética, nos hablan de humildad y relatividad en el estudio de cualquier materia. También la escritura humana es espejo de la escritura del Universo. Toda forma parte de un sistema de analogías y semejanzas. Galaxias, océanos, desiertos… Partiendo del principio de analogía universal, las hermosas páginas de la filosofía de la ciencia nos revelan cuanto existe como un gran encadenamiento de metáforas a través de las que fluye la vida. Porque también la libélula y la lagartija, como el Quijote o Hamlet son páginas del libro prodigioso del universo.

  Por tanto, ya que las ciencias, la filosofía y las artes en general han comenzado a desafiar la limitación de las explicaciones dogmáticas generales, demasiado predecibles y comprensibles, basadas en un estancado racionalismo cartesiano, la Filosofía, la poesía, la literatura en general deben aceptar un gran reto: aprender a asociar los diferentes saberes y referencias culturales para la elaboración de una visión del mundo más abierta, rica y compleja, respondiendo a las nuevas interrogaciones de nuestro tiempo.

  Voy a contar ahora algo que ocurrió hace cinco siglos en Holanda, que nos habla una vez más del pensar, del ser, de la vida como movimiento, de cómo la creación no es nomenclatura sino búsqueda, proceso creándose a sí mismo, proyecto experimental, tiempo en nacimiento, y cómo en todas las disciplinas del conocimiento, la investigación llevada a cabo por parte de grandes escritores, artistas o científicos supuso a menudo la transgresión de las normas de sus propios géneros de trabajo, fueran éstos científicos, filosóficos, artísticos o literarios. Recordemos a Galileo, Velázquez, Miguel de Cervantes, María Zambrano, Jorge Luis Borges o Italo Calvino por citar solo a un limitado número de ellos.

  Pues bien, la anécdota de la que les hablaba hace un instante tuvo lugar en Ámsterdam en 1642 en torno al cuadro Ronda Nocturna del pintor Rembrandt. Óleo sobre lienzo titulado originariamente La compañía militar del capitán Frans Banning Cocq y el teniente Ruytemburch. Fue un encargo de la Corporación de Arcabuceros de Ámsterdam para decoración del Cuartel General de la Guardia Cívica de la ciudad.

  Cada uno de los representados pagó cien florines por estar en el cuadro, pero al ver el resultado final de la pintura muchos de ellos protestaron enérgicamente porque hubieran preferido la representación de lo inmóvil, un retrato militar al uso, es decir, un cuadro hierático que presentara al grupo de soldados y oficiales con un aire ordenado, marcial, triunfante desde la pompa y brillo de sus uniformes, correajes, lanzas y sables, y no fue así, Rembrandt pintó la vida tal y como la veía, en movimiento.

  Por el lado derecho del cuadro se ven unas lanzas inclinadas, por el otro un guardia carga su mosquete, otro sostiene una alabarda y otro más allá lleva un estandarte. Todo en la imagen son líneas cruzadas de movimiento, dinámica de lo distinto, ningún uniforme es igual al otro, unos llevan sombreros altos, otros sombreros de penacho, hay también algunos con cascos pulidos o labrados. En medio del grupo reina la confusión, en primer plano a la izquierda se ve correr a un muchacho, en un segundo plano una niña intensamente iluminada en medio del pronunciado claroscuro de la escena, corre también con un gallo blanco prendido en su cintura. Frente a ella, en el extremo inferior izquierdo un perro ladra a un tamborilero que aporrea con fuerza un gran tambor.

  Hasta aquí mi recuerdo de Rembrandt. Las formas de expresión han seguido evolucionando en todos los campos a lo largo de los años, transformando sus modos de representación estética, en respuesta a la complejidad de los acontecimientos que conforman un momento cultural, un contexto histórico en la experiencia vital de cada autor.

  El pensar poético de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, esta obra, profundamente poética, ofrece entre otros muchos logros, una ruptura y postura crítica hacia las tradiciones y realidades heredadas, parodiando discursos religiosos, civiles, militares y literarios. Entre sus grandes innovaciones, adelantándose con ello a las vanguardias del siglo XX, está el cuestionamiento de la propia obra por medio de un espléndido ejercicio metaliterario, representación narrativa de los procesos internos de creación ficcional, presentando ante los ojos del lector todos los elementos textuales sintácticos y temáticos utilizados en el proceso creativo.

 El texto como fluir de vasos comunicantes entre los más diversos géneros, la polifonía de voces, el juego barroco de las apariencias, los múltiples puntos de visibilidad, el laberinto, factores estos últimos que aparecerán luego en el cuadro Las Meninas de Velázquez cual metáfora predecesora del universo posmoderno que surgirá cuatro siglos más tarde en la literatura de Jorge Luis Borges, Italo Calvino, y un gran número de obras literarias enmarcadas dentro del llamado pensamiento complejo. Con El Quijote se iniciaba la modernidad narrativa, con Velázquez la complejidad conceptual en la representación plástica.

  Pero el arte siguió caminando, cuatro siglos más tarde de que Cervantes escribiera “El Quijote” iniciando con ello la modernidad narrativa dentro de la historia de la literatura, y de que Velázquez pintara sus Meninas, el pintor ruso Vasili Kandinsky pintaba en 1910 la primera acuarela abstracta, con ella comenzaba el arte abstracto.

  La historia del arte, la ciencia o la literatura, por citar solo algunos campos del conocimiento, no se detiene, sus obras nos lo recuerdan: el cambio, es la metáfora de la identidad temporal de toda forma de vida o expresión estética.

  De todo lo anteriormente expuesto cabría deducir que el sentido de toda existencia de todo lenguaje, en este caso el del pensamiento poético no está en el cumplimiento de las reglas de una identidad inmóvil, sino en la imaginación de la búsqueda, en la incendiada pasión de las preguntas que renuevan las palabras como recién nacidas a los ojos del mundo. Porque mirar, escribir, leer, vivir es al cabo transcurrir, transformarse.

  Somos el cuerpo cambiante de la palabra, generada por nuestra mirada, que a su vez es transformada por el tiempo. La metamorfosis es el lenguaje del universo. La creación se da en el tiempo como indagación y expresión de significado, en un intento ontológico de instauración de espacios estéticos de claridad frente a la opacidad del mundo. Las palabras dormidas en el silencio esperan su resurrección a través de nuestras interrogantes. La mágica fascinación de las palabras. La pasión por la interpretación, por la traducción de cuanto sucede a nuestro alrededor, está en el ir y venir del pasado al presente, y del presente al pasado, en constante tránsito, en el imaginario de la búsqueda. La poesía no busca la descripción exacta de las cosas tan solo aproximarse a ellas, fundirse con ellas en su recreación, lectura múltiple del mundo desde la que surge como camino la creación, lejos de la ortodoxia, lejos de todo dogma que inmovilizaría el pensamiento acabando con la libertad.

  Porque en definitiva, humildemente la literatura, la escritura, no es otra cosa como dice Michel Leiris, que hacer coincidir el mundo desnudo y escandaloso del pájaro caído del nido, con el mundo mágico de las aventuras del lenguaje.

  Y en esa aventura del lenguaje, lo poético es ser en apertura que avanza a través de las interrogantes en comunión con cuanto le rodea, como circunstancia espiritual encarnada en el tiempo que trasciende el hecho de la escritura para convertirse al mismo tiempo en investigación, intelectual, estética y acción para la vida. Un modo de percibir en sensibilidad, que determina el pensamiento y la dinámica de nuestro ser y estar con nosotros mismos y con los demás.

  La percepción como creación, como poética. Esa apertura del ser poético como dinámica de pensamiento, esa identidad móvil está íntimamente ligada con el sentimiento de lo fabuloso, con un modo lúdico de concebir el pensamiento. Entendiendo el universo de lo fabuloso no sólo como universo de escritura sino también como percepción vital de la existencia. Sería adecuado hablar en este caso también de lo que Julio Cortázar llama el “sentimiento de lo fantástico” y que siendo diferente de lo fabuloso anda muy cercano a fundirse con él en esa sensibilidad poética, en esa consciencia de estar inmersos continuamente en lo maravilloso, en un mundo de prodigios y misterios. Ese respirar el enigma que nos coloca siempre en el camino cabalgando el asombro.

  Siempre me ha interesado la mentalidad que antiguamente concibió el mundo de lo simbólico, del rito, de lo mágico dentro de lo cotidiano. Aquel universo de saberes que unían la capacidad especulativa y teórica del pensamiento con la imaginación, en un rico equipaje mental que integraba lo humano y lo cósmico, lo estético y lo físico, integrando todos los conocimientos en un mismo anhelo de pensamiento y vida. Relación íntima con los ciclos vitales de la Naturaleza, diálogo con el medio, esencial y necesaria convivencia con todos los seres del universo. Actitud sabia con la que podían explicarse de modo espiritual y trascendente la existencia.

  Desde pequeña he vivido intensamente la relación de mis antepasados con la Naturaleza, he sido testigo de sus ritos, de sus lazos con ella, más tarde comprendí que era no solo posible, sino necesario pensar la vida en las ciudades desde esa conciencia filial con el medio. No hay contraposición alguna, aquí nos encontramos otra vez con la razón poética a la hora de pensar y analizar el presente, hijos de la posmodernidad, inmersos en el vértigo que embrutece la mirada, nos sentimos inmersos en un tiempo que no controlamos y para el que tan solo somos fugaces instantes de un gran simulacro de vida.

  Uno de esos días de tormenta en los que dudaba profundamente de la identidad de homínido del llamado “Homo Sapiens” escribí casi como un conjuro contra el dolor que me producía la barbarie repetida, unas líneas basadas en una antigua costumbre rural vasca, que consistía en que cuando a los niños se les caía algún diente de leche, lo guardaban y la primera noche de luna llena, alejándose un poco del caserío, pensaban un deseo y arrojaban su caído diente hacia la luna. La imagen me pareció de tal poderosa belleza que fue cobijo para la noche en la que me hallaba y surgió este pequeño poema: en medio de todo esto/los niños siguen arrojando /sus caídos dientes a la luna/suplicando nuevos alfabetos de hueso/para nombrar la vida.

  Concibo el pensamiento poético formando parte del universo de lo fabuloso, de lo mágico, de lo lúdico. Esta necesidad del juego como camino de indagación y conocimiento ha estado siempre muy presente en el Arte y la Literatura, tenemos muchos ejemplos de ello en el barroco español tanto en literatura como en pintura, circunstancia barroca por otro lado tan similar en muchos de sus manifestaciones al pensamiento complejo de la llamada posmodernidad.

  Pensar poético que da lugar al juego como rito y ceremonia que encontramos en las raíces de la Humanidad y en el comienzo de toda cultura: en los mitos y filosofías babilónicas, hindúes, griegas, egipcias, chinas etc. Es esencial en cualquier tipo de pensamiento o actividad humanizadora y por tanto, estoy convencida que excluir el juego en el análisis de las diferentes experiencias de la existencia, elimina la posibilidad de entender de un modo dinámico e integrador todos los niveles conscientes e inconscientes que forman la esencia del ser humano.

  He percibido siempre cuanto me rodeaba como un enigma, dentro del cual advertía fenómenos que las leyes de la lógica no eran capaces de explicar. Frecuentemente la frontera entre la realidad y lo fantástico se diluye. Hay siempre una circunstancia misteriosa que escapa por las rendijas de lo cotidiano, rendijas a las que sólo la imaginación puede asomarse desde el asombro para recrear una interpretación que siempre abrirá la puerta a otra interpretación. Dentro de esas coordenadas de lo fabuloso, frecuentemente, la poesía, el pensar poético se sitúa dentro de la alegoría, del surrealismo, de lo simbólico, etc., ya que siendo la esencia de lo simbólico por su misma definición intemporal y universal, resulta una estructura válida para dar cuenta del presente, tiempo actual en el que se vuelven a repetir todas aquellas circunstancias que se han venido dando en nuestro planeta a lo largo de los siglos concernientes a nuestra condición humana.

  Este modo no lineal de traducción del mundo es propio de la literatura fantástica dentro de la cual puede encontrarse gran parte de mi obra, como ejemplo explicativo de este tipo de escritura voy a emprender un pequeño viaje hacia la mitología griega de la mano de Italo Calvino y su libro Seis propuestas para el próximo Milenio en el que habla de esa dificultad de la escritura que tantas veces yo también he sentido para traducir la opacidad, la ilegibilidad del mundo.

  Petrificada la realidad ante el escritor, acude en su ayuda la imagen de la escena mitológica de la Medusa y el héroe alado Perseo. En ella la Medusa petrifica a cuantos la miran directamente, así que Perseo no la mirará directamente, tan sólo lo hará a través del reflejo de su imagen cautiva en su escudo.

  Esta estrategia de la imaginación dibuja claramente la identidad móvil, ágil de Perseo, que vuela con sus sandalias aladas y que será el único capaz de cortarle la cabeza a la Medusa. Encuentro en esa imagen mitológica la alegoría de la relación del poeta narrador con el mundo. En el origen de toda percepción fabulosa, la poesía, la traducción no directa de la realidad, el viaje de las imágenes hacia el significado.

  Considero que la alegoría puede ser una magnífica alternativa de pensar la filosofía de nuestros días. Estética del fragmento que es capaz de conectar con la totalidad y la realidad de lo concreto. Filosofía de la imagen dialéctica, asociativa, en donde las circunstancias, la actualidad son el punto de partida para narrar y pensar el presente.

  Por medio de la imaginación el hombre vuela sobre sí mismo y sus limitaciones, y esa imaginación origen de lo fantástico, no es sólo un modo de conocimiento sino también la facultad de expresar ese conocimiento a través de los símbolos. Poesía y filosofía culminan en el mito, en el símbolo, la alegoría y la metáfora.

  Y para huir de la petrificación de las teorías, quisiera contarles a ustedes como lo fabuloso no se encuentra solo en los libros sino que como ya he dicho anteriormente forma parte de lo que habitualmente conocemos como cotidiano. Habitualmente respiramos inmersos en el prodigio sin tener conciencia de ello. Tan sólo deteniendo nuestra atención en disciplinas tales como la botánica, la fisiología, la geología, la biología, o la astronomía, surgen antes nuestros ojos tal multiplicidad de impresionantes universos, que se diría somos extremadamente limitados compartimentando sólo dentro de la literatura la existencia de lo fantástico, ignorando que para los ojos de la sensibilidad y el asombro, para los ojos del poeta, la vida con sus luces y sombras es la más fabulosa de las narraciones posibles.

 

 

Julia Otxoa

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