Matsuo Bashō y el encanto de la inutilidad…


Bashō nació en el seno de una familia modesta de la ciudad de Ueno, a casi 50 kilómetros al sudeste de Kioto. Su padre era un samurái menor miembro de la casta de los guerreros a las órdenes de un señor feudal. A la edad de nueve años entró a trabajar como aprendiz con un joven samurái que compartía su gusto por la literatura (aprendieron juntos a escribir poesía). La muerte de su maestro, en 1666, no solo privó a Bashō de una intensa amistad, sino también de un compañero con el que componer versos encadenados. El joven Bashō regresó a Kioto, donde se cree que practicó caligrafía y estudió a los clásicos japoneses y chinos. Debemos suponer que en esa época continuó componiendo versos encadenados en grupo, porque viajó a Edo (el Tokio actual) en busca de formación y un público. Allí fue donde comenzó a consolidarse su reputación artística y donde conoció al poeta Soin (1605-1682), cuyo poco convencional estilo haikai impresionó vivamente a Bashō y despertó su interés por el renga del ‹‹orden inferior›› (el mundo ordinario, no el ideal): ‹‹En lugar de escribir sobre “sauces verdes bajo la lluvia primaveral”, el haikai (o renga) debe centrarse en imágenes cotidianas, “como por ejemplo un cuervo picoteando caracoles en un arrozal”››, escribió.

     Cuando Bashō apareció y editó varias antologías poéticas (en el siglo XVII se produjeron avances en las técnicas de impresión que permitieron el acceso a la poesía a un público considerable), ya contaba con un círculo de discípulos exigentes y sintió la necesidad de espacio y soledad. En 1680 se trasladó a una modesta cabaña junto a un río a las afueras de Edo. Un admirador le regaló un platanero (bashō), de donde tomó su nombre tras probar con varios seudónimos. Se identificaba con aquella especie que no daba fruto: ‹‹Me encanta su inutilidad››, escribió. ‹‹Me siento bajo su copa y experimento el viento y la lluvia que nos azotan››. La vida y la escritura de poesía eran, en otras palabras, simples manifestaciones de la naturaleza. Sentarse al pie de su árbol equivalía a participar en el mundo natural, y la poesía que surgía de aquella inactividad contemplativa se fundía con los fenómenos naturales. 

     La vida solitaria y meditativa que describió Bashō bajo su árbol armonizaba bien con el creciente interés del poeta por el budismo zen (la escuela budista Mahayana, cuya práctica, importada de la China Tang, se basaba casi íntegramente en la meditación más que en el ritual). El propio Buda logró la iluminación sentado bajo un árbol. El platanero, con su ausencia de duramen, era un símbolo budista de transitoriedad y vacío.

Tom Lowenstein 

Traducción: Remedios Diéguez Diéguez

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Viento de otoño.

Una puerta se abre

surge un grito agudo.

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Hasta mi puerta de cañas

el viento arrastra

hojas de té.

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‹‹Pequeño pino›› es un nombre delicado.

El viento sopla con suavidad

entre el carrizo y los tréboles.

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Ya puedo ver mis huesos

blanqueados por el viento.

Un viento frío corta mi cuerpo.

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 Poetas conmovidos por el gemido del mono:

¿qué sentiríais por esa criatura abandonada

al frío viento del otoño?

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El mar ya oscuro.

Los gritos de los patos

apenas blancos.

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Azaleas en un balde de madera.

Una mujer desmenuza pescado seco

a su sombra.

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Mientras camino

por esta senda de montaña,

las violentas me atraen hacia ellas.

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Sólo mariposas

y sol

en el prado vacío.

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Primera nevada, tenue.

Suficiente para doblegar

las hojas del narciso.

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La escoba

olvida la nieve

mientras barre el jardín.

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Crisantemos de invierno

salpicados con salvado de arroz

que ha saltado del mortero.

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El lenguaje de estos samuráis

es tan picante

como el rábano.