Cinco poemas de Juan Bañuelos

 

 

La poesía de Bañuelos no sólo proyecta una esencia maya, sino que hay presente y futuro en medio de este desconcierto por el que atravesamos. Existe una honda convicción tanto del poeta como del ser humano, de que aún podemos hacer algo con ese Destino arbitrario, que es el título de uno de sus libros.

Carmen Alardín

Las uvas, los soles



Para este amor no pongo límites ni tiempo. 
Y en verdad, cuando el día pasa y pasa 
y suenan las espuelas del viento, 
Yo cubro mi desnudez de uva, mi soledad de liquen, 
mi carbón hecho de ojos que han visto demasiado. 
Cuatro cirios me esperan y bajo al sueño hierba
que vaga en pleno mediodía entre las plazas 
y los caminos de viajantes lentos; 
puño la arena como el moribundo que aprieta a la 
      vida
y visito tenaz mi barrio detenido en la escama de 
      un pez.
¡Qué de astros girando sangre adentro, amigos!
¡Qué desove de soles cayendo en la mejilla del 
      verano! 
Veo los días que vienen. 
De noche planté muslos 
para que germinaran durante la primavera.
¡Ah no estoy triste, de veras! ¡No!
¡No estoy solo! Me llamo Juan 
y espiga lenta es mi boca.

 

 

Desde el pino más alto


Eres el más bello habitante de la tierra.  
No tengo para ti más que una cosa  
y es esta esperanza de vivir.  

Amor, amor, amor,
desafías al orbe y lo desgarras, 
y yo estoy en acecho vigilando 
que no se acabe tu belleza. 
Tienes un nombre que todos ignoran, 
mas cuando lo repito en la inocencia 
me llenas de poder.  

Porque vivo, de veras, bajo el aire  
de las llamas, subo a la tierra  
pequeño, desbocado,  
y me despeño en tu mirada.  
Amor, clamor, 
eres la más alta hoja que sueña 
y yo observo las sílabas que el tiempo 
ha inscrito, engañado, 
en tu corteza.  

Por estas manos familiares,  
por esa voz con que me niegas,  
porque te llamas Tristeza-en-bello-rostro,  
por el año que inventa juramentos,  
porque el alba no muere en el olvido,  
por la noche larguísima del polo,  
por el mundo que se parece a ti,  
muéstrate 
y muéstrame que voy hacia la vida.

 

 

Donde sólo se habla de amor

 

A los hombres, a las mujeres 
que aguardan vivir sin soledad, 
al espeso camaleón callado como el agua, 
al aire arisco (es el aire un pájaro atrapado), 
a los que duermen mientras sostengo mi vigilia, 
a la mujer sentada en la plaza vendiendo su silencio. 
En fin, diciendo ciertas cosas reales 
en una lengua unánime, amorosa; 
a los niños que sueñan en las frutas 
y a los que cantan canciones sin palabras en las noches 
compartiendo la muerte con la muerte, 
los invito a la vida 
                  como un muchacho que ofrece una manzana, 
me doy fuego 
                      para que pasen bien estos días de invierno. 
Porque una mujer se acuesta a mi lado 
                     y amo al mundo

 

 

Digo

 

Donde mi sangre es piedra carcomida, 
allí donde tú ignoras lo que pasa, 
allí, mi voz doliendo se hace brasa 
que el agua apaga en ácida mordida.

Golpeando muros voy tras la salida
de esta quemante y rumorosa casa,
que no hay dolor más duro —de argamasa—
que buscar el amor en quien olvida.

Un traje abandonado es lo que pesa
más que el silencio y más, y más que un muerto,
menos que un pan dejado en nuestra mesa.

Quita tu mano de mi carne viva.
Si al fin te vas yo quiero estar despierto,
Amor. Amor, destruye lo que escriba.

 

 

Habitante amoroso

 

Apenas la noche ha cerrado su sombra completa.
Lo que suena después no es el río
Ni las hojas del aire ni el pez de la niebla.
Es la hambrienta distancia que llega rompiendo las aguas
y el monte que cede al recuerdo y te nombra
Lo que el tiempo nos niega,
lo que arranca el deseo,
lo que acecha a mis venas
es saber que te hallas tan sola
en el viento y el yeso callado que muere
en tu boca.

Ay no saber que esta historia
tiene sólo en el musgo las letras
con que escribo en la roca,
y sentir que en el puente que une tus cejas
mi destino crascita zozobra.

Habitante del frío,
tañedor de la ausencia,
lo que en llama es magnolia
te hace víscera el llanto escondido,
te hace espada la hoja del tiempo
que el dolor en amor nos ahonda.
Porque salgo a la noche y te llamo
y llorabas y el aire afligido
y el espanto tan tierno y mi cuarto
y tu boca qué enjambre
qué enjambre de húmedas sombras.