En torno a la vecindad entre pensamiento y poesía en Martín Heidegger

 

 

El tema de la vecindad entre pensamiento y poesía lo expuso Heidegger en La esencia del habla, texto compuesto de tres conferencias, cuyo fin es llevarnos ante la posibilidad de hacer una experiencia con el habla. Para ello, nos advierte que el sentido de experiencia nada tiene que ver con obtener conocimiento sobre el habla, sino que se trata de sufrir una transformación, hasta el punto de que dicha experiencia “nos alcanzará en lo más interno de nuestra existencia”.

     Heidegger cree que lo más provechoso para darle cauce a esta experiencia es que desistamos de la costumbre de oír siempre tan sólo lo que ya entendemos, y nos advierte además que nunca sabremos de antemano, cuando de hacer una experiencia con el habla se trata, si nuestro intento será exitoso, ni hasta dónde nos habrá de alcanzar un posible éxito, si lo hubiere. Heidegger se cuida de darnos fórmulas para la cabal realización de esta experiencia, y señala que de lo que se trata es de indicar caminos, los cuales existen desde hace tiempo. Con este ejercicio se trata de llevar el habla al habla misma, lo que induciría a pensar que tal cosa ocurre siempre que hablamos, siendo que el habla misma no llega precisamente nunca al habla. Pero, se pregunta entonces Heidegger: ¿Dónde habla el habla como tal habla? Lo cierto es que, según él, al querer llevar al habla el habla, todo depende de si el habla obsequia o rehúsa la palabra apropiada. Esta última afirmación le sirve para escribir una de las piezas más bellas sobre poesía. Se trata de su interpretación de un poema de Stefan George titulado La palabra, en la que Martín Heidegger encuentra una buena ocasión para allegar argumentos en favor de su tesis central en estas tres conferencias, a saber, que el pensamiento anda por caminos vecinos a la poesía. El poema de George dice:

 

Sueño o prodigio de la lejanía

Al borde de mi país traía

Esperando a que la Norna antigua

En su fuente el nombre hallara.

Después denso y fuerte lo pude asir

Ahora florece y por la religión reluce…

Un día llegué de feliz viaje

Con joya delicada y rica.

Buscó largamente e hízome saber:

“Sobre el profundo fondo nada así descansa”.

Entonces de mi mano se escapó

Y nunca el tesoro mi país ganó…

Así aprendí triste la renuncia:

Ninguna cosa sea donde falta la palabra.

 

     Heidegger nos hace ver que en este poema las siete estrofas conforman dos tríadas. La primera de ellas se refiere a la relación que el poeta tenía con el habla antes de su experiencia. La segunda se refiere a la experiencia acaecida al poeta con el habla. En las dos últimas estrofas, tras la experiencia vivida, el poeta atiende al imperativo de manejar una relación más legítima palabra-cosa. Los puntos suspensivos señalan la separación entre la primera y la segunda tríada. El inicio de la cuarta estrofa (inicio de la segunda tríada) ocurre abruptamente. Por eso la expresión es: “un día”, equivalente a “una vez”.

 

I

 

     En esta primera conferencia Heidegger inquiere si el nombre, la palabra, es un signo, y observa que la segunda estrofa del poema, Esperando a que la Noma antigua / En su fuente el nombre hallara, indica que el poema mismo piensa en el nombre cuando se trata de la expresión “palabra”, y que la divinidad que halla el nombre y el lugar donde lo halla permiten dudar de la opción de entender “nombre” como una mera designación. Heidegger cree que las expresiones “nombre” y “palabra” están pensadas en el poema de George de modo diferente y más profundo que como meros signos.

     La experiencia vivida por el poeta con la palabra estriba en esto: solamente cuando se ha encontrado la palabra para la cosa es ésta una cosa.

     Heidegger se pregunta entonces cómo puede una simple palabra llevar algo a ser, puesto que para el caso del Sputnik, por ejemplo, la cosa parece independiente del nombre que con posteridad se le asignó. Acaso ocurra, nos dice Heidegger, que cosas como cohetes, bombas atómicas o reactores nada tengan que ver con lo que el poeta está experimentando, dado que las cosas aludidas por el poeta son, como lo expresa la primera estrofa de la primera tríada, sueño o prodigio de la lejanía. Pero –continua reflexionando Heidegger– son muchos los que consideran el Sputnik como un “prodigio y sueño de la técnica moderna, la cual, por otra parte, debe ser la menos dispuesta a aceptar la noción de que la palabra confiere a las cosas su ser”. Al examinar de fondo esta cuestión Heidegger precisa que el Sputnik, como cosa, se halla en el nombre de su nombre, y que “si la palabra de este disponer no hubiese hablado, entonces tampoco habría Sputnik”.

     Retomando el hilo conductor de su reflexión, Heidegger cree oportuno hacer una experiencia con el habla inspirándose en el resultado de la experiencia particular de Stefan George, relatada en el poema La palabra.

     En el poema parece claro que algo es únicamente cuando la palabra apropiada lo nombra. Cabe preguntar entonces si esto quiere decir que sólo hay ser donde habla la palabra apropiada. Heidegger cree que el poeta estaría respondiendo afirmativamente en el verso Ninguna cosa sea donde falta la palabra, con lo que quedaría refrendada, desde la poesía, su célebre frase, el habla es la casa del ser. Sobre esto insiste más adelante Heidegger pronunciándose del modo siguiente respecto del poema de George: “La palabra se declara al poeta como lo que mantiene y sostiene una cosa en su ser […]. El poeta hace la experiencia de la profesión de poeta como vocación a la palabra como la fuente del ser”‘.

     Heidegger se obliga a precisar aun más sobre la experiencia vivida por el poeta y muestra que lo que éste logra es algo más que un simple conocimiento, dado que él alcanza a entrar en la relación de la palabra con la cosa. “Pero esta relación –nos dice Heidegger– no es una conexión entre cosa de un lado y palabra del otro. La palabra misma es la relación que en cada instancia retiene en sí la cosa de tal modo que «es» una cosa”.

     Heidegger se detiene un tanto sobre el instante en el que el poeta sufre la ruptura del encanto de su antiguo modo de elaborar la poesía, la cual advenía juntando sus sueños y prodigios, por un lado, y los nombres para poder asirlos, por el otro. Fue entonces cuando al regresar de un feliz viaje, portando una diadema en la mano, el poeta se dirigió, según su costumbre, al lugar donde la antigua Noma tenía la fuente de donde extraía el nombre para sus sueños y prodigios, materia prima de sus poemas. Pero la antigua diosa del Destino le advierte que “Sobre el profundo fondo nada así descansa“, y he aquí que, como si el poeta hubiese de pronto recordado las palabras de Hölderlin, “Pero lo que perdura lo fundan los poetas”, es víctima de una experiencia completamente nueva que reclama su renuncia a un modo determinado de entender la relación palabra-cosa: “La joya rica y delicada es diferenciada respecto al sueño o prodigio de la lejanía […] El poema mismo, un logrado canto lírico del habla, atestigua que ha aprendido la renuncia”.

 

 

 

Rubén Maldonado Ortega

Heídegger, Martín, De camino al habla. Barcelona, Odos, 1987, tomo 1 (artículo: La esencia del habla), p. 143.

Posted in: Reminiscencias

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